HISTÓRICO
Discurso de Juan Manuel Santos en la Cumbre de las Américas
  • Discurso de Juan Manuel Santos en la Cumbre de las Américas | Foto AP
    Discurso de Juan Manuel Santos en la Cumbre de las Américas | Foto AP
Colprensa | Publicado el 14 de abril de 2012

"¡Bienvenidos, presidentes y jefes de Gobierno de las naciones americanas, a la VI Cumbre de las Américas; a Colombia, y a esta histórica ciudad de Cartagena de Indias!

Alrededor de esta mesa converge la enriquecedora diversidad de nuestros pueblos: culturas, idiomas, razas, ambientes, historias y caminos distintos.

Al mismo tiempo, por encima de estas diferencias, nos une el carácter singular, la naturaleza excepcional, de un continente que contrasta con un mundo incierto y peligroso.

Aquí hay democracia, aquí hay paz entre las naciones, aquí hay crecimiento; aquí no hay rivalidades irreconciliables o extremismos irracionales.

Ese es el fundamento de nuestra unidad y de nuestro potencial.

Sobre esta realidad es que podemos conectar a las Américas, construir los puentes de unión que necesitamos para llegar a una visión compartida de futuro.

No se trata del idealismo retórico del pasado.

Estamos ante la ineludible necesidad de actuar juntos para ser más eficaces en resolver los muchos desafíos que aún afectan el bienestar, la tranquilidad y la prosperidad de nuestras gentes, que son las verdaderas destinatarias de nuestras deliberaciones.

Las Américas vuelven a ser el %¬Nuevo Mundo%¬, ese continente que le abrió a la humanidad unas posibilidades y unos horizontes insospechados; una fuerza decisiva que puede incidir eficazmente en la evolución de los asuntos globales.

En el mundo multipolar en el que vivimos, la cohesión hemisférica y regional es definitiva para tener una interlocución real, para hacer valer nuestras aspiraciones y la voz de nuestra gente.

El viejo estereotipo, en que unos somos del sur y otros del norte, está agotado.

Aquí todos somos iguales, si queremos tener contundencia.

Hoy quiero proponerles que aprovechemos esta Cumbre para hacer que este sea "el momento de las Américas".

Un momento en el que nuestro hemisferio surja como una región-bloque con consensos fundamentales para la prosperidad y bienestar de nuestras gentes.

Ahora sí es posible.

En primer lugar, porque América Latina y el Caribe han dejado atrás muchas de las debilidades estructurales e institucionales que nos ataban al pasado.

En segundo lugar, porque las tradicionales potencias —entre ellas nuestro amigo y vecino Estados Unidos— han conocido ya los límites del ejercicio aislado del poder; han aprendido que solos no pueden cargar todo el peso de mantener un mundo en equilibrio y en paz.

En cuanto a América Latina, hemos transitado de ser una región-problema —atormentada por las crisis económicas y las dictaduras— a convertirnos en una fuente de respuestas y soluciones a los desafíos presentes.

Nuestras economías —en su mayoría— están creciendo por encima del promedio mundial, con baja inflación, con responsabilidad fiscal y un sólido sector externo.

Nuestra región ha realizado las reformas económicas necesarias para asegurar la sostenibilidad del crecimiento y de la estabilidad.

América Latina se ha adaptado a la globalización generando condiciones apropiadas, por ejemplo, para atraer la inversión extranjera.

Todo ello en un contexto político donde prevalecen el respeto a los derechos fundamentales y las libertades públicas.

La región, además, le ha asignado una alta prioridad a enfrentar la pobreza, invirtiendo recursos significativos en mejorar la calidad de vida de los sectores más rezagados.

Cuarenta millones de latinoamericanos han salido de la pobreza en la última década.

América Latina, en su conjunto, tiene ahora un marco institucional más real y eficaz para la toma de nuestras decisiones, construido no para dividir no para excluir, sino para ser más coherentes y unidos.

Hoy prácticamente todos los países estamos unidos por diversos acuerdos que facilitan los crecientes flujos de bienes y servicios en la región y el hemisferio.

