HISTÓRICO
Desde las entrañas del culto a Hugo Chávez Frías
  • Desde las entrañas del culto a Hugo Chávez Frías | En el discurso de los chavistas más adoctrinados hay varias cosas en común. Una de ellas es la idea de que Nicolás Maduro no es Chávez. FOTO FEDERICO RÍOS
    Desde las entrañas del culto a Hugo Chávez Frías | En el discurso de los chavistas más adoctrinados hay varias cosas en común. Una de ellas es la idea de que Nicolás Maduro no es Chávez. FOTO FEDERICO RÍOS
TEXTO JOSÉ GUARNIZO ÁLVAREZ Fotos FEDERICO RÍOS E. Colaboración especial desde Caracas | Publicado el 13 de abril de 2013

Luego de regresar del Hospital Militar, donde estaba visitando a una de sus hijas, Amélida Escobar, una dócil enfermera desempleada del barrio San Bernardino, de Caracas, se creyó espectadora de un milagro cuando entró a la cocina de su casa.

Desde el fregadero, donde estaban amontonados los trastos del almuerzo, Amélida vio entrar por la ventana una luz blanca intensa, que se posó sobre el mesón y que se reflejó en la pared, como si una mariposa incandescente –jura ella- hubiese llegado para avisarle algo.

Y fue en ese momento, a eso de las 5 de la tarde del 5 de marzo de 2013, que su hija Francia, que veía la televisión, gritó desde la sala: "¡no puede ser…".

Amélida se paró a escuchar lo que decían las noticias y se sintió presa de una crisis de nervios. Salió corriendo como loca por la calle hasta pararse en frente de unos guardias, como para preguntarles si era cierto, pero no le salía la voz. "Cuando caminé por la calle Urdaneta fue que pude hablar y dije: se murió, no puede ser. Duré como una hora sin hablar. Luego reaccioné y dije: es verdad, se murió nuestro comandante".

Amélida es una mujer negra, de labios carnosos que forman dos líneas gruesas y convexas. Lleva quince minutos llorando sin parar, tocando con su mano derecha una foto gigante de Hugo Chávez, que cuelga de una de las salas palaciegas del Cuartel de la Montaña, donde reposan precisamente sus restos.

Desde que falleció Chávez, Amélida va tres veces por semana a visitar su tumba, en la que deja regadas las mismas lágrimas en cada visita. Es extraño, pero aunque ella nunca lo vio en persona, dice sentirse una mujer solitaria desde aquel fúnebre 5 de marzo. Es por eso que no apaga el televisor nunca, ni para dormir. Todas las noches, esta enfermera prende Venezolana de Televisión -un canal 24 horas al servicio del régimen- y se deja arrullar por la voz de Chávez, explotada hasta la idolatría, tanto en programas de entretenimiento como de deportes, magazines y noticieros. "Chávez no era un hombre perfecto, porque los humanos no somos perfectos, pero casi lo era. Cuando dicen que nuestro comandante hará milagros, yo creo", continúa.

Y si bien aún nadie habla de milagros, al menos Chávez ya tiene iglesia. Al frente del Cuartel, al cruzar la calle, miembros del Colectivo La Piedrita, una de las tantas asociaciones que en el barrio 23 de Enero defienden la doctrina de la revolución, hicieron levantar la "Capilla del Santo Hugo Chávez", una casita cuadrada y diminuta, en cuyo fondo sobresalen la Virgen María, el Señor de los Milagros y Chávez.

Allí ya se han oficiado tres misas, dos cantadas y una con sacerdote. Además de veladoras, al frente de la imagen principal, yace un vaso de cristal rebosado de agua y un pocillo con tinto. "Yo los dejé ahí, porque en los discursos del comandante eterno, no faltaba ni el café ni el agua", interviene una vecina.

Dan ganas de preguntarle a Marina Araque –mujer de 70 años de edad, piadosa y tardía estudiante universitaria- que si esas imágenes y velones no son un tanto exageradas para un difunto que, técnicamente, está lejos de ser un santo. "Él no es un santo, eso no lo discuto, pero yo creo que sí fue un enviado de Dios", contesta.

Pocos días después de que inauguraran la capilla, el arzobispo de Caracas, el cardenal Jorge Urosa Savino, criticó que a Chávez se le llamara "santo". Dijo que no era aceptable comparar a un hombre con Cristo, metiéndose de paso en las entretelas de una línea delgada en la que se mezclan dos asuntos calientes en Venezuela: política y religión.

Y es que el límite es difuso. Eso se descubre al hablar con personas como Solangie Lara, una señora que vende cidís piratas con las canciones que alguna vez cantó Chávez en sus discursos. Mientras niega que su líder político sea un santo, insiste en llamarlo "El padre eterno", un sobrenombre al que suele únicamente aspirar Dios.

