HISTÓRICO
¿JARDINERO O CORTADOR DE CÉSPED?
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    ¿JARDINERO O CORTADOR DE CÉSPED? |
Por ERNESTO OCHOA | Publicado el 18 de enero de 2013

Encontré al padre Nicanor muy relajado. Le habían asentado bien las vacaciones. -¿Vacaciones, usted?- le dije- y me respondió malhumorado: -Sí, hijo, por eso no vuelvas durante un mes. Que tú no vengas a importunarme ya es suficiente descanso-. Yo, simplemente di media vuelta y ni me despedí.

-Y dónde estuvo, padre Nicanor, si se puede saber.

-Estuve en un pequeño puerto, llamado soledad, acompañado sólo por el silencio y mis libros, día y noche frente a la playa de la eternidad.

-Ya se dejó venir usted, tío, con sus metáforas. Traduzco: no salió usted a ninguna parte y se la pasó aquí en su casita rezando. Más unos retiros espirituales que un asueto, pienso yo.

-No, tampoco rezando, rezando; mejor pensando, meditando y, sobre todo, leyendo.

-Sus autores místicos carmelitas, supongo.

-No precisamente. También a ellos hay que dejarlos descansar. Leyendo, o mejor releyendo, no te imaginas qué: ¡novelas…

-¿Novelas? Entonces a ustedes, los curas, también los pican las pulgas.

-Te lo he dicho muchas veces: las novelas lo acercan a uno a la teología y, para la práctica sacerdotal, son el mejor tratado del ejercicio pastoral.

-Si usted lo dice, padre.

-Pues aunque no lo creas. La última novela que releí, te lo cuento porque pensé mucho en ti durante la lectura, fue "Fahrenheit 451", del estadounidense Ray Bardbury. Te la recomiendo. Fue como un homenaje a este autor, tan amado en la juventud, que murió precisamente el año pasado a los 91 años.

-Lo conozco, tío. Pero no sé en qué puede ayudarle a usted un libro como ese.

-Pensaba en ti, como te decía, porque a quien Dios no le da hijos, san Pedro le da sobrinos. Y te traje, como recuerdo, un pensamiento de Bradbury, que me ha ayudado mucho a volver a ver la vida, ya en el ocaso, con entusiasmo. Espero que a ti también te ayude para dejar ese aire de desencanto que te ensombrece la cara.

-A ver, tío, léamelo.

-"Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que tu mano tocara de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a donde ir cuanto tú mueras. Y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. No importa lo que hagas -decía- en tanto cambies algo respecto a como era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ello tus manos. La diferencia entre un cortador de césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí; el jardinero estará allí para siempre".

-Amén, tío.

-Amén, hijo.