HISTÓRICO
El lenguaje de Gimli
  • El lenguaje de Gimli
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 11 de diciembre de 2011

En esa gran obra que es "El señor de los anillos" -apreciada por millones de personas e ignorada por los críticos más cultos- hay un pasaje sugestivo para este tiempo en que el lenguaje hablado y escrito vive en la inopia. Gimli, el representante de la raza de los enanos en la comunidad del anillo, después de salir del bosque y descubrir con sus propios ojos a la dama Galadriel, se pronuncia: "De aquí en adelante a nada llamaré hermoso si no es un regalo de ella".

Gimli está hablando del cuidado en el uso de los adjetivos, para que una calificación, la apreciación de un atributo mantenga su sentido. Hermoso será solo lo que esté relacionado con Galadriel. Un celo parecido al que las religiones más fuertemente monoteístas, como el judaísmo y el islamismo, mantienen respecto a los atributos de Dios. "Solo Dios es eterno", suelen decir los musulmanes.

Pues bien, en estos tiempos de pobreza lingüística todo es espectacular. Lo que no, simplemente se crece en las hipérboles del súper o del demasiado. O lo contrario. Todo es terrible. No hay grados de lo bueno ni de lo malo, ni puntos intermedios entre la excelencia y la ineptitud. Esta desmesura funciona en la política, en el arte, en el trabajo. Y esta carencia afecta las evaluaciones que solemos hacer en cualquiera de esos ámbitos y nos mantiene pendiendo de un hilo, entre la ilusión y el fracaso, entre el triunfalismo y el derrotismo.

Muchas veces pasa que para no caer en este maniqueísmo optamos por la conducta prudente de suspender el juicio y guardamos silencio. Pero en tiempos de urgencia y ante problemas críticos, el escepticismo y la indiferencia se disimulan con facilidad bajo el manto de la prudencia.

Aparte de las limitaciones en el lenguaje, este fenómeno parece estar asociado al igualitarismo moral que denunciara en su momento y en su tango Enrique Santos Discépolo: "Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón". Para no ir muy lejos, en las últimas campañas políticas algunos se quejaron de que se estaban introduciendo distinciones entre buenos y malos, como si en el mundo no existieran honrados y ladrones, rectos e inescrupulosos, capaces e ineptos (para unas cosas), diestros y torpes (para unas cosas).

Por su parte la indiferencia puede tener que ver con una actitud egoísta y calculadora que solo da valor a lo propio y personal, y desestima lo colectivo, lo comunitario y lo público. En ocasiones, si no se califica, si no se valora, si no se estima, es solo un mecanismo defensivo para que no se pongan nuestros comportamientos en el escenario de los pesos y las medidas. Y sin medida, el mundo que nos espera es el de la mediocridad.

Estoy hablando, por supuesto, de las acciones externas, de los comportamientos, de las obras, de nuestros actos públicos en el estudio, el trabajo, la vida social y política. En la intimidad, en la opaca e insondable vida del yo, no hay medida, ni debe haber juez. La igual dignidad de todas las personas es la expresión del respeto hacia ese misterio que somos cada uno de nosotros.