HISTÓRICO
Greco se murió esperando un partido
  • Greco se murió esperando un partido | Manuel Saldarriaga | La argentina Princesa Murchio, esposa de José Vicente Greco, vive en un modesto apartamento en el barrio Robledo. Quien vela por ella es Mónica, una de sus hijas. Princesa nunca había visitado la tumba de Greco, por simple miedo. Con Greco compartió 59 años de su vida. Con él vivió en Argentina, Uruguay, España y Colombia.
    Greco se murió esperando un partido | Manuel Saldarriaga | La argentina Princesa Murchio, esposa de José Vicente Greco, vive en un modesto apartamento en el barrio Robledo. Quien vela por ella es Mónica, una de sus hijas. Princesa nunca había visitado la tumba de Greco, por simple miedo. Con Greco compartió 59 años de su vida. Con él vivió en Argentina, Uruguay, España y Colombia.
José Guarnizo Álvarez | Publicado el 30 de octubre de 2010

Saliste a recibirme en pijama, despeinado, con un vestigio de paladar que el cáncer se había tragado a bocajarro en apenas unos meses.

Quien lo creyera pero eras vos, José Vicente Greco Robles, el máximo goleador en la historia del Deportivo Independiente Medellín.

Saludaste y al rato ya estabas otra vez ahí sentado, en la sala de la casa, esperando un homenaje que te ayudara a salir de esa olla a la que habías caído a los 79 años de edad.

"Mi papá llegaba a la casa diciendo: 'el Medellín ya prometió que ahora sí me van a hacer el partido de despedida'. Y yo le decía, '¡ay papá, no se ilusione, que el Medellín no le va a dar nada!'", recuerda ahora Mónica, tu hija.

Princesa Murchio, la mujer que se consagró a vos durante 50 años, se excusó ese día diciendo que, aunque de joven tenías una dentadura refulgente y perfecta -muy admirada por las fans- últimamente te estabas quedando con los dientes en la mano, cuando te pasabas nerviosamente los dedos por la cara.

Aún así, no parecía preocuparte la enfermedad. Ni que debieras 1 millón de pesos en las dos tiendas de la cuadra. Ni que te vieras a gatas para sostener a Princesa y a Ángel Mario, ese hijo con autismo que quisiste tanto y que, luego de tu muerte, aún pregunta cuándo es que vas a regresar.

"Tu papá está en Buenos Aires, Angelito, la semana entrante llega", le susurra Princesa de cuando en cuando.

Antes de que te internaran en el hospital, ocupabas un apartamento en el modesto barrio Robledo de Medellín, cuyo arriendo estaba retrasado en 1 millón 100 mil pesos. Allá te conocí ese día de agosto del año 2008.

Solo querías hablar de fútbol. De esa vez que le marcaste un gol de fábula a tu compadre, el viejo Efraín "El Caimán" Sánchez.

La juventud
Fue en 1949, en el estadio de San Lorenzo de Almagro. Tenías 19 años de edad, jugabas en Boca y ya salías dibujado en las portadas de las revistas como si fueras una estrella de rock. Efraín, a quien luego llamé para preguntarle si se acordaba de esas épocas, tenía 20.

Recibiste un centro y, desde 40 metros más o menos, sacaste un zarpazo con la izquierda que dejó a "El Caimán" viendo estrellas en un día soleado.

Cómo habrá sido la curva que en el aire tomó ese balón, que hasta el técnico Renato Cesarini te gritó: "Ché, Greco, grabáte bien este gol. Repasálo mentalmente cuadro por cuadro, porque nunca lo vas a volver a hacer en tu vida". Y así fue.

Venías de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, donde naciste en 1929 y donde hoy no queda ninguna huella tuya. Porque la busqué. Tus hermanos se han ido muriendo. El "Ñato", Roberto... mejor dicho, dicen que no quedó nadie.

Pero te daría cierta alegría saber que llamé a la sede del Unión de Santa Fe, en la región central, a donde aterrizaste luego de jugar en Boca.

No solo se acuerdan de vos, sino que aparecés reseñado como uno de los dos mejores jugadores en la historia del club. No te gustaría saber que ya ajustaron ocho años rozando la segunda división.

Juan Bertolino, el gerente, ahora tiene 70 años. Dice que de niño iba a verte al estadio. Cuando eso, los jugadores usaban la pantaloneta casi a la altura del cuello.

Bertolino me leyó lo que escribió de vos el periodista Ernesto Patrono, para el libro de los 100 años del equipo. "Caminando con la cabeza levantada, apareciendo con sorpresa en piques letales, bailando a las espaldas de los centrojás, llegando siempre antes con la punta de su prodigioso botín zurdo, comenzó a transformarse en ídolo".