América Latina tiene una situación privilegiada en cuanto a la disponibilidad mundial de recursos naturales: tenemos grandes excedentes de energía, cerca de una cuarta parte de la tierra cultivable y una tercera parte del agua dulce del mundo.

En nuestro suelo reside la mayor diversidad biológica del planeta.

Esta bendecida geografía nos da el músculo y la autoridad para desplegar una influencia constructiva en la discusión de los asuntos internacionales.

Y existe otro aspecto social de la mayor trascendencia que privilegia hoy más que nunca las oportunidades de trabajar juntos, desde Alaska hasta Tierra del Fuego.

Así como la contribución de los migrantes del Viejo Continente contribuyeron al desarrollo de Norteamérica generó sólidos lazos de amistad y solidaridad con Europa, estamos seguros de que hoy, cuando los hispanos son ya la minoría más grande en Estados Unidos con cincuenta millones de habitantes, también su esfuerzo, su lucha, su aporte, servirán para estrechar los lazos y la hermandad de todo el continente.

En fin: es evidente, es claro, que no ha existido un mejor momento en la historia para tender puentes en el hemisferio y aprovechar todas estas posibilidades y muchas más que he mencionado.

Es sin duda, también, un asunto de eficacia.

Todos sabemos que muchos de los problemas que nos aquejan son compartidos.

Por nuestra gente tenemos la responsabilidad de tomar el camino más práctico y el camino más ágil para resolver esos problemas y esos desafíos.

Solo hay uno: es el camino de unirnos, de conectar nuestras prioridades, y de tener una agenda concreta y común que potencie la acción colectiva.

Esta Cumbre es el espacio correcto para que avancemos en esa dirección.

Porque hay el riesgo —y seamos francos— de que nos contentemos con simples palabras como suele ocurrir en tantas cumbres.

O de que nos dediquemos a dejar constancias y dirigirnos a quienes están en nuestras casas, en vez de aprovechar la oportunidad de dialogar aquí entre nosotros, entre los que estamos.

Los presidentes y jefes de gobierno NO vinimos a esta cumbre para comentar la realidad, vinimos para transformar la realidad.

La naturaleza de los retos que enfrentamos en el campo político, en el económico, en el ambiental y en el de seguridad, no nos da otra opción que la de trabajar juntos de la mano.

Tenemos que identificar acciones concretas, realizables y medibles, que tengan financiación y que les lleguen —sobre todo- a todos los ciudadanos de nuestro continente.

Que las buenas intenciones no se queden solo en eso —en buenas intenciones— sino que se conviertan en una realidad palpable para nuestros pueblos.

Los países de América Latina nos encontramos en un punto verdaderamente de inflexión, en un momento decisivo.

Estamos ante la oportunidad de dar un salto cualitativo en nuestro propio desarrollo, y estamos ante la oportunidad de también dar un salto en nuestras relaciones con el mundo, que no podemos dejar pasar.

Para cumplir con ese propósito hay que desbancar mitos y prevenciones, derrotar estereotipos y superar anacrónicas amarras ideológicas.

Se trata de aproximarnos al futuro del continente con un nuevo paradigma: un paradigma en el cual lo que más importe sean los intereses de la gente, los derechos de la gente.

¡Qué ese sea nuestro paradigma! Los intereses de la gente, los intereses de más de 930 millones de personas que habitan este hemisferio y que tienen derecho, todo el derecho a soñar con una vida digna, con equidad, con justicia, con desarrollo y en paz.

Para servirle a la gente de las Américas tenemos que comprometernos a repensar las relaciones entre América Latina y América del Norte.

Es la hora de superar estereotipos del pasado, como el de que América Latina sea una región-problema o los Estados Unidos una potencia imperialista.

Hay que tender puentes físicos —que faltan muchos— pero los más importantes son los puentes políticos, los puentes económicos y los puentes sociales.

Los países al sur del Río Grande le compran a los Estados Unidos cerca de la cuarta parte de sus exportaciones y, a su vez, le suministran una quinta parte de sus importaciones.

