HISTÓRICO
Ellos hicieron ciudad
  • Ellos hicieron ciudad
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 21 de agosto de 2011

Hoy hace exactamente un año murió Jorge Bernal Medina, y hace sólo una semana fue sepultado en Medellín Jesús William Balbín. Una casualidad entre los millones de albures que cada día y cada semana iluminan algún aspecto del mundo o, incluso, hasta pueden cambiarlo. Una casualidad que se añade a las varias semejanzas entre las vidas de estas dos personas.

Bernal y Balbín unieron sus nombres a dos instituciones ya tradicionales en la vida social de Medellín, la Corporación Región y el Instituto Popular de Capacitación. Dos instituciones que fueron una sola durante la década de 1980 y que se hicieron por separado apenas comenzando los noventa. Independientemente de importantes desacuerdos entre ambas, es clara a través del tiempo su contribución a la construcción de ciudad y ciudadanía.

Jesús Balbín y Jorge Bernal fueron fundadores del IPC y Región, respectivamente, en la compañía decisiva de sendos puñados de personas. Su participación en ellas fue determinante, aunque no exclusiva. De hecho, la vida del IPC no se entendería sin el liderazgo de Nora Luz Arredondo -ya retirada- y la de Región sin el de Rubén Fernández, para mencionar sólo dos nombres.

La tarea de estas personas y de las instituciones desde la que hicieron carrera ha sido todo menos fácil. Basta pensar en las percepciones tan cambiantes y opuestas que han caracterizado a nuestra sociedad cuando se habla de ONG (organizaciones no gubernamentales): marginales y sospechosas hace 30 años, investidas de legitimidad desde la Constitución de 1991, siempre presentes en las discusiones y polémicas de la vida nacional y regional.

La misión de estas entidades ha sido la de posicionar temas novedosos e introducir perspectivas críticas respecto a las instituciones, las políticas públicas y la sociedad. Es una tarea fatigosa e incomprendida durante tiempos largos. Cuando esos puntos de vista se convierten en lugar común, pocos recuerdan de dónde surgieron. Por eso, también es una tarea ingrata.

Bastan dos ejemplos. La sociedad colombiana hoy habla al unísono el lenguaje de los derechos humanos y de la equidad social (siempre será otra cosa la congruencia con esos ideales). Pero cuando Balbín y Bernal estaban hablando de derechos humanos hace tres décadas, ese lenguaje sonaba subversivo; cuando hablaban de exclusión y desigualdad social hace 20 años, parecía una altanería poco comprensiva de los avances del país.

Las ONG colombianas, y estas dos en particular, han tenido éxito en sus propósitos, pues lograron que la sociedad entera asumiera buena parte de sus agendas. Lo que en un principio era novedad y alternativa ha pasado a ser lugar común en los discursos y prácticas gubernamentales. Como ocurrió en Brasil, Chile o Perú, forjaron y exportaron cuadros al gobierno, la academia y a los entes filantrópicos del empresariado. Los progresos del país en materia de convivencia e inclusión también les pertenecen.

Paradójicamente esos logros las han puesto en crisis. Es tiempo de repensarse y reinventarse. Y vuelve a ser un azar que en medio de esa encrucijada institucional para las ONG, dos de sus más representativos gestores hayan muerto.