HISTÓRICO
HONRAR A LOS MUERTOS
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    HONRAR A LOS MUERTOS |
Por FRANCISCO SANTOS | Publicado el 03 de noviembre de 2012

El jueves pasado se celebró en México el día de los muertos.

Bella y sanadora práctica que deberíamos tener en Colombia, un país donde la muerte violenta se ha paseado desde La Guajira hasta el Putumayo y desde los Echavarría hasta los Pataquive.

Una muerte que no ha distinguido clase social, profesión (los curas y el obispo asesinados por el Eln y las Farc, por ejemplo) o región alguna del país.

Esta celebración, entre otras, tiene que ver más con un proceso de reconocimiento del ancestro, de agradecimiento a quienes nos dieron la vida y de homenaje a nuestro linaje.

Colombia, una nación donde hace fama el dicho de mamá solo hay una, papá es cualquier hijueputa , sí que debería adoptar esa misma fiesta, pues el daño que tiene a nuestra sociedad enferma comienza con esa desestructuración de la familia que tiene como origen el desconocimiento de quiénes somos, de dónde venimos y la falta de entendimiento de la familia como un sistema que recorre generaciones, que repite abusos, exclusiones, violencias.

Celebré el jueves el día de los muertos. Con tabaco, trago, comida, flores y las fotos de aquellos a quienes les quiero agradecer por haberme traído al mundo, sí, a este mundo de dolor, pero de inmensas satisfacciones también, por haber hecho parte de mi vida y de mi sistema familiar.

Sin decirse mentiras. Honré a mi padre con sus debilidades y con sus fortalezas. Acepté quien fue, el daño que pudo haber hecho, el amor que entregó y le agradecí el mejor regalo que me dio: no odiar.

Lo mismo hice con mi madre, con su dureza, su abandono pero también con su dolor, su esfuerzo por sacar sola una familia adelante, su cariño esporádico, su consejo antes de morir y las lecciones que me dejó.

Honré a mi cuñado Andrés Escabí con su neura pero también con sus inmensas enseñanzas de hermano mayor.

Igualmente a mi tío Enrique, con su vanidad, pero quien fue mi maestro profesional.

Lo mismo hice con mi abuelo Enrique, su inteligencia y su voracidad sexual. Su egoísmo pero también su generosidad.

A mi abuela Nohemí, a quien no conocí pero de quien heredé la exclusión y el abandono emocional. Su fuerza dejó cinco hijos, uno de ellos abandonado en un asilo mental, y el aguante del peso de una familia de poder. Cuánto le costó.

Este es un país lleno de abandonos, de exclusiones, de abusos, de maltratos.

Cada cual tiene su historia, con un común denominador, que no la queremos ver o que nos ponemos una máscara que la justifica. Pero si como personas miramos un poco más al fondo vemos que el abandonador fue abandonado, el abusador fue abusado y el violento fue violentado en su sistema familiar.

De eso se trata esta ceremonia. No de perdonar, concepto barato y devaluado y que solo en su verdadera dimensión pertenece a Dios. Se trata de aceptar, de entender, de digerir y de honrar. De empatía también con su dolor y sacrificio. De seguir adelante lleno de comprensión y de compasión.

Así es que se llega a la verdadera paz. Es en ese nivel donde podemos dar el brinco como nación y como sociedad.

No es en Cuba donde dos excluyentes siguen excluyendo y pretenden llenos de soberbia pacificar un país. Alias Timochenko y Santos representan una guerrilla que excluye por ideología y a un Estado que privilegia a unos, en especial a aquellos que lo creen suyo, jueces, políticos o grandes empresarios.

Podrán esas conversaciones dar fruto o no. Pero en verdad no va a llegar la paz a nuestro país. La verdadera paz comienza en el individuo y en la familia. La paz comienza es en casa.