HISTÓRICO
ESPERANDO A UN BÁRBARO
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Por ARTURO GUERRERO | Publicado el 02 de abril de 2013

La semana entrante estará Coetzee entre nosotros. No necesita nombres de pila, le bastan dos iniciales, J. M. Con semejante apellido enraizado en Neerlandia y con su pinta a lo Clint Eastwood, el Nobel sudafricano afincado en Australia es inconfundible. Replegado sobre sí mismo, aplicado a sus letras por encima de la celebridad, es milagro que venga a Colombia.

Se purgó de la melosería desde adolescente porque supo arrimarse a excelente árbol, el poeta Eliot, cuya frase lo derribó: "la poesía no es un dejar libre la emoción, sino una huida de la emoción". "Le horroriza derramar mera emoción en la página -comentó a propósito Coetzee en su novela autobiográfica "Juventud"-. Una vez ha empezado a derramarse, no sabe cómo detenerla. La prosa, afortunadamente, no requiere emoción: eso puede decirse en su favor".

Anclado en esta proclamación diríase matemática -él es matemático- de la literatura, el novelista afrikáner erige una obra quirúrgica en que se expone a sí mismo, a su país y a la civilización occidental, con fiereza espartana. Seguramente por eso mantiene mirada aguileña, delgadez felina, ceño al acecho.

En "Diario de un mal año", rara fusión de ensayo y narrativa, formula una profesión ética consonante: "todavía he de averiguar cómo se las arregla la gente para sobresalir en actividades atléticas y, al mismo tiempo, no ser moralmente excepcional. Es decir, pese a toda una vida de aprendizaje en la escuela del escepticismo, todavía parezco creer que la excelencia, areté, es indivisible".

Lee sin problema en español a César Vallejo, Nicolás Guillén y Pablo Neruda; frecuenta en su original a los más altos poetas ingleses y alemanes; no puede con el idioma francés, que se le resiste; deplora que "de todas las naciones, la holandesa es la más apagada, la más antipoética".

En medio de la veleidad romántica de sus años universitarios, aclara una ruta: "ha pensado en un pacto -escribe de sí mismo- que está dispuesto a ofrecerles a las mujeres de su vida: si le tratan como a un misterio, las tratará como a un libro cerrado. Solo y exclusivamente sobre esta base se podrá comerciar".

He aquí al hombre cuya visita de algún modo secreto hemos merecido en esta hora de conflictos que quieren cesar y no cesan. No será coincidencia que entre sus primeras novelas figure "Esperando a los bárbaros", parábola conmovedora sobre bandoleros que amenazan el poder de un imperio.