HISTÓRICO
Hogar, dulce hogar
  • Samuel Arango M. | Samuel Arango M.
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Samuel Arango M. | Publicado el 25 de abril de 2010

Cuando estamos fuera del hogar, por lo regular encontramos tensiones de todo tipo. Tráfico pesado, conductores que no respetan, calor, lluvia, gritos, malas noticias, humo de mofle, el pito, tacos. Así pasamos el día entre afanes, preocupaciones, urgencias, qué dirán, no hay tiempo, corra, haga esto.

Total, que vivimos en medio de un ambiente difícil de soportar y que nos aporta infinidad de motivos para estar eléctricos, malhumorados, tensos, preinfartados, con úlcera, gastritis, agriera y un humor de diablos. A lo anterior le agregamos el cúmulo de malas noticias económicas, políticas, sociales, nacionales, internacionales, de trabajo. Despidos, quiebras, corrupción galopante, atentados, masacres, secuestros.

Por todo lo anterior, proponemos que hagamos de nuestros hogares una verdadera zona de distensión. Que cuando al fin del día arribemos a nuestra casita y pasemos la puerta, inmediatamente notemos que todo cambia.

Ya no hay gritos, no hay sobresaltos, no hay sospechas, no hay inseguridad. Que podamos exclamar con sobrada razón: ¡al fin en casa!

Que todo el que entra sea recibido con una sonrisa, con un beso, con una exclamación: ¡qué rico que llegaste!

Que ya adentro y una vez quitados los zapatos, la ropa incómoda y las tensiones de afuera, podamos disfrutar de una verdadera zona de distensión.

Que cante la radio que esté encendida. Que los televisores sintonicen programas agradables, relajantes, simpáticos.

Que en la tarde, todos los de la casa puedan sentarse a comer unidos como en una ceremonia de entendimiento, de unión. Que los niños cuenten su día, sus alegrías y sus preocupaciones. Que los mayores narren sus aventuras, sus logros, sus esperanzas. Que todos compartan la alegría de estar juntos y unidos alrededor del mantel, casi como en una oración de paz. Vale la pena contar los chistes que se escucharon en el día, reír juntos es una hermosa manera de compartir.

Es bueno tener, por consenso, un lugar de la casa en donde no se puede alegar, menos pelar. La pieza de los papás, por ejemplo, es como un lugar de "queda". Los disgustos se desvanecen allí, allí se dan las reconciliaciones.

Ver televisión debe convertirse en una actividad familiar en la que todos disfrutan. Vale la pena verla unidos, para divertirse, para relajarse. En términos generales, las noticias no deben mancillar la zona de distensión. O sólo ver un noticiero, comentado entre todos, y que sea el que presente la violencia con menos violencia, sin cadáveres y sangre.

Vivamos intensamente las horas en las que los que nos queremos estamos juntos. Ahí estamos los que nos queremos, los que no nos traicionamos, los que son confiables.

Qué bueno es estar en un sitio que se llama hogar. Cálido, agradable, tranquilo, compartido, positivo. En donde se saluda con cariño por las mañanas y en donde se dan besos por las noches. En donde se escuchan las oraciones sencillas de las tres avemarías y la del ángel de la guarda, dulce compañía.

Cuando hay discusiones, no hay gritos, se respetan las opiniones, se cuenta antes de reaccionar con rabia. Y siempre se perdona, siempre. Porque el amor verdadero es así. No hay resentimientos, no hay rencores.

El hogar, el único sitio posible de paz verdadera, ¡bendito sea!