HISTÓRICO
EL TRIÁNGULO DE LA MUERTE
  • David E. Santos Gómez | David E. Santos Gómez
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Por David E. Santos Gómez | Publicado el 20 de febrero de 2012

No existe en América un lugar en el que se pueda perder la vida tan fácilmente como el triángulo de la muerte que conforman Honduras, Guatemala y El Salvador. A su historia de pobreza y corrupción se le une la característica maldita de ser pabellón de paso de la droga que tiene como destino final a Estados Unidos.

La semana pasada dos hechos pusieron bajo la lupa a este triángulo mortífero. La primera fue la muerte de 360 presos en la cárcel Comayagua de Honduras que, hacinados y mal distribuidos por la corrupción, murieron en un incendio. La segunda noticia, menos violenta y más política, fue la petición del presidente de Guatemala, Otto Pérez , de revivir el debate sobre la legalización de la droga.

Los dos acontecimientos son puntos radiográficos de la situación centroamericana que empeora cada semana y cuyo final a la vista es el desangre de tres sociedades.

La corrupción y el narcotráfico, tan arraigados en la historia de estos estados, son una barrera insalvable para la materialización de soluciones políticas y militares que buscan frenar la violencia.

Por más innovaciones que se hagan, con ayudas nacionales y extranjeras, la sangre corre por las calles a borbotones superando, en algunos meses, a enfrentamientos encarnizados como Afganistán o Siria.

Ni siquiera México, con su desbordada "guerra contra el narco", llega a los niveles de violencia y asesinatos del célebre triángulo.

Honduras ostenta el vergonzoso récord de tener 82 muertos por cada 100 mil habitantes mientras en El Salvador, bajo el mismo universo muestral, el nivel de muertos llega a los 66, según cifras de la ONU.

La salida se dibuja como una sola: la legalización progresiva de las drogas y el fortalecimiento de las instituciones agujereadas por la corrupción.

Aunque todos los países bajo el fuego de las balas de los narcos tratan de maquillar los aterradores números de asesinatos al decir que únicamente caen aquellos involucrados en el negocio, es imposible no aceptar que frecuentemente mueren civiles indefensos.

El apoyo monetario y de inteligencia que brinda Estados Unidos se revela ya como una forma de expiar culpas que no logra su objetivo.

Al igual que Calderón en México o Santos en Colombia, Otto Pérez en Guatemala reconoció que es labor de los países productores plantear una apertura mental para abordar la lucha contra el narcotráfico desde la despenalización.

Parece que el terreno y el tiempo justo llegan con la próxima Cumbre de las Américas a celebrarse en Cartagena en abril. Deberá ser allí donde la legalización salte a la mesa bajo una posición unificada que haga sombra a la negativa estadounidense. Puede no ser suficiente y es claro que no veremos el objetivo cumplido pronto, pero es tiempo de empezar la discusión. Nunca se llegará si no se da el primer paso.