HISTÓRICO
EL ALMA DEL PRESIDENTE
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Por ELBACÉ RESTREPO | Publicado el 24 de agosto de 2013

Hago constar: Que no estoy buscando empleo; que no tengo ningún impedimento moral para expresar mis sentimientos y que no le estoy pagando ningún favor a la presidencia de Bancolombia.

Que a esta entidad lo único que me une, como a casi todos los colombianos, es una pinche cuenta de retiros que nada pesa en el P y G., que estoy a muchos años luz de pertenecer al listado de clientes que ameritan regalo especial en Navidad; que no se ocupa este artículo de discutir si de verdad la banca tiene alma o si se la encontró un publicista en una ráfaga de ingenio; que tampoco hablaré de lo que nos cuestan los servicios bancarios en comparación con los beneficios que obtenemos y que no pretendo derrumbar la impopularidad de los bancos en quinientas palabras.

Sólo quiero hablar del ciudadano Carlos Raúl Yepes, a quien no conozco pero que me sorprende gratamente cada vez que un reportaje, como el del domingo pasado en este diario, escrito por Germán Jiménez, nos deja saber un poco más de su grandeza, que es inversamente proporcional a su estatura física.

El señor Yepes me remite a mi corta experiencia laboral, con apenas dos jefes a bordo, pero suficientes para aprender a distinguir entre la calidad humana del uno (saludos, Carlos), y la prepotencia del otro, de cuyo nombre sí me acuerdo pero no quiero evocarlo.

Hice una "encuesta" entre un grupo no muy grande de empleados de Bancolombia. Quería oír de su propia voz si su gran jefe sí es la maravilla de persona que sale en los periódicos. Y lo oí. No obstante que la aceptación fue unánime, en un conglomerado de 42 mil empleados habrá quienes no le depositen ni un afecto, por la certeza irrebatible de que nadie es monedita de oro, pero en un país que se nutre todo el tiempo de malas noticias generadas por pícaros, mafiosos, ladrones de alto estrato, políticos torcidos y otras plagas, exaltar las cualidades de un líder positivo se me hace tan necesario como la luz del sol.

Del sondeo salieron palabras muchas veces repetidas: humilde, cálido, sencillo, visionario, responsable, inteligente, íntegro y cercano, entre otras. Y afloraron breves definiciones: "Es un manojo de bonitos sentimientos y experiencias motivadoras". "Rompe con las estructuras tradicionales y su palabra no es la única, aprende de los demás y vive la experiencia de la persona para entender lo que necesita".

Qué gusto saberlo. En un medio que está lleno tronos en vez de sillas, de egos inflados y de complejos de Adán, encontrar el "bicho raro" es muy alentador.

Nuestras empresas no se caracterizan propiamente por tener salarios envidiables, pero si a esto se le suma un mal ambiente propiciado por un jefe prepotente, dominador, pisoteador y sordo, el resultado es desastroso.

Que aparezca alguien al timón de un barco con ideas tan saludables como el día del perdón y el de la gratitud, y que retome actitudes tan básicas como saludar, sonreír y agradecer, olvidadas incluso por quienes se proclaman como los más educados, tiene que ser redundantemente beneficioso para todos. Vuelve y juega la grandeza de lo simple.

Una invitación a descubrir a esos líderes naturales que suelen rodearnos sin que los veamos. O a convertirse en uno de ellos, por qué no. ¡Ah carlos raules que necesitamos para transformar esta sociedad tan lastimada….