HISTÓRICO
Hay amores y desvelos detrás del balón
  • Hay amores y desvelos detrás del balón | David Sánchez | Sandra Valencia trabaja con su hijo en su negocio particular en Envigado. La celebración corresponde a uno de los goles que marcó en el Suramericano de Perú-2003, donde se consagró.
    Hay amores y desvelos detrás del balón | David Sánchez | Sandra Valencia trabaja con su hijo en su negocio particular en Envigado. La celebración corresponde a uno de los goles que marcó en el Suramericano de Perú-2003, donde se consagró.
Wilson Díaz Sánchez | Publicado el 31 de julio de 2010

Una sonrisa pinta el rostro de Sandra Valencia cuando habla de fútbol. Tiene 42 años de edad y, cual quinceañera, se puso de nuevo los botines para salir campeona en el torneo de fútbol de los Juegos Ciudad de Medellín.

En el 2008 había dicho no más a la competencia por inconvenientes personales, pero se dejó echar el cuento de la entrenadora Margarita Martínez y volvió con sus goles y celebraciones a las canchas de Medellín.

Es que el fútbol es su vida y dice que no sabe cuándo llegará el final, después de una exitosa carrera que en dos ocasiones la premió con el título de goleadora en los suramericanos de Argentina-1998 y Perú-2003.

"Yo no fumo, no tomo licor y llevo una vida sana. Regresé y sentí como si nunca me hubiera ido", admite la mamá de Carlos Andrés Sierra, su hijo que asegura que le encanta ver a Sandra vestida de cortos, ofreciendo espectáculo.

Este joven, experto en electrónica, también heredó su gusto por este deporte, pues su mamá cuenta que jugó hasta los seis meses de embarazo y nada le pasó. Ella tenía 16 años de edad.

Sandra pasa los días con su hijo en su negocio Extintores la 41, en Envigado. Pero también saca tiempo para pintar y elaborar obras en madera gracias a la herramienta que le dejó su abuelo.

A los 10 años empezó a jugar con los muchachos en la calle y en la cancha de El Dorado. Y en vez de insultos, burlas y discriminaciones, recibió aplausos y respaldo. Su papá, Gildardo Medina, actuó con el Independiente Medellín y su hermano, Juan Carlos Valencia, hizo parte del Envigado. Así que por su sangre corre fútbol y nadie le impidió que se proyectara como una de las mejores jugadoras del país.

Al principio jugaba microfútbol y allí la sonsacaron para integrar el primer equipo organizado que se llamaba Masajes Apolo, patrocinado por un hombre al que le faltaban dos piernas y que tenía fama de tener manos mágicas.

Sandra, a diferencia de Margarita Martínez y Liliana Zapata, otras dos pioneras del balompié femenino en el país, no gusta de la dirección técnica. Sin embargo, mantiene viva la emoción.

Confiesa que el jueves pasado, cuando Colombia perdió por 1-0 con Nigeria en la semifinal del Mundial de Alemania, tras un error de la arquera, recordó que por la misma circunstancia y marcador, su equipo fue derrotado en el Suramericano de Argentina-98 y frustró su clasificación al Mundial de China.

"Me dio escalofrío y lloré de tristeza al ver la eliminación de la niñas. Sentí como propia ese traspiés, retrocedí en el tiempo", cuenta Sandra mientras acaricia los guayos que lavó para la contienda del fin de semana en el torneo de la Liga de Antioquia y se alegra de que el país, por fin, se haya acordado de que el fútbol también es asunto de mujeres guapas y talentosas como ella.