HISTÓRICO
El éxito tiene un precio
Por Ángela Marulanda | Publicado el 27 de abril de 2013

Cuenta una historia que una vez dos barcos cargueros se encontraron en camino a un mismo puerto y sus capitanes decidieron apostar a ver cuál llegaría primero al destino. Uno de ellos, cuyo barco de vapor se dedicaba a cargar madera, decidió aligerar su peso y acelerar la marcha utilizando la carga como combustible... y así ganó la carrera. Pero el precio de su triunfo fue el sacrificio de la razón de ser de su travesía.
Hay una gran diferencia entre tener éxito y hacer de nuestra vida un éxito. Lo primero exige sobresalir en algún frente o actividad, lo cual es efímero. Pero lograr que nuestra vida sea un éxito implica esforzarnos constantemente por servir y dar lo mejor de nosotros al mundo y a los demás, comenzando por nuestro propio hogar. Sin embargo, por dedicarle demasiadas energías a tener cada vez más éxitos, a menudo desatendemos a la familia, afirmando que lo hacemos para darles lo mejor a los hijos, y en el camino les damos poco de lo que más necesitan: nuestra presencia en su vida.
Hoy más que nunca, el éxito se ha vuelto una meta tan codiciada que la vida gira alrededor de lo que haga posible lograrlo. En ese proceso olvidamos que lo que cuenta no es qué tan pronto lleguemos al destino sino lo que hayamos sacrificado en el trayecto. ¿Será que ignoramos el verdadero sentido de nuestra travesía por el mundo y derrochamos nuestras capacidades utilizándolas ante todo como combustible para obtener más poder o dinero? ¿Y que en este proceso sacrificamos a los seres que más amamos?
Lo que los hijos precisan no se puede comprar con dinero: un hogar a donde vivan acogidos por sus padres y no por terceros contratados para cuidarlos, así como las lecciones de amor que sólo les podemos ofrecer con nuestra presencia cotidiana. A la hora de la verdad lo que cuenta para ellos no son los éxitos profesionales o económicos que cosechen sus padres, sino el precio que su familia tenga que pagar por ello.
Podemos vivir felices sin trofeos, fama o riquezas, pero no sin el amor y bienestar de nuestra familia. Por eso, no hay éxito más importante que formar unos hijos llenos de entusiasmo por la vida y de amor por sus semejantes como resultado de haber recibido suficiente consagración personal de sus padres.