HISTÓRICO
EL BUEN CINE QUE AMBICIONAMOS
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Por JUAN JOSÉ GARCÍA POSADA | Publicado el 24 de febrero de 2013

En la gran pantalla se hace patente la contraposición entre el primer mundo y el tercero en que permanece el balbuciente cine colombiano. Lincoln y Amor, dos películas que por su calidad íntegra no podían faltar anoche en la ceremonia de los Óscares, marcan unos niveles de excelencia demasiado superiores a los que apenas empiezan a insinuarse en dos o tres producciones hechas en nuestro país.

Hace muchos años leí dos biografías magníficas de Lincoln, la de Emil Ludwig y la de Lord Charnwood. Ambas retratan en cuerpo y alma a uno de los hombres representativos de la historia. Y en la película de Spielberg se resaltan esos rasgos del estadista providente, del porfiado antiesclavista y también del político sagaz en la etapa final de su vida, hasta la noche del magnicidio. Los dos libros tuvieron que servirle de referencia al genial cineasta.

Ni en las dos obras biográficas ni en el filme se reducen las cualidades ni se ocultan los defectos del mandatario estadinense. Si acaso se matizan. El Lincoln del cine y el de los biógrafos es el mismo, tal cual. Nadie puede restarle méritos como paladín de los derechos humanos. Y su grandeza eclipsa, pero no elimina, las mezquindades del político astuto envuelto en componendas y maniobras subrepticias para conseguir sus fines.

Lincoln es una película que exalta la gloria del líder, pero que también pone en evidencia las miserias de la máquina milenaria infernal de la política y la naturaleza transaccional inevitable de los poderes del Estado. De modo que no nos hagamos los de las nuevas en este país cuando el Congreso, el Ejecutivo y la administración de justicia negocian, si las malas costumbres han diezmado la moral pública desde tiempos inmemoriales y en las cunas de la democracia de América y Europa. Entre tanto, los grandes hombres siguen ahí, como Lincoln, incombustibles y mayestáticos.

Amor, dirigida por Michael Haneke, es la historia enternecedora de dos maestros de piano que dan una lección admirable de fidelidad y abnegación, mientras resisten la vejez, la enfermedad y la inminencia de la muerte con todo y la terquedad de ella (Emmanuelle Riva ) y los caprichos de él (Jean Louis Trintignant ). Este filme francoalemán interpreta una faceta conmovedora del sentido de la vida y penetra en las nobles profundidades de la condición humana.

Estas dos películas salvan el cine contemporáneo, el norteamericano y el europeo. Representan el buen cine que ambicionamos, el que tanta falta hace en determinadas temporadas, el que algún día se hará en Colombia y en Medellín, cuando se superen la lobreguez, la pornografía social, la mediocridad técnica, la flojedad temática y todos los errores deprimentes de la incipiente cinematografía nacional. Reconozco algunas excepciones reconfortantes.