HISTÓRICO
El sentimiento nacional
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 06 de septiembre de 2009
Entre los déficit de la cultura política colombiana, el del sentimiento nacional es uno de los más significativos. Durante doscientos años nuestras élites políticas y culturales han buscado desesperadamente su filiación espiritual en Francia, Inglaterra, España o Estados Unidos y moldeó ideas, instituciones, leyes y sistema educativo de acuerdo a esos prototipos.

En la historia de Colombia lo propio se ha cubierto con vergüenza. Desde la música popular desdeñada aún, sobre todo por la clase media, hasta una visión de país que provocaría la envidia de sor Juana Inés de la Cruz: nos presentamos como los peores de todos y en todo, y nos gusta hacerlo. Una especie de vanidad de la violencia, la miseria y la ignorancia.

Desde la Independencia hemos preferido siempre desangrarnos en guerras entre ciudadanos, que hacer el mínimo esfuerzo por fortalecer el Estado común y vigilar una frontera. Después de la secesión de Panamá, los sucesivos gobiernos entregaron uno tras otro grandes pedazos de territorio a Ecuador, Perú y Brasil. Los productores nacionales se acordaron de la colombianidad cuando llegó la internacionalización y la "marca Colombia" entraba como un nuevo elemento para tratar de sostener los mercados contra los embates de los productos norteamericanos o asiáticos.

Una sociedad deficitaria en sentimiento nacional es una sociedad que convierte las contiendas internas en característica dominante, que está tentada a transformar cada disputa social en un teatro de odio y cada conflicto político en una guerra civil. Así se vuelve frágil, deja de lado los propósitos comunes y se convierte en almácigo para el crimen y en oportunidad para terceros.

En el centenario del natalicio de Isaiah Berlin vale la pena rescatar uno de sus planteamientos fundamentales: la importancia del sentimiento nacional, o como lo llamaba, de la identidad colectiva. Es cierto que el individuo posee múltiples identidades y maneras de pertenecer a agrupaciones distintas, pero de todas ellas ninguna tiene el peso de la cultura común en la que se apoya la comunidad política. Cierto también que ese lazo telúrico que nos une no puede reemplazar a los ideales ni a las leyes, pero tampoco puede ser sustituido por ellos.

Es difícil hallar en nuestra historia un momento en que el país haya atravesado una situación más difícil y riesgosa en el hemisferio. De una parte el yugo de seda de los Estados Unidos que nos acogota en medio de bellas palabras; de otro la agresión política y económica del chavismo. La poesía de Obama no contradice el intervencionismo demócrata; la simbología socialista de Chávez es menos importante que su abierto expansionismo.

Poco favor se le hace a la situación subestimando esta realidad. La fractura que el proyecto reeleccionista introduce entre las élites y la opinión pública y la exacerbación de la disputa electoral que conlleva, lo único que hacen es agravar la situación. Colombia necesita una transición electoral tranquila, que baje la animosidad y reconstituya la unidad. Y allí en ese escenario sobra el Presidente.