Y mirá este final: "Se cuentan por decenas los goles en los que pasaba la pelota por encima de los arqueros que se desparramaban por el piso. Greco, un Crack".

Ídolo en Unión
¿Sabés? Julio Enrique Ávila, el otro mito del Unión, aún vive en Argentina, con su hija. Tiene 83 años de edad. Por teléfono se le escucha la voz pastosa y lúcida. Te evoca como un centrodelantero frío y calculador.

Todavía tiene congelado en la memoria el día que te suspendieron 20 fechas, por allá en 1953. Fue el partido de la furibunda camorra contra Quilmes. Siete jugadores terminaron al exilio, incluido vos, claro, que no eras una perita en dulce.

Y es que "El Caimán" dice que en el DIM del 57, te la pasabas, a punta de reproches, aguándole la fiesta a José Manuel Moreno, otro hito del fútbol de este país. Era como si vos quisieras manejar, persiguiendo tu propia manía, el equipo desde la cancha.

"Se enojaban mucho. Pero a la hora de la verdad, ambos terminaban reconociendo los errores. Eran unos caballeros", se acuerda "El Caimán".

Y fue por esos avatares de las suspensiones que llegaste a Uruguay y luego a Medellín, la ciudad que se olvidó de vos.

Qué tal que no hubieras hecho 92 goles con el DIM. Solo Carlos Castro, un jugador de tiempos modernos, estuvo a punto de alcanzarte en la tabla de máximo artillero: hizo 90.

Lo que pocos saben es que Castro jugó 283 partidos, mientras que vos solo 166. Un fenómeno. Es que no hay un equipo por el que hayas pasado impunemente, sin exagerar un pelo.

Pasó con el Independiente Santa Fe, de Bogotá, con el que alzaste dos copas: la del título y la de goleador (1958). Y claro que también fue importante el roce por la Fiorentina, de Italia; el Málaga y el Murcia, de España.

Eras fino, Greco. Esa es la palabra que utiliza el periodista Hernán Peláez Restrepo cuando se refiere a vos. "Es eso, Greco era elegante para meter los goles", dice.

Las nuevas generaciones no sabrán que en 1957, militando con el DIM campeón, fuiste reconocido como el goleador del fútbol sudamericano, con 30 anotaciones.

Y eso que en la década del 50 no existían las ayudas aerodinámicas. Vos mismo contaste, aquel día en el apartamento, que cuando llovía, el balón -una masa de cuero remendado- se hacía cuatro veces más pesado. "Vos cabeceabas, te digo, y tenías que quedarte estático mientras se te pasaba el mareo, era un peligro para la salud", decías en medio de una risotada.

Pero así es este juego. Injusto y desagradecido. A los quince días de haberte visto, llamaron a la oficina para avisar que el cáncer se había complicado y que te habían tenido que llevar a urgencias.

Por los cables que te salían del pecho, por el respirador que te amordazaba la boca y por ese olor a yodo fijado en las paredes de la sala, parecía poco creíble que aún pertenecieras al mundo de los vivos.

El médico permitió sólo tres minutos de visita a la cama número 7 del pabellón San Rafael, en el Hospital San Vicente de Paúl. "Háblele que él lo escucha", dijo una enfermera.

-Greco, ¿te acordás de mi? Soy yo, el periodista de hace unos días.

De golpe, entreabriste los ojos de anciano. Apretaste un poco la mano y moviste la cabeza como sugiriendo que sí. Y entonces pensé que esta vida es muy jodida. Pensé que esto no es como una película de Hollywood: conflicto, dos nudos y un desenlace feliz.

No. La historia de las personas se asemeja más a una cinta independiente y experimental, donde nunca nada se resuelve y donde los ídolos se mueren arrinconados.

Estabas ahí, casi sin rostro, con la piel moldeando menudamente los huesos, recostado en una cama de tubos blancos, de la que pendía un llavero del Deportivo Independiente Medellín. Alguien lo había dejado como ofrenda. Esa fue la última vez que te vi.

Me pareció que el destino te estaba mostrando sus dientes más filudos. Me pareció socarrón de parte del fútbol y de la vida, que siendo vos la mayor insignia del DIM, te estuvieras muriendo sin una bandera que honrara el pasado. Sin un hincha que te esperara afuera de lo ceremonioso y solitario que puede parecer ese bello hospital.

