HISTÓRICO
FRUTOS DE MI TIERRA
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Por ELBACÉ RESTREPO | Publicado el 19 de enero de 2013

Es inevitable. Cada vez que visito mi pueblo se me sube la pueblirrubina. Todo influye: sus calles, la gente y su conversación enriquecida y enriquecedora, las mesitas de la plaza, el tinto en los pocillos de siempre, las empanadas de dos centímetros, los campesinos que pintan el paisaje de sombreros, las montañas al fondo, verdes las cercanas y matizadas de azul las más lejanas, el calor sofocante del medio día, los ventarrones de la tarde y la vida a otro ritmo. Pura magia.

Hace poco me preguntaron si de Bolívar, donde nacen los argentinos del Suroeste, han salido futbolistas. "No", dije, "pero se le tienen ciclistas como Carlos Alberto Betancu r y Julián Arredondo ".

Y mi Google interior se fue tras las huellas de los coterráneos que han tragado polvo más allá de Remolino y le han dado lustre al gentilicio. Mi pesquisa trascendió las páginas amarillentas de la vieja monografía, donde aparece Diego Calle Restrepo, "difícil de querer y fácil de admirar", definición muy breve que no hace justicia a quien se le reconoce, entre odios y amores, como uno de los antioqueños más importantes del siglo XX.

También figura Amina Asís, rejoneadora, imperdible en cualquier reseña del terruño, y tan exótica ella como infaltables han sido las Hermanitas Calle. Vuelvo a los registros de la memoria reciente y encuentro una lista muy larga de personas valiosas que me hacen sentir orgullosa donde me paren. Pero la tiranía del espacio obliga a un escueto inventario de frutos de mi tierra, apenas cuatro, con la certeza de que faltarán unos treinta mil en el canasto:

El médico Ramiro Vélez Ochoa, compinche de mi cofradía, a quien la Asociación Colombiana de Psiquiatría acaba de concederle el premio Vida y Obra por sus servicios a la profesión.

Mario Vargas Lema, un talento fugado que volvió para quedarse, "pintor figurativo, de amplias pinceladas que bordean el impresionismo; quien a través de sus obras describe un encuentro sincero con su entorno y sus vivencias".

Ramiro Márquez Ramírez, ingeniero que brilla como conductor estrella de nuestra empresa más querida.

Gilberto González Arango, abogado y escritor, quien nos deleitó el año pasado con su novela Los trabajos de Idárraga, (segunda edición próxima a agotarse), y de la que admiro el costumbrismo limpio y respetuoso del idioma, sin palabras rebuscadas ni caducas para traer las viejas usanzas a su sencilla pero exquisita manera de contar, con mucho humor, una época crucial de las pugnas partidistas y la violencia política.

¿Ya hicieron su inventario? Los invito al ejercicio para que se sorprendan con los tesoros encontrados. Y para que sientan, como yo, el corazón anchísimo amenazando con reventar el pecho.

No tengo teorías probadas para explicar la intensidad del sentimiento. Tal vez nuestro pueblo no sea el más lindo, ni el más rico, ni el más interesante, pero es el nuestro. Y, con el derecho que tenemos de declarar el amor como nos plazca, diré que volver al lugar donde nacimos, jalados por un cordón umbilical que no se ve pero se siente, equivale a una terapia de bienestar y placidez que yo no encuentro en ningún otro lugar del mundo.

Por eso vuelvo. Siempre volveré.