HISTÓRICO
El gran déficit de Medellín
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 20 de septiembre de 2009
La semana pasada se presentó públicamente la cuarta encuesta de percepción del proyecto "Medellín cómo vamos" que lideran regionalmente esta casa periodística, la Cámara de Comercio de Medellín, Proantioquia y la Universidad Eafit. El asunto de mayor impacto para mí en estas encuestas es el que tiene que ver con la responsabilidad ciudadana.

Según la propia calificación de 1.500 personas encuestadas, los ciudadanos de Medellín no respetamos a los ancianos y niños, las mujeres, las minorías étnicas ni a los desplazados. Esto no es noticia, si cotejamos esta valoración con los índices de violencia intrafamiliar y sexual.

No hay respeto por las normas: la calificación más baja la recibe el respeto por la vida, lo que indica que sentimos que hay una fácil propensión a matar, y las normas más transgredidas son las de tránsito.

Estas cosas no son aisladas, pues quien se pasa un semáforo en rojo o conduce en estado de embriaguez es un asesino potencial.

La encuesta confirma cosas que vemos a diario. El irrespeto cotidiano a las normas básicas de la convivencia. Desde nimiedades como contestar el celular en cine, no apagarlo en conferencias y conciertos, hasta asuntos irritantes como conversar en las reuniones y eventos públicos.

No hablemos de lo que en los códigos de policía se llama contravenciones: tirarle la basura al vecino, hacerle fiestas hasta la madrugada en la semana, obstruir el espacio público con escombros o vehículos, la circulación de motos y bicicletas por los andenes.

Esto es tan común que ya la policía no los atiende y el ciudadano afectado no hace más que resignarse.

Más grave aún es lo que pudiéramos llamar el triunfo silencioso de la cultura narco. La ciudad se llenó de camionetas tipo guardaespaldas, carros con vidrios polarizados, cuatrimotos, y para cualquier muchacha de bien estar bien es tener silicona hasta el cogote.

Existe un amplio espacio social común en que elementos de la "cultura pop" como el caballismo y el mariachi se encuentran con la cultura mafiosa.

Una cosa no lleva a la otra, por supuesto, pero la encubre y demuestra que el control social respecto a la cultura narco se ha relajado y que, de seguir así, pronto será la cultura dominante.

Hacia el final de " No es país para viejos ", la novela de Cormac MacCarthy, el sheriff tiene una larga conversación con su viejo tío a quien le dice que desde que empezó a darse cuenta de que la gente ya no decía "señor" y "señora" era porque las cosas iban mal.

No se trata simplemente de un lamento de viejo amargado o conservador. Para los sociólogos de la modernidad está muy clara la vinculación que existe entre cortesía y civilización.

El filósofo israelí Avishai Margalit dice que una sociedad civilizada es aquella en la que los ciudadanos no humillan ni hacen sufrir a sus vecinos.

Y la humillación y el sufrimiento que provienen de la falta de cultura y responsabilidad ciudadanas no deben ser subestimados.