Mientras estuviste en el entresueño, un anónimo notario de Medellín te pagó parte de las deudas. Ramiro Monsalve, jugador del Nacional entre 1965 y 1971, también recogió algún dinero y eso ayudó para que Princesa y Ángel Mario, quien ya bordea los 45 años, no la pasaran mal.

Pero cerraste los ojos y no volviste. El 24 de agosto de 2008 supe que habías fallecido. Supe que te habías ido sin casa y esperando ese partido de homenaje, que a lo mejor habrás jugado en otro lado.

El olvido de Princesa
Han pasado más de dos años y Princesa aún se para en el balcón a hablarte. Sobrevivir no ha sido fácil. Sin pensión, con la promesa incumplida de una casa, sin papeles, sin pasaporte, sin cédula de extranjería. Y si nadie se acuerda de vos, mucho menos de ella.

Pareciera que de la cabeza le nacieran pelos más blancos que los que tenía cuando vivías. Hoy sus ojos están marcados con delineador. Detrás de las arrugas aún se adivina un rostro hermoso y estilizado, que le hace juego con su acento porteño.

Le propuse que fuéramos al cementerio, cosa que no ha hecho desde el día del entierro. No por olvido. Sino por miedo a quedarse allá definitivamente.

A Princesa se le olvidan las cosas. Te dice algo y a los pocos minutos vuelve y lo repite. Así una, dos, cinco y hasta diez veces.

"¿Vos qué me aconsejás? ¿Será que hablo con el presidente del Medellín? Cuando murió Greco, él vino a mi casa, salimos al balcón y me preguntó: ¿vos qué querés, plata o una casa? Yo le dije, pues una casa", testifica Princesa.

Al correr de las manecillas del reloj, brota la misma idea. "¿Vos qué me aconsejás? ¿Será que hablo con el presidente del Medellín?", vuelve y pregunta.

Al final y de tanto rumiar la misma ecuación, Princesa llega a la conclusión de que no llamará porque ella no fue la de la promesa. "Además, en mi casa no hay teléfono y yo tampoco tengo el número del equipo", se excusa.

¿No quisieras volver a Argentina, a buscar a tu familia?
"La verdad, mirá, la más chica de la casa soy yo que tengo 80 años. Yo no tengo a nadie allá".

¿Aún queda alguien vivo?
"No sé. Con la única que me comunicaba era con Marcela, mi hermana, pero ella ya murió".

Princesa y vos, Greco, se conocieron en Santa Fe. Ella tenía 19 y vos 21. "Mi hermano era hincha fanático de Greco. Entonces lo empezó a llevar a la casa, me dejaba sola con él para que habláramos. Salíamos a todas partes. Era muy lindo. Era y murió lindo", aclara.

Eran los tiempos en los que los hombres estilaban llevar el pelo encrespado y esponjado como una coliflor. En Argentina a ese copete lo llamaban "porra".

De camino al cementerio, a Princesa el corazón le comienza a galopar a pasos más acelerados.

Y entonces habla de esa manía que tenías de andar coqueteandole a cualquier escoba que se atravesaba. "Greco tenía sus cosas con las chicas. ¡A mi me daba una rabia!".

Cierto día, una de esas mujeres llegó a preguntar por vos a la casa.

"Ay, por favor, ¿está José Vicente? Era una piba gorda, yo no sé si era periodista, fan o una novia, qué sé yo".

El caso es que Princesa, muy acomedida, entró a buscarlo, pero no a vos, sino a un baldado de agua con el que se había acostumbrado recibir las visitas femeninas.

Fue tanta la fuerza que Princesa le imprimió a la tinaja, que la gorda casi se va de para trás.

En la entrada del Cementerio Campos de Paz, Princesa reconoce estar nerviosa. Una funcionaria nos dice que el osario es el 618, de la zona 19. "Aquí terminaremos llegando todos. Cada uno en su minuto, en su hora y en su fecha. Yo le pido a Greco que me lleve rápido, para que podamos volver a conversar", dice Princesa.

Quién sabe si alguien ya te había visitado. No debe ser así, desde que buena parte de tu generación ya se ha venido a descansar por estos lares.

Princesa no deja derramar ninguna lágrima. Con las manos temblorosas se acerca a la cripta, pone un beso que se posterga por unos 10 minutos y entonces dice: "Pobre, mi viejo".

Al salir, se cubre los ojos y comienza de nuevo a pensar en esa idea que ha venido limando hasta el cansancio, durante estos dos largos años. "Vení, ¿vos qué me aconsejás? ¿Será que hablo con el presidente del Medellín?".