HISTÓRICO
Ernesto McCausland, su última entrevista
  • Ernesto McCausland, su última entrevista | Ernesto McCausland, el cronista, el periodista, el narrador de historias
    Ernesto McCausland, su última entrevista | Ernesto McCausland, el cronista, el periodista, el narrador de historias
Por Gustavo Gómez Córdoba | Publicado el 21 de noviembre de 2012

Hay muchas maneras de conocer a Ernesto McCausland. La más sencilla: viajando a Barranquilla a cumplirle una cita al director de El Heraldo. Saldrá a recibirlo un tipo enorme que le estrechará la mano con genuina intensidad. También puede uno sentarse a pescar crónicas suyas en los archivos de los más importantes medios de comunicación y leer a McCausland, que es uno de esos placeres económicos que aún reserva la vida para cualquier colombiano.

Se lo puede conocer, además, logrando la proeza de encontrar una copia en DVD de El último carnaval, de Siniestro, de Champeta Paradise o de alguna de las seis películas a las que, dirigiendo (¡y él sí que le teme al gerundio!), les ha entregado parte de la enorme alma con que la Providencia ha dotado a una humanidad como la suya.

Hay gente, incluso, que lo ha conocido leyendo sus novelas, de las que muchos se han perdido por estar más pendientes del McCausland periodista que del McCausland literato. Y hay, finalmente, quienes lo conocieron como presentador de QAP, encorbatado, embolatado entre un terno, ahorcándose con la corbata, esa cosa incómoda que inventaron los mercenarios croatas del siglo XVII.

Se ha pasado la vida McCausland persiguiendo personajes para atrapar historias y persiguiendo noticias para convertirlas en mecha incendiaria de sus crónicas. Se le ha ido la vida en ser periodista, el único oficio del mundo en el que la rectitud siempre debe ir ceñida a las curvas de la creatividad. En ser periodista y, sobre todo, en ser cronista-periodista, es que ha gastado sus años, más de cincuenta, este hombre caribe acosado siempre por la admiración de la gente del “interior”.

Le entregaron hace 17 días el Gran Premio a la Vida y Obra de un Periodista, el más importante de los Simón Bolívar, y él, comprometido en la importante obra de su propia lucha por la vida, no pudo recibirlo personalmente. Al Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo envió a sus hijas, Natalia y Marcela, para que lo disfrutaran por él y compartieran con los invitados unas palabras en las que se esforzó por mamarles gallo a todos los que lo saben cronista —y de los buenos—, a pesar de su modestia.

“Me las he arreglado para hacerles creer a todos que soy cronista y de semejante falacia he logrado salirme con la mía”, dijo desde el papel ese día. “La verdad es que me volví impostor de la crónica, porque los caudales de la vida no me dieron otra opción”. Nadie se lo creyó, pero todo el mundo aplaudió a rabiar, agradeciéndole por una vida y una obra dedicada a pasear la verdad por los terrenos de la juiciosa ficción y del rigor profesional.

Hoy, con el premio entre manos, pero firmemente atado a la idea de ser un impostor de la crónica, aceptó que le cobraran su “delito” con el calvario que es para un entrevistador contestar entrevistas.

¿De cuáles McCausland me dice que es usted?
Paradójicamente somos un apellido que suena muy europeo. Pero aquí en Colombia dirías que somos de los McCausland de la Costa. Y, en la Costa, dirías que somos de los de Barranquilla. En realidad estamos sembrados en las orillas del Magdalena, a fuerza de las jornadas del abuelo Alejandro, navegante y galán consumado.

Recibió el premio a nombre del periodismo del Caribe. Aceptado. Pero usted es un periodista que desde el Caribe se “comió” al interior. ¿A qué sabemos los cachacos?
¡Saben tanto que saben demasiado! En realidad, de lo que me vanaglorio es de cuántos buenos amigos tengo en Bogotá. Y si algo he disfrutado, es hacer crónicas en Bogotá.