El comercio bilateral entre los Estados Unidos y la región —el año pasado— superó los 800 mil millones de dólares, una suma que excede en mucho, por ejemplo, el comercio de Estados Unidos con China, que fue de 500 mil millones de dólares.

Canadá, por su parte, tiene más tratados de libre comercio con países de América Latina y el Caribe que con todo el resto del mundo, y es inversor —óigase bien— en dos de cada tres proyectos mineros en la región.

No hay duda, entonces, de que existe una profunda interdependencia económica que constituye una muy buena base para construir el futuro.

Ya somos socios en el comercio, ya somos socios en la inversión.

En esta Cumbre podemos decidir ser también socios en la prosperidad democrática y el bienestar.

La realpolitik —con su frío cálculo centrado en los intereses del Estado— puede que sea eficaz, eso no lo dudamos, pero hay que siempre tener en cuenta que debe estar acompañada de principios para ser sustentable.

Por eso, en el mundo de hoy, necesitamos un nuevo paradigma que acepte que, para ser eficaces, necesitamos de los demás.

Necesitamos una especie "pragmatismo con principios", un concepto del que oí hablar alguna vez al Secretario General de Naciones Unidas y, más recientemente, a la Secretaria de Estado de los Estados Unidos, Hillary Clinton, en un discurso en la universidad de Georgetown.

Y a riesgo de parecer ingenuo, ese paradigma nuevo se basa en una actitud aparentemente sencilla pero que es algo que necesitamos: eficaz.

Se trata de tender puentes, de reconocer las aspiraciones y los miedos del otro, de conectarse políticamente de manera solidaria, buscando ese ángulo insospechado y creativo, capaz de desencadenar las dinámicas que puedan solucionar problemas y acortar distancias.

Y lo digo con conocimiento de causa porque por esa vía hemos abordado con éxito desafíos que parecían irresolubles.

¿Quién, hace dos años, habría podido imaginar —después de tantas tensiones y desavenencias— que Venezuela y Colombia iban a restablecer plenamente sus relaciones y su amistad de buenos vecinos?

¿Quién pensó que los dos países —con visiones tan diferentes— podríamos desplegar concertadamente un esfuerzo diplomático para facilitar el restablecimiento de la normalidad institucional y democrática en Honduras?

Tendiendo puentes todo es posible.

Como presidente de Colombia y como anfitrión de esta conferencia quiero invitarlos a tender puentes, a tender puentes guiados por nuestros principios y buscando siempre la efectividad.

Así como el ejemplo de Venezuela y Colombia ilustra bien el poder y la magia de buscar soluciones mediante el respeto por las diferencias, mediante la cooperación y la solidaridad, hay otros casos que —por el contrario— son ejemplo de todas las frustraciones que genera la falta de concertación y la falta de puentes eficaces entre nosotros.

Me refiero a un tema que personalmente me toca el alma. Me refiero a la tragedia de Haití.

Observando lo que ahí ha ocurrido en la última década, encontramos que cada país coopera a su manera con Haití y coopera según sus propios intereses, creando una cacofonía de buenas intenciones pero pobres resultados.

Además, a toda esa buena voluntad le ha faltado lo más importante: conocer qué quiere y qué necesita realmente el pueblo haitiano.

En vez de impulsar agendas propias debemos acoger como nuestra la de su propio país, la de su propio gobierno, que conoce mejor que ninguno de nosotros las necesidades urgentes de su gente.

No podemos llegar a otra próxima cumbre invocando un espíritu hemisférico si antes no somos capaces de contribuir, colectivamente, a que Haití entre con vigor y por la senda del crecimiento a la superación de la pobreza.

Otro ejemplo de las consecuencias de no superar los paradigmas del pasado —de la ausencia de puentes y de creatividad— es el caso de Cuba.

El aislamiento, el embargo, la indiferencia, el mirar para otro lado, han demostrado ya su ineficacia.

En el mundo de hoy no se justifica ese camino. Es un anacronismo que nos mantiene anclados a una era de Guerra Fría superada hace ya varias décadas.

Así como sería inaceptable otra cita hemisférica con un Haití postrado, también lo sería sin una Cuba presente.

