HISTÓRICO
El salón en el que se exorciza el dolor
  • El salón en el que se exorciza el dolor | En el Salón de la Memoria, en la comuna 13, hay fotos y otras pertenencias de las víctimas de la violencia. FOTO ESTEBAN VANEGAS
    El salón en el que se exorciza el dolor | En el Salón de la Memoria, en la comuna 13, hay fotos y otras pertenencias de las víctimas de la violencia. FOTO ESTEBAN VANEGAS
Por JAVIER ALEXANDER MACÍAS | Publicado el 24 de marzo de 2013

Sus manos abollonadas, regordetas, no dejaban de acariciar el rostro de su hijo, como si 13 años después de que milicianos de las Farc se lo llevaran de la comuna 13, pudiera sentir en la foto plastificada la ternura de su corazón de madre. Su rostro inocente clama justicia junto con las otras fotografías de los desaparecidos en el Salón de la Memoria en San Javier.

Tenía 12 años y le decían Mono, de cariño, porque su pelo de oro brillaba cada vez que subía los escalones de su barrio Nuevos Conquistadores con 10.000 pesos en un bolsillo, y el jabón y la estopa en el otro, luego de pulir los buses que sorteaban las ladeadas calles de la 13.

—Él se iba a trabajar y cuando llegaba me daba platica para el almuerzo. Se lo llevaron y no volví a saber de él, y lo sigo esperando, lo seguiré esperando— dice María, su madre. Esa espera se revive cada noche. María ve llegar en sueños a su Mono, tranquilo, con la alegría innata del niño, pero con la responsabilidad del hombre que decidió acabar con la pobreza a cuestas.

Y allí, en el Salón de la Memoria, en la comuna 13, donde otras víctimas lloran a sus muertos y esperan a los desaparecidos, María siente cercano a su hijo. Sus ojos pardos se anegan entre pedazos de recuerdos de tragedias y angustias compartidas.

Un salón para no olvidar
Junto a la foto de Mono, y los otros retratos de las víctimas de desaparición forzada y homicidio, está la correa de Albeiro, la gorra de Jairo, el tarro vacío del perfume de Alberto.

Son dos habitaciones en las que hay un diario para escribir y describir el dolor que no cesa, una urna de cristal llena de tierra para recordar a los desaparecidos en La Escombrera, y miles de recuerdos que pululan entre esas paredes blancas del convento de la Madre Laura.

"Acá está la niña con la que se lo llevaron ese día. Ellos llegaron hasta la casa y lo sacaron a la fuerza. Y me fui detrás para evitar que lo mataran, pero uno de ellos me puso un revólver en la cabeza y me dijo que me devolviera, que a él no le iba a pasar nada o que si no me mataban", recuerda María.

En este salón, esta pequeña pero corpulenta mujer, desplazada por las amenazas de los que se llevaron a su hijo, exorciza su dolor y revive la promesa que le hizo Mono antes de que los encapuchados se lo llevaran una tarde de octubre de 2001.

Y en esa premisa, Juan Carlos Posada González, director del Museo Nacional de la Memoria, explica que este tipo de espacios sirven para darle la voz y el rostro a las víctimas. "Es un espacio de dignificación, de reconocimiento de lo que les ha pasado y mitigar ese dolor al reconocer que esto es un espacio donde pueden visibilizar a sus seres".

La misionera de la Madre Laura, Rosa Emilia Cadavid, quien ha acompañado a las víctimas por 12 años, dice que con ese espacio, "se abre una posibilidad para que se desahoguen y mitiguen ese dolor que diariamente viven".

Pero María no ha podido mitigarlo. Ni la abuela del niño ni sus hermanas. Cada diciembre, cuando más sienten la ausencia de Mono, las dos niñas le preguntan por la promesa hecha desde los barrotes de la ventana, aferrado a la vida: ¿Este año si vendrá a traernos el estrén y los regalos? La mujer no les responde. Descarga el llanto contenido y socava la separación con la fotografía de su hijo colgada en su pecho y en las paredes del Salón de la Memoria.