HISTÓRICO
DOS VIOLACIONES, DOS MUERTES Y UN SÍMBOLO
  • DOS VIOLACIONES, DOS MUERTES Y UN SÍMBOLO | DAVID E. SANTOS GÓMEZ
    DOS VIOLACIONES, DOS MUERTES Y UN SÍMBOLO | DAVID E. SANTOS GÓMEZ
Por DAVID E. SANTOS GÓMEZ | Publicado el 01 de enero de 2013

El domingo 16 de diciembre, mientras regresaba con su novio de una tarde en el cine, una mujer india de 23 años fue violada y brutalmente golpeada por una pandilla de hombres en un bus de servicio público. Al final, para terminar su orgía de sangre, los seis salvajes arrojaron a la pareja fuera del vehículo aún en movimiento. La mujer, de la que todavía se desconoce su nombre, murió el pasado viernes 28 a pesar de los múltiples intentos médicos por salvarle la vida.

Esa misma semana, la última del año que pasó, la justicia colombiana condenó a 48 años de prisión a Javier Velasco, quien en mayo había violado y asesinado a Rosa Elvira Cely en uno de los hechos más violentos, degradantes y sangrientos registrados en nuestra sociedad en los últimos años, en cuanto a maltrato femenino se refiere.

Ambos casos, aunque distanciados por miles de kilómetros, mantienen un vínculo en la desgracia de la desprotección femenina y a la misma vez los une el haberse convertido en símbolos que levantan a la sociedad mediante protestas y clamores de justicia. Son espejos tan espantosos de la condición humana que revuelcan nuestros principios de "comunidades civilizadas".

Un asesino maniático como aquel que acabó con la vida de la mujer bogotana, o aquellos que a punta de golpes mataron a la joven en Nueva Delhi, pueden aparecer en cualquier rincón del globo, pero sin duda países como Colombia e India, con inmensos índices de desigualdad y pobreza, son más propensos a los ataques de este tipo y, peor aún, a que pasen desapercibidos y sean ignorados por la justicia.

La muerte de Rosa Elvira levantó en las calles de nuestro país un enérgico llamado a la defensa de la mujer. De una forma incluso mucho más enérgica y contundente, el asesinato de la joven en India generó un movimiento de indignación e ira por el alto número de ataques físicos y de violaciones en este país y aunque las protestas no detienen las violaciones, son un primer paso transformador de conciencia.

Países como el nuestro parecen reaccionar únicamente ante hechos de profundo choque. Las ramas del poder aceleran sus procesos para mostrar soluciones a una problemática que, cuando no concentra la atención de los medios de comunicación, continúa en el más vergonzoso de los olvidos.

Es una desgracia que necesitemos transformar en símbolos de lucha a mujeres asesinadas de las formas más violentas posibles, mientras en la cotidianidad el maltrato continúa su paso indiferente. Son estos casos, al mismo tiempo y de forma paradójica, oportunidades para no retroceder.

Y es que una vez logrado el grito de la sociedad depende de cada uno de nosotros exigirles a los medios y al gobierno que la indignación no sea un reflejo a la muerte sino una constante para prevenirla.