HISTÓRICO
EL SÍNDROME DEL BOLLO
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Por ALBERTO SALCEDO RAMOS | Publicado el 26 de enero de 2013

A la agenda periodística de Colombia nunca le falta una frase ofensiva.

La de esta semana fue pronunciada por Fernando Salazar, presidente del equipo Itagüí: "los jugadores de hoy son unas prostitutas vestidas de uniforme de fútbol", dijo. Y añadió: "se venden al mejor postor".

La actitud de Salazar evidencia una tara de este país extremista e injusto.

Muchos colombianos encuentran siempre una razón para creerse de mejor familia que el resto, y van por ahí ninguneando a los demás a punta de insultos.

A este prejuicio podríamos llamarle el "síndrome del bollo".

Cuando en la región andina dicen "bollo", recordemos, es como cuando en el diccionario de la RAE dicen "mojón".

Se refieren a "porción compacta de excremento humano".

El "síndrome del bollo" es un mal antiquísimo como el país mismo, pero su nombre solo vino a conocerse en mayo de 2012.

Fue cuando el diputado Rodrigo Mesa dijo que invertir dinero en Chocó, el departamento más pobre de Colombia, era como "meterle perfume a un bollo".

Mesa, como todos los que padecen este complejo, divide a la sociedad entre pobres hediondos que no se merecen la atención del Estado porque siempre van a apestar, y gente boyante y perfumada a la que hay que concederle las oportunidades.

Las palabras despectivas que acaba de pronunciar el señor Fernando Salazar reflejan esa misma visión discriminatoria: los dirigentes pertenecen al mundo que huele bien y, por tanto, pueden vender sus equipos al mejor postor.

En cambio los futbolistas no tienen derecho a buscar nuevas opciones, ni siquiera cuando en sus clubes les adeudan varios meses de sueldo: son parte de la chusma que huele mal.

El diputado Mesa no creó el problema de fondo cuando utilizó su frase brutal. En ese momento Colombia ya estaba en manos de gente ensoberbecida por sus privilegios, gente que ultraja sin piedad a los excluidos y a los diferentes.

Quienes padecen el síndrome no respetan ni al indigente que pide limosna en el semáforo, ni al ciudadano que piensa distinto, ni al policía humilde que los increpa en la calle.

¿Cómo segregan los soberbios, entonces, a todas esas personas a las que consideran inferiores? Dedicándoles la metáfora de Mesa, por supuesto. O exhortándolas a comerse el excremento.

Esto último fue lo que hizo Carlos Enrique Martínez, concejal de Chía, cuando algunos policías de tránsito le solicitaron sus documentos.

En un país agresivo en el que hasta las materias fecales sirven como armas, no es extraño que un senador utilice el adjetivo "excremental" para referirse al sexo entre hombres homosexuales.

Pero no nos engañemos: el "síndrome del bollo" va más allá del "bollo" mismo. Incluye fobias de diversa índole, así como variadas formas de matoneo.

Al registrar la frase ofensiva de cada semana, la prensa suele concentrarse en lo menos significativo: la incorrección política, o la espectacularidad, o la investidura de quienes las pronuncian.

El asunto es mucho más grave, pues muestra cuán enferma se encuentra el alma de nuestro país, y por qué estamos tan jodidos.