No podemos ser indiferentes a un proceso de cambio al interior de Cuba que es reconocido cada vez más ampliamente y que además ese cambio debe continuar.

Es hora de superar la parálisis a la que lleva la terquedad ideológica y buscar consensos mínimos para que ese proceso de cambio llegue a buen puerto. ¿Para el bien de quién? Pues del pueblo cubano.

Y para eso tenemos que tender puentes.

Otro ejemplo es la situación de América Central, golpeada tan severamente por el crimen organizado que amenaza la estabilidad misma de esas naciones y de la región.

Es la responsabilidad de nosotros —sus vecinos—, en especial de sus vecinos más cercanos como México, Colombia y los Estados Unidos —a quienes nos ha tocado ya recorrer un camino de inmensos sacrificios en la lucha contra el narcotráfico— ofrecer fórmulas que contribuyan a superar esta grave crisis de seguridad.

Centroamérica no está sola.

No podemos llegar a la próxima cumbre sin las victorias decisivas que anuncien que vamos a liberar a los pueblos centroamericanos de las garras de la violencia.

Y permítanme mencionar también el caso de mi propio país.

Colombia sufre, como todos ustedes saben, un conflicto intolerable de casi medio siglo, el conflicto interno más antiguo del mundo actual, el más antiguo del mundo actual.

En los últimos tiempos hemos avanzado como nunca antes en la superación de ese conflicto.

Y lo vamos a seguir haciendo, no sólo con una firme política de seguridad, sino atendiendo las demás condiciones que han contribuido a mantenerlo vivo: el problema del desarrollo del campo y el desempleo rural; el problema de los desplazados que han sido despojados de sus tierras y el de la reparación de las víctimas; el problema de los cultivos ilícitos y del narcotráfico; el problema de una débil presencia institucional en una parte importante de nuestro territorio.

Estamos convencidos de que con estas políticas, estamos construyendo las verdaderas condiciones para una paz duradera.

E independientemente de la voluntad de los violentos, con firmeza y con nuestra agenda progresista vamos a llegar a la paz.

Y cuando encuentre que existen las garantías mínimas para entablar un proceso que lleve de manera creíble y realista a la terminación del conflicto, no me temblará la mano para iniciarlo.

Por último —entre varios— hay otro tema en que vale la pena revisar los paradigmas. Hay uno en particular.

Hablo de la llamada Guerra contra las Drogas, que declaró el Presidente Nixon en 1971, y que realmente lleva más de 100 años, desde cuando se firmó en 1912 la Convención Internacional del Opio.

Hoy, un siglo después, un siglo después, resulta más que oportuno, conveniente, hacer un alto en el camino para hacer una evaluación; para establecer simplemente dónde estamos y para dónde vamos.

A pesar de todos los esfuerzos, inmensos esfuerzos, inmensos costos, —tenemos que reconocerlo—, el negocio de las drogas ilícitas sigue pujante, la drogadicción en la inmensa mayoría de países es un grave problema de salud pública, y el narcotráfico continúa siendo el principal financiador de la violencia y del terrorismo.

Colombia, y muchos otros países de la región, creemos que es necesario iniciar una discusión, un análisis sobre este tema que —sin prejuicios ni dogmas— contemple los diferentes escenarios y las posibles alternativas para enfrentar este desafío con mayor efectividad.

Debe ser una discusión abierta, sin sesgos ideológicos, sin sesgos políticos, rigurosa, y basada en la evidencia sobre los costos y beneficios de cada alternativa.

Por supuesto, esa discusión no puede servir de excusa para dejar de hacer lo que todos sabemos que es indispensable: combatir con toda la firmeza, con toda la contundencia y sin ningún descanso al crimen organizado.

Y debe ser una discusión —cómo no— centrada en la gente, en las víctimas de este negocio.

Y víctimas son los consumidores —los drogadictos—; víctimas son los que sufren la violencia que el narcotráfico estimula; víctimas son los millones de presos en las cárceles del mundo; víctimas son los ciudadanos que sufren los efectos de la corrupción, y por supuesto víctimas son los muertos —¡tantos muertos!— caídos por causa de este negocio y su combate.