Fervor y armas del 23
La "Capilla del Santo Hugo Chávez" se abre en el paisaje como el abrebocas del territorio más radical del chavismo en Caracas. Al subir más por la montaña, comienzan a aparecer unos viejos bloques de edificios, construidos durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez -derrocado en 1958- y que fueron tomados por las barriadas de los más desposeídos.

Desde el origen de esta parroquia en la que hoy habitan más de 70 mil personas, puede entenderse un poco lo que pasa hoy en Venezuela. Después del golpe militar a Pérez Jiménez, ocurrido el 23 de enero (de ahí el nombre del barrio), los partidos tradicionales firmaron un pacto al que llamaron Punto Fijo e hicieron a un lado a los hombres que más habían ayudado al derrocamiento: los comunistas. Aquí todavía se acuerdan de esa traición y tanto Chávez, como el 23 de Enero son producto de ese olvido de 40 años.

Son las 4 de la tarde del viernes 12 de abril y estamos parados en la azotea de uno de estos bloques, desde donde se divisa la pobreza en la que está sumida la tierra más socialista de Venezuela. Hasta aquí nos permitió subir David Romero, "Deivid", uno de los líderes del colectivo Salvador Allende.

Antes de entrar al edificio, dentro del cual se apiñan 650 personas, "Deivid" dio órdenes a través de dos radioteléfonos. "Aquí estamos organizados, chamo, porque somos un pueblo rebelde. Mira –y señala con el dedo hacia el Oriente- ahí está el Cuartel de la Montaña, donde se atrincheró nuestro comandante el 4 de febrero de 1992, en el fallido golpe. Desde ese día somos libres", dice.

En enero de 2012, en una página de Facebook del colectivo Las Piedritas, aparecieron fotografías de niños entre ocho y diez años de edad, sosteniendo fusiles AK47 como si fueran osos de peluche, a solo cinco cuadras de donde estamos. Allí hay una pared en la que está pintada la Virgen, sosteniendo una metralleta en vez de a Jesús.

Aunque los líderes visibles del 23 no hablan de armas, cualquiera en la calle es capaz de decirte que, si bien por aquí hay cuanto fusil y pistola guardada, lo importante no es sacarlas, sino saber que están ahí, por si se necesitan. "Bienvenidos a la Piedrita en paz, si te vienes en guerra, te combatiremos, patria o muerte", se lee en una valla.

Roberto Briceño León, director del Observatorio Venezolano de la Violencia, ha alertado en varias ocasiones sobre el peligro que representan algunos colectivos armados del 23, que según él sobresalen como paramilitares con el aval del Gobierno. Denuncias hay muchas. El sociólogo Luis Cedeño, director de la ONG Paz Activa le dijo al diario El Universal, de México, algo que hace recordar la realidad de algunos barrios de Medellín: "los colectivos ejercen control y se nutren de puntos de peaje cobrando dinero. Controlan el microtráfico de drogas y suplantan a la autoridad".

La panorámica que ofrece este barrio al avanzar más hace que uno crea, por momentos, que lo que recorre no es una comunidad, sino un micropaís con sus reglas propias. Cerca al bloque 19 está la Plaza Manuel Marulanda Vélez. Lo llamativo allí no es solo la efigie de "Tirofijo" ni la imagen de Raúl Reyes o la de Alfonso Cano, o los grafitis en honor a la Yihad Islámica Palestina o al Hamás, sino lo que dicen los vecinos de las imágenes. "Ellos fueron héroes, chico, oprimidos por los neoliberales", dice exaltado Rubén Castro, un conductor de taxi que ni siquiera ha viajado a Colombia.

En el discurso de los chavistas más adoctrinados hay varias cosas en común. Lo primero es la idea de que Maduro no es Chávez. Al principio, aquí en el 23, hubo escepticismo frente a lo que haría un hombre que está a años luz del carisma de Chávez. "Como Chávez ninguno. Pero el pueblo le va a dar la oportunidad a Maduro. Vamos a ver si es capaz", refuerza Rubén.

Lo segundo es que, en vida, el presidente Chávez logró entronizar una frase que se escucha en cada esquina: "Yo soy Chávez", como si fuera una reedición de la famosa consigna que le adjudican a Luis XVI, "el Estado soy yo", pero que aquí termina significando "el Estado es usted".

Y es justo a este país al que se enfrenta hoy Henrique Capriles Radonsky. Un país en el que se venera a María Lionza, al Indio Guaicaipuro, al Negro Primo; un país en el que un sargento de las Milicias Bolivarianas, llamado Carlos Seguera, llora cada que señala al helipuerto del Palacio de Miraflores donde se asomaba Chávez; un país en el que una anónima mujer, de ojos color miel, llamada Elizabeth Torres, se va a dormir con una camándula colgada, en cuyo centro no está ninguna Virgen, sino un sonriente comandante.