Todo periodista costeño que ronde los cincuenta soñó alguna vez con ser una especie de nuevo Gabo. ¿Se le pasó por la cabeza o por el corazón?
Gabo es el padre y el abuelo de toda una generación. Eso no tiene nada de raro ni de particular. Lo tonto es el empeño, el complejo urbano, con el que muchos pretenden “matarlo”, en el sentido freudiano.

Lo digo porque si yo hubiera sido costeño, hubiera soñado más bien con ser Gossaín…
Entiendo que en el interior se les parezcan y los asocien. Pero en el microcosmos Caribe, son dos juglares tan geniales como diferentes: el uno guajiro, el otro sabanero.

¿Nos tiramos los cachacos el realismo mágico del Caribe con tanto bombo y tanta alharaca?
Lo bueno del realismo mágico es que mientras más se pretenda desvirtuarlo, más se fortifica. Es parte de su paradoja, de su fortaleza.

¿Qué palabra Caribe, en su real dimensión, no han podido aprender a usar los cronistas del interior que ensayan suerte escribiendo sobre la Costa?
No una palabra, sino la convicción de que aquí nadie sabe qué va a pasar. El viejo lead ese de “Fulano jamás imaginó que...”. Siempre les digo: si se lo hubiera imaginado, ¡pues no sería noticia!

¿La novela, tarde o temprano, termina siendo el refugio del periodista o hay manera de esquivarla?
Alguien dijo que todo periodista lleva adentro una novela y es ahí donde debe permanecer. Creo que a nadie le viene mal una novela, así sea por una suerte de aeróbico.

Nunca he visto que la entierren, ¿pero será verdad que se murió “la chiva”?
Claro que no ha muerto. Todos quieren la suya.

¿Cuál es el personaje más malo al que le ha hecho su más buena entrevista?
Héctor Lavoe, porque no era él quien hablaba, sino su medio, su gente.

El pecado imperdonable del reportero colombiano…
Exceso de colesterol noticioso.

En metros o en centímetros, ¿cuál es la distancia que debe mantener el periodista con el poder?
Debe estar a centímetros del poderoso y a kilómetros de las ambiciones de éste.

Dos jóvenes con futuro, dos promesas del periodismo Caribe que usted crea se van a cumplir…
Iván Bernal y Andrea Jiménez.

Además de en las redacciones, ¿hay algún otro lugar confiable para estudiar periodismo?
¡La vía pública!

Los periodistas de las nuevas generaciones a veces parecieran más interesados en las plataformas tecnológicas que en el oficio. Deles un jalón de orejas…
Con eso hay que ser comprensivos y pacientes.

¿Dónde estaría hoy usted si no hubiera tenido editores alcahuetas?
Cubriendo judiciales.

¿Por qué cree que habríamos entendido mejor el berenjenal que es este país si los periodistas lo hubiéramos abordado más en son de crónica que de reportaje o noticia?
Porque seríamos más integrales, más sinceros, en el relato.

¿El cronista que abusa del melodrama tiene futuro como cineasta?
Amo tanto mi nueva película, el documental ‘Eterno nómada’, que me convencí de que el melodrama no es aquí una debilidad, sino una fortaleza.

Si fuera su jefe en El Heraldo, ¿qué crónica debería proponerle para que usted me dijera que no, que esa no la hace?
Yo las llamo las “canallas”. La típica es “hagámosle un seguimiento a este martes 13”. ¡Pero algún día la hice!

¿Por qué cada vez caben menos las crónicas en los medios, si ahora son virtuales y en Internet cabe hasta una colección de catedrales medievales?
La crónica es sumamente generosa en cuanto a su maleabilidad. Es material apto para adaptarse y transformarse. Estamos en mora de generar una crónica muy concisa, y a la vez muy potente, para los nuevos retos. ¿O qué tal una crónica de 140 palabras para Twitter? Son los pelaos los llamados a esta tarea. Eso sí, leyendo previamente a los maestros del oficio, desde la misma poesía griega.

Listo. Ármese ya una crónica de su vida en menos de 140 caracteres. Adelante…
“Me inventé esta mentira para decir verdades”.