HISTÓRICO
El señor Pacheco de la televisión colombiana
Por MÓNICA QUINTERO RESTREPO | Publicado el 21 de junio de 2013
Cuando don Alberto Peñaranda vio a ese joven rasgar la guitarra y tocar los tres tonos que sabía y con los que pasaba los ratos libres, el entonces dueño de Punch Limitada escuchó además de la música, el sentido del humor de Fernando González Pacheco. Le pareció perfecto para la televisión, esa que todavía era en blanco y en negro y se hacía en vivo. La vaina era de carisma.

Pacheco dijo no. A él no le parecía eso de dejar de ser camarero del buque de la Flota Mercante Grancolombia, irse para Bogotá unos días y regresar y que de pronto no le tocara el mismo buque. El capitán le dio una licencia por ocho días, exactos, porque don Alberto le insistió en las cualidades del muchacho para presentar.

Era un hombre de televisión, innato. Solo necesitó esa semana para hacer las pruebas y descubrir un amor de toda la vida: él con la televisión y, después, la televisión con él. Lo que no supo esa semana era cuánto tiempo le iba a durar el trabajo: 46 años.

No le había pasado así con otros oficios y carreras. Cuatro años fue marinero. Como boxeador llegó a ser campeón local de peso mosca y salió varias veces de Colombia a competencias. También le intentó al paracaidismo: aceptó una invitación de la Patrulla Aérea Civil, se lanzó y se dañó la rodilla.

Pacheco tuvo otras ideas. Intentó ser médico de la Universidad Javeriana, pero eso le duró dos años. Intentó ser economista en la Universidad de los Andes, pero eso le duró tres meses. Intentó ser abogado en la Universidad Nacional, pero eso le duró un día.

Lo estaba esperando la televisión y, si bien no hay dudas de que era lo suyo, en el obituario que escribió para la revista SoHo en 2006, confesó que tuvo una frustración. Ser pianista. "Lo intenté, pero ya era tarde y hubiera cambiado muchas cosas de mi vida por tocar el piano. Espero que en la otra vida, si hay piano, me corresponda uno a mí".

La forma de ser
El papá de la televisión colombiana nació en Valencia, España, y creció en Bogotá, Colombia. No negó su origen y su cariño por el otro país, pero se sabía colombiano. Llegó con sus papás, en sus primeros años. Varias veces se le ha escuchado agradecerle a la vida por vivir en Colombia, "un país que me lo dio todo".

Fernando perdió el nombre. Pacheco lo siguieron llamando los demás. Algunos también lo conocen como el feo más querido de la pantalla chica. Porque en este hombre, que hizo casi de todo en la caja aquella, desde presentador hasta entrevistador, payaso, actor y cantante, no importaba lo físico. No se veía lo físico. Lo que lo hizo famoso, lo que hace que no se le olvide, es su naturalidad y habilidad para tratar al otro, para presentar. "Mi mayor triunfo -escribió en el obituario- fue haberme mantenido vigente".

Mucha gente conoció a Pacheco y él, también, conoció a mucha otra, no obstante, era un hombre solitario, rutinario, poco viajero. Después del trabajo se iba a un sitio, Taberna San Diego, y pasaba la tarde con sus amigos, jugando generala. Los fines de semana, en cambio, se montaba en una moto con una silla de acompañante. El acompañante era su perro.

Versátil. Vanidoso. Inquieto. Aventurero. Inteligente. Auténtico. Hincha del Santa Fe. No estudió ninguna profesión. No era lector ni estudioso. Su talento era natural y quizá sean pocos los que no tengan un recuerdo en un programa: Animalandia (que fue tan importante para él), Charlas con Pacheco, La Bella y la Bestia, El programa del millón y, si en alguien el etcétera era largo, era en él.

Pacheco fue el señor de la televisión. Aunque la haya dejado en 2003. Aunque algún día se vaya, fue el señor Pacheco de la televisión.