HISTÓRICO
EPITAFIO PARA ENTERRAR EL AÑO VIEJO
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    EPITAFIO PARA ENTERRAR EL AÑO VIEJO |
Por ERNESTO OCHOA | Publicado el 28 de diciembre de 2012

Llegar al 31 de diciembre produce, al menos en la medida en que uno envejece, la sensación de estar parado al borde de un abismo. El paso siguiente, el que se da después de las doce campanadas de la medianoche, siempre será incierto. Una campanada más, la trece por ejemplo, estaría fuera del tiempo, en la eternidad. Y el primero de enero de 2013 bien podría ser, para usar el título de un libro sobre la muerte del sacerdote español José María Cabodevila, el "32 de diciembre", que es fecha de eternidades.

El fin del año, por más sabor de fiesta que queramos darle, es una batalla (¿perdida o ganada?) de la temporalidad que define nuestra condición humana. Lo que sigue después de cada año viejo, no es sólo un año nuevo, sino una mayor cercanía de la eternidad. La vejez y la muerte son invitados de piedra en la cena de medianoche de cada 31 de diciembre.

No se le puede sacar el cuerpo a una cierta necesidad de trascendentalizar el último día del año, por más que a algún lector le incomoden estas filosofías para aguar una fiesta. Cada persona, en el recinto de su propia intimidad, debe tener, supongo, temas clave para analizar en el contexto de esta última noche del año. El aroma de incienso quemado que deja la fugacidad del tiempo impregna de solemnidad litúrgica los temas que se agolpan detrás del corazón. Ya mencionamos varios: la eternidad, la vejez, la muerte. Además: el amor, la ternura, la esperanza. O la alegría y la tristeza. Y el triunfo, por supuesto. También el fracaso y los escombros de la felicidad que quedan regados en la vida. Y muchos etcéteras más, entre lo cuales, querámoslo o no, hay uno que se escribe con mayúscula: Dios.

Y hay otro más que yo también escribiría con mayúscula: Perdón. Muchos, (casi todos) llegamos a este borde del tiempo con un pesado fardo de odios y rencores. Si no los sometemos a un tratamiento de perdón, ellos acabarán envenenando el futuro. Tal vez lo único que conjura un poco los fantasmas de la desesperanza es la capacidad de perdón que todavía podamos albergar en el alma. Y concluyo, a manera de epitafio para enterrar el año que se acaba, con estas palabras del poeta español León Felipe:

"Soy ya tan viejo. Y ha muerto tanta gente a la que yo he ofendido y ¡ya no puedo pedirle perdón…… Las palabras se me van como palomas de un palomar desahuciado y viejo y sólo quiero que la última paloma, la última palabra pegadiza y terca, que recuerde al morir sea esta: Perdón".