HISTÓRICO
DE LA TACITA DE PLATA A LA OLLA ATÓMICA
Por JUAN RAÚL NAVARRO | Publicado el 14 de septiembre de 2013
Añoro esa Medellín de gente amable, de conductores pacientes que cuando pedías permiso te cedían el paso con gusto, esa ciudad que fluía como un río casi sin meandros y sin malandrines y a la que con orgullo llamábamos la "Tacita de plata" y la "Ciudad de la eterna primavera".

He empezado a desquerer a esta urbe en la que las amenazas son constantes, en la que no caben ni saben convivir gentes y carros, en la que las calles han sido tomadas por conductores enfurecidos que cuando vienen siendo tortuga se convierten en toro e intentan embestirte si pones la luz direccional y tratas de cambiar de carril, sin reflexionar que esos segundos que se ahorran no cediéndote el paso hoy mañana los recuperarán cuando tú se lo cedas.

He aprendido a temer a esta ciudad cuyas avenidas están plagadas de motociclistas que zumban por todas partes y atacan como kamikazes entre los peatones y los carros, cosa que me ha hecho soñar con inventar un moto-insecticida en spray, algo así como un Baygon contra motonetos imprudentes, lo cual me haría millonario.

He comenzado a distanciarme de esta Medellín de ahora, en apariencia tan competitiva, que de "tacita de plata en primavera" se ha ido convirtiendo en una olla a presión u olla atómica -como la llamamos los paisas- recalentada y a punto de estallar y desparramar sus fríjoles por todo el valle de los aburraes.