HISTÓRICO
EL VALOR DE LA PALABRA EMPEÑADA
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    EL VALOR DE LA PALABRA EMPEÑADA |
Por CARLOS ALBERTO GIRALDO | Publicado el 24 de agosto de 2013

Preocupa algo, y aunque pareciera cosa de refranería popular, no es asunto de poca monta: cada vez más en esta sociedad llena de payasos la palabra empeñada vale menos. Cualquiera te dice hoy: "listo, hagámoslo. Está pactado. Así será. Vamos pa’delante con ese proyecto. Manos a la obra". Pero todo ese impulso se diluye al primer asomo de dificultad, al primer roce con las piedras del camino.

Al más mínimo cambio de libreto, alguno de los socios de esa empresa (afectiva, económica, intelectual, profesional) hace la más fácil que es saltar del barco y dejar solo al otro. "Usted verá qué hace. Chao, que me fui, me quité. Yo no dije eso"...

Estos comportamientos, con tal falta de coherencia, lealtad, entereza, compromiso y seriedad, son esperables en un país en donde los referentes públicos (en especial los políticos y otros tantos líderes privados) un día son una cosa y al año son otra totalmente distinta. Los liberales terminan hablando y actuando como conservadores. Los de izquierda se venden por cualquier pote de mermelada e incluso familias y empresarios prestantes terminan comprados con platos de lentejas, por el afán de acumular dinero.

Pero igual creo, como decían los viejos, a las nuevas generaciones les está haciendo falta correa: no se trata de educar en el miedo y la violencia, no se trata de tallar a los muchachos a fuerza de golpes y hebilla, pero sí con la autoridad suficiente para modelar en ellos ciudadanos decentes. ¿Y qué será la decencia? El diccionario no puede ser más claro: "Aseo, compostura, y adorno correspondiente a cada persona o cosa. Recato, honestidad, modestia. Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas".

Pero hoy la norma es que hay una enorme distancia entre pensamiento y acción. Entre palabra y obra. Por supuesto, como decía el maestro Gerardo Molina, esa coincidencia entre el ideario y las actuaciones públicas y privadas de un individuo tal vez sea lo más difícil de lograr. Pero sería alentador ver que los ciudadanos tenemos noción de ello y que cada día nos levantamos a tratar de mantener esa línea de consecuencia, de correspondencia lógica entre la conducta y los principios que profesamos.

Buena parte de la podredumbre y de las frustraciones que afrontamos como sociedad, creo firmemente, recae en esa condición moral y ética gelatinosa, acomodaticia, oportunista, facilista y veleidosa que caracteriza a la Colombia de estos tiempos. ¡Vaya circo…

Maestros, padres y líderes que creáis en estos principios sencillos, por favor multiplicadlos, exigidlos y, por supuesto, comportadlos. Que los compromisos verbales, que la palabra empeñada, recuperen de nuevo su brillo y prestigio.