HISTÓRICO
Inexplicable crueldad en crimen de dos niños
  • Inexplicable crueldad en crimen de dos niños | Mientras esperaban la entrega de los cadáveres, en la casa de Estiven veían en informe del caso en la televisión. FOTO ESTEBAN VANEGAS
    Inexplicable crueldad en crimen de dos niños | Mientras esperaban la entrega de los cadáveres, en la casa de Estiven veían en informe del caso en la televisión. FOTO ESTEBAN VANEGAS
POR GUSTAVO OSPINA ZAPATA | Publicado el 18 de febrero de 2013

Tal vez eran un poco traviesos, y es que a los 11 años, ¿quién no lo es? Pero cuando se vive en la comuna 13 una travesura, una tan sencilla como irse de colado en un carro, puede costar la vida y hasta ser víctima de la crueldad.

A lo mejor Estiven* y César* sabían de los peligros que implicaba caminar por ciertas calles de su barrio, pues fueron muchas las veces que sus madres les advirtieron:

"Hacía poco la mamá de Estiven le había comprado un celular y le había puesto parabólica para que el niño no se moviera de la casa y así ella poder llamarlo para saber que estaba acá", relata uno de los tíos del niño, residente en el barrio Nuevos Conquistadores, en la parte alta de la comuna.

Pero en sus juegos, un niño no recuerda tanta advertencia, se le olvida, de pronto, que pasar una esquina es, muchas veces, igual a firmar una sentencia de muerte. Y el sábado, ambos cruzaron el umbral.

A las 3:00 de la tarde, una niña vecina tocó la puerta de la casa de Estiven. Lo quería invitar a algo, seguramente a un juego infantil, y su tía, que no lo había visto en casa, dijo que él no estaba allí.

Pero segundos después, el niño salió: "Tía no me niegue", le dijo el pequeño. Su amigo César, que vivía al frente, también apareció en la escena y "le dijo que fueran pues a hacer el mandado", repite la tía.

"Los niños eran comedidos y no vimos nada raro, porque la gente por acá los ponía a hacer mandados y les daban platica que ellos se gastaban jugando Play o fútbol", relata otro tío de Estiven.

Y entonces, escalas abajo, se fueron a su "juego". No se supo más de ellos hasta las 6:00 de la tarde, cuando otro niño, este de diez años, apareció en las casas de ambos a contar una historia que sorprendió a sus madres.

Iban de colados
"El niño vino a contar que a Estiven y César los habían capturado unos tipos con botas y que empezaron a pegarles. Y que a él le dijeron que se perdiera", relatan los familiares de Estiven, un clan de varios hermanos que comparte una casa de madera con techo de zinc, en donde la última pieza la ocupaba el niño con su madre, una joven mujer vendedora de Bon Ice (bolis) en una esquina del Centro.

Según el testimonio del pequeño, los tres, junto a Sombra, una perrita propiedad de Estiven, se habían subido por el barrio El Corazón a un carro repartidor de domicilios a escondidas del conductor y cuando éste llegó a una zona casi despoblada, todos se bajaron, el carro regresó y los tres se quedaron jugando.

Fue en esas cuando irrumpieron varios sujetos que empezaron a golpear a los dos más grandecitos. Al menor lo dejaron ir y fue quien llevó la información.

La gravedad de los hechos empujó a la familia de César a correr de inmediato hacia la estación de Policía de San Javier a pedirles a los agentes que subieran a buscarlos.

Aún no estaba oscuro y los uniformados subieron. Pero no los hallaron, sólo algunos rastros de que allí habían estado, confirmó el comandante de la Policía Metropolitana, José Ángel Mendoza.

Pero dieron las 10:30 de la noche y al no encontrarlos, la búsqueda se suspendió, narran los familiares.

"Nosotros les decíamos que fueran, pero ellos decían que no podían meterse más adentro, que ya seguía el sector de Aguas Frías", relata Sandra Asprilla, la madre de César, y añade que la Policía reanudó la búsqueda al amanecer del domingo.

Cuenta que ella y otros familiares quisieron subir a apoyarlos, pero que la Policía les recomendó que esperaran.

