HISTÓRICO
DESDE LA LEAL OPOSICIÓN
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    DESDE LA LEAL OPOSICIÓN |
Por SANTIAGO SILVA JARAMILLO | Publicado el 17 de abril de 2013

El ejercicio de la oposición es fundamental para un sistema democrático sano; los intentos de desacreditar a los opositores -por encima de sus argumentos o propuestas- representan una amenaza inadmisible para nuestro sistema político.

Tanto el presidente Juan Manuel Santos, como el ministro del Interior, Fernando Carrillo, han salido a condenar a quienes "controvertimos" sobre el proceso de negociación con las Farc, alarmados por un supuesto saboteo que a ojos de cualquier persona son simples y válidos llamados a la claridad.

Irónicamente, el mismo proceso de paz en La Habana se beneficiaría, en tanto gana legitimidad, cuando quienes tenemos serias reservas o quienes se oponen directamente a la negociación con las Farc, pueden manifestar sus críticas sin ser tachados de "enemigos de la paz".

Así, pertenezco a la leal oposición: leal con la democracia, leal con la institucionalidad; pero defiendo mi derecho, como el de todos los colombianos, a criticar y quejarme, a preguntar y exigir respuestas; siempre con respeto, pero nunca con mansedumbre; desde este espacio o en la más intransigente discusión de cafetería.

Sin embargo, al presidente Santos parece darle algo de escozor tener una oposición a su gobierno. Y no solo a él: las ganas de unanimidad gobiernista es un viejo y perverso vicio de la política presidencial colombiana, desde el comienzo, comprometida con alcanzar "unidades nacionales" y "acuerdos sobre lo fundamental".

El caso es que la democracia tiene un elemento bastante claro de caos, en sus discusiones y competiciones, en sus debates e incluso en sus insultos. Extrañamente, y de pronto allí reside su belleza, la democracia se fortalece cuando más opuestos están sus miembros, cuando la competencia por llevar una idea de porvenir social se hace más encarnizada, dentro de la civilidad, por supuesto.

Claro que existen extremos y que los colombianos solemos coquetear con ellos. La oposición implica un grado de responsabilidad; en realidad, no todo vale y ciertas reglas de juego deben mantenerse para que la polarización no degenere en violencia o ilegalidad.

Pero debemos dejar de temer en la oposición o pensar que toda discusión que nos aleja del unanimato es peligrosa. ¡Al contrario… Nuestra a veces maltrecha democracia, se beneficiaría enormemente si en las calles, en los medios y en el Congreso de la República, la gente no está ni se pone de acuerdo. Y el presidente bien haría en recordar y defender esto.