Esta Cumbre no resolverá este tema, eso lo doy por hecho, pero puede ser el punto de partida para que se inicie una discusión que llevamos aplazando demasiado tiempo.

He hablado del buen momento de la región, y de las inmensas posibilidades del hemisferio. Pero todos sabemos que aún tenemos grandes desafíos y muchos frentes de acción colectiva en los que nos hace falta avanzar.

En esta VI Cumbre hemos escogido cinco retos —todos de la mayor importancia— para analizar y encontrar la senda hacia ese trabajo conjunto.

Queremos conectar a las Américas para que nuestras naciones sean verdaderas socias en la prosperidad.

Esto implica trabajar, con el apoyo de las entidades multilaterales, para desarrollar programas y proyectos de infraestructura física y de interconexión eléctrica que conecten e integren a las Américas.

Esto supone también promover iniciativas conjuntas para ampliar el acceso de nuestras poblaciones a las ventajas de la tecnología y las comunicaciones.

Estamos también hablando de establecer una coordinación adecuada para prevenir y reaccionar frente a desastres naturales, cada vez más frecuentes y devastadores, entre otros por los efectos del cambio climático.

Aquí en Colombia, para no ir más lejos, sufrimos —y seguimos sufriendo—, mi país está inundado en casi la mitad, la peor ola invernal de nuestra historia, con millones de damnificados.

Nadie puede negar la realidad del cambio climático y la urgencia de que nos preparemos para enfrentarlo y mitigar sus efectos.

Otro tema fundamental es la seguridad ciudadana, que es percibida por los habitantes de las Américas como uno de los problemas que más los afectan.

Es mucho lo que podemos hacer conjuntamente para prevenir y combatir la violencia, la corrupción y la delincuencia organizada, y Colombia tiene mucho que aportar en esta materia, donde hemos acumulado logros y lecciones.

Y finalmente, el tema esencial, fundamental, prioritario, de la reducción de la pobreza y la inequidad también debe ocupar nuestras deliberaciones.

Es destacable que entre el año 2001 y el año 2010 la pobreza en América Latina haya bajado del 44 al 31 por ciento.

Pero estos avances, por importantes que sean, no son suficientes.

Todos nuestros esfuerzos —y en esto son muy valiosas las conclusiones del Foro de Actores Sociales que se realizó simultáneamente con esta Cumbre— deben destinarse, prioritariamente, a convertir la prosperidad económica en prosperidad social.

Y hablando de prosperidad económica, valga resaltar que esta semana —por primera vez— tuvimos de forma simultánea una Cumbre de Líderes Empresariales del hemisferio, que reunió a las más importantes cabezas del sector privado de las Américas.

Fue una cumbre en la que no sólo se habló de negocios, de oportunidades y de inversión, sino de cómo hacer que la iniciativa privada sea también un actor central en la generación de empleo y sea también un socio en la eliminación de las desigualdades.

Porque de nada nos sirve el crecimiento; de nada sirven la estabilidad macroeconómica y el libre comercio, si todo eso no se traduce en reducción de las brechas sociales y más oportunidades de ingreso, en más oportunidades de empleo, y en calidad de vida para nuestros pueblos.

No olvidemos jamás que esta Cumbre no se trata solo de gobiernos o de intereses políticos: SE TRATA DE LA GENTE, de gente con necesidades, con urgencias, con carencias, que demanda nuestra acción efectiva y coordinada.

Así que aquí tenemos los grandes retos de esta Cumbre.

Debemos enfrentarlos con vocación americana y con sentido de humanidad.

Porque sólo trabajando de la mano, sólo cambiando los paradigmas podemos construir un mundo mejor para todos.

Los invito a que tendamos puentes.

Los invito a que seamos Socios por la Prosperidad.

A que seamos socios por nuestra gente.

Y los invito a lo que dijo esta niña, este colibrí nos dijo y me dijo a mí también que:

¡ESTANDO MÁS UNIDOS SEREMOS UNA MEJOR AMÉRICA!

Muchas gracias".