Después de todo un día de incertidumbre, a las 7:00 de la noche, a ambas familias se les confirmó el hallazgo de los niños, que ocurrió hacia las 3:00 p.m. Ambos estaban en una fosa en una finca abandonada del sector de Aguas Frías. Estaban en ropa interior y metidos en costales. Tenían múltiples heridas propinadas con arma blanca en la cabeza y el tórax e incluso uno tenía un brazo cercenado en cuatro partes.

Juntos hasta la muerte
Agotada de llorar y llorar, la tía de Estiven no entiende la sevicia y la crueldad con la que actuaron los criminales.

"Eran sólo unos niños. Lo único que hacían ellos era jugar fútbol y hacer mandaditos por acá, nunca tuvieron problemas con nadie".

Mientras parada en la puerta de la vivienda la tía habla entre sollozos, al fondo se oyen unos disparos. Sus hijos se ponen alertas, pues las balas perdidas también dejan cada día víctimas y más víctimas en esta zona de Medellín.

"Ustedes saben cómo es por acá, todos vivimos en peligro. Pero con los niños no debería pasar esto, ellos son los más inocentes y son los que están pagando", comenta uno de los más jóvenes de la casa.

Alys Asprilla, tía de César, lo recuerda como un niño muy inteligente e hiperactivo. "Ya estaba en cuarto de primaria, a veces se bajaba a ayudarle en el trabajo a su abuelo".

Estiven, al contrario, no estudiaba, pues por su hiperactividad no dejaba dictar clase y después de varios intentos, en ningún colegio de la zona ya lo querían recibir.

Siempre anduvieron juntos. Compartían, en los últimos años, la tristeza de no tener una figura paterna que los protegiera y los guiara.

César había quedado huérfano hacía 16 meses, luego de que a su padre lo asesinaran en un bar del Centro.

"Ellos se llevaban muy bien, él respondía y al niño le dio muy duro su muerte", repite la madre, que llegó hace veinte años a la 13 escapando de la violencia de su pueblo, Apartadó.

"Un día llegaron unos hombres, creo que de la guerrilla, y nos amenazaron, mi papá salió casi sin ropa y nosotros nos vinimos después".

El padre de Estiven vive, pero en la familia prefieren no hablar de él, porque poco se interesó en el niño.

Sus madres, en cambio, son mujeres luchadoras. La de Estiven vende helados y la otra frutas y verduras. Ayer mismo, Sandra y su madre debieron abrir el puesto, pues son productos que se dañan y ni siquiera con el luto a cuestas pueden parar de trabajar, "porque de este puesto vivimos todos y no se puede perder la mercancía", dice Alys.

Ayer, con megáfono, varias vecinas y familiares recorrían las calles pidiendo una ayuda para los gastos del sepelio, pues los niños nunca tuvieron seguro exequial.

Hasta en eso se identificaron, en la pobreza, en las carencias. Pero lo que más los unió fue el amor por el fútbol, el Nacional y las mascotas.

Estiven tenía a Sombra, la perra que se llevaron en el carro que los condujo a la muerte y que luego apareció con vida en la finca donde hallaron los cadáveres; y César era el amo de Nine, un perrito criollo con el que compartía cada segundo de su vida, un regalo de su amiguito.

"Él hasta dormía con el perrito", relata su hermanita de 13 años, que clava su rostro en el piso al recordar al chiquillo que la hacía reír cada noche con sus ocurrencias.

El domingo no había rastro de Nine. Lo habían visto triste, pero se olvidaron un poco de él para concentrarse en César.

Pero como no aparecía lo buscaron por cada parte de la casa. Y al final lo hallaron: Nine estaba extendido en un rinconcito de la parte de atrás de la vivienda, "lo mató la tristeza, sin ese niño el perrito era otra sombra", dice Alys.

En el camarote donde dormía, ayer aún estaban sus dos pares de tenis y un buzo gris que César tenía listos para ponerse el sábado en la noche. Sobre una mesa llena de retratos y adornos, al lado de la camita de Estiven, estaba el celular Motorola que le habían regalado en diciembre. El televisor, el de su pieza, estaba apagado, como su vida y la de su amiguito de siempre n

*Nombres cambiados por protección de los derechos de los niños