HISTÓRICO
Jhonny, el niño de los pies milagrosos
Gustavo Ospina Zapata | Publicado el 30 de abril de 2011
De lo que se habría perdido Marcela Osorio Otálvaro si por unos malos consejos y mil miedos acumulados en su adolescente corazón no hubiera dejado nacer a su hijito Jhonny Andrés, al que en un momento pensó en abortar y hasta obtuvo el permiso legal para interrumpirle la vida.

Hoy, tres años después, agradece a Dios -de todo corazón- que puede estrecharlo contra su pecho, inundarlo de besos y especialmente verlo "tan inteligente, valiente y autosuficiente", a pesar de su limitación, pues aquel al que se le iba a negar la vida porque venía sin brazos, nació con unos pies de oro que compensan -y con creces- la ausencia de los miembros superiores.

Jhonny tenía cuatro meses de gestación cuando Marcela, de 17 años, supo que venía así. Un golpe duro, sin duda, pues ella aún no se sentía madura y con la fuerza suficiente para tomar decisiones tan grandes.

-¿Y ahora qué hago? ¡Ayúdame Dios!-, era lo que más se repetía para sus adentros.

Que ya vivía con un hombre, sí. Que se había enamorado con todo el corazón, sí. Y que quería un hogar, hijos, cumplir sus sueños de mujer, también. Pero de allí a que estuviera preparada para ser mamá y criar a un hijo con "limitaciones", eso no.

-Fue muy duro, porque mi compañero, cuando nos dijeron que el niño nacería sin manos, me dijo que abortara, que no quería un niño deforme para él-, cuenta Marcela.

Cuando hace ese viaje al pasado, agacha su mirada. Se le ve la nostalgia. ¡Claro! Cómo no llenarse de dolor al saber que el padre de su hijo la conminaba a que le cortara la vida solo porque no iba a tener una parte de su cuerpo.

-Mi niño venía con todo lo demás bien, tenía su cabecita, sus ojitos, sus pies, tenía corazón-. Y entonces, en esa lucha por decidir a quién perder, si al hombre que la puso a soñar con el amor y con quien vivía feliz pero que rechazaba su criatura, o al bebé que la hacía madre, ganó el fruto del amor de los dos.

-Vencí todos los miedos, yo pensaba que qué iba a ser de mi niño sin sus brazos, cómo iría a sufrir si yo le faltaba, pero lo sentía tan dentro de mí, tan mío que no fui capaz de abortar-.

Que sea lo que Dios quiera, se dijo la muchacha. Y el 3 de junio de 2008, a las 12 y 45 minutos del mediodía, en la sala de partos de la Clínica Bolivariana, nació Jhonny, sin brazos, con piernas y pesando seis libras, muy sano el muchachón.

"No lo voy a esconder"
"¡Guauuu, ahhhhhh, Jhonny al rescate!", grita el pequeñín en la sala de la casa de Teresa Vélez, en el barrio Las Brisas, mientras juega en el computador a la ranita. Lo hace con los pies y la idea es que él mueva las teclas y salve a una ranita de varios peligros que la acechan.

Marcela ríe con ternura. Y Teresa, que fue el ángel protector que se le apareció a Marcela veinte días después de que el niño naciera, se llena de emoción. Llora. Y ríe.

-Es que aunque lo veo hacer eso siempre, todavía me sorprendo, es el regalo más grande que mi Dios me dio-, responde Teresa, que conoció al bebé luego de verlo en una página del periódico La Chiva , en la que su madre clamaba una ayuda para poderlo criar, pues no tenía ni Sisbén.

-Primero que todo le compuse un poema: "quiero con todo cariño y también de corazón, al pequeño Jhonny Andrés dedicar mi inspiración" , llamé a la mamá y se lo leí y ella se vino llena de emoción. Desde ese día los adopté a los dos y han llenado mi casa de alegría-, cuenta Teresa, que se volvió su madrina y ayudó a conseguirle un padrino que, antes de irse a la eternidad, le dejó al niño una casa.

-Ese hombre (Víctor Sepúlveda) dueño de los Templos del Vallenato y de Doña Clarita, organizó conciertos con el Grupo Galé y con Arelis Henao y recogió para darles la casa. Se murió, pero dejó a esta familia protegida en eso-.

¿Qué tal que en vez de salir orgullosa por las calles a montar en bus o en metro o irse a un parque con su niño, Marcela hubiera atendido los increíbles consejos de algunas personas cercanas, de esconderlo para que no se burlaran de él?

-Si lo dejé nacer, ¿por qué lo iba a ocultar?... Además, mi niño es normal, se comportó siempre normal y desde niñito demostró que iba a ser independiente. Era tan lindo que jamás me avergoncé de él-.

Mientras lo dice, a su lado está Jhonny. Tiene el control del televisor entre sus pies y con extrema habilidad manipula las teclas. Así, con paciencia y destreza, ubica el canal que se roba su atención.

Después, Teresa lo sienta en el piso y le trae desayuno. Y cuando uno cree que le van a dar el menú con cucharita, el niño agarra la arepa con los deditos de los pies y se la lleva a la boca. Hace lo mismo con el pocillo y toma el chocolate con cierta dificultad, pero no permite que le ayuden.

-Si uno lo intenta, él se enoja, yo puedo solo, le dice a uno y hay que dejarlo-.

Mimado como el que más, pues a falta de una tiene dos mamás, el chiquitín hace sus travesuras, aunque no todas se las alcahuetean, pues tampoco hay que malcriarlo:

-Si hay que reprenderlo, se reprende-, dicen Marcela y la madrina. Pero no es la constante, porque tampoco da muchos motivos. ¿Qué causas de enojo va a dar un niño que a falta de manos aprendió desde apenas tenía meses a defenderse con los pies y a zafarse de la sobreprotección de su madre?

Jhonny -cuentan allá en casa de Teresa, donde pasa mucho tiempo-, cuando tenía un año hizo el primer intento de quitarse la camisa solo y aunque no lo logró de inmediato, al tiempo lo aprendió. Con un poco de ayuda, ahora se despoja también del pantalón, de los zapatos, habla por celular y se cepilla los dientes en un acto que parece de magia, pues con un pie toma el cepillo y con el otro el vaso con el agua.

Metido en la bañera, él mismo se enjuaga. Toma un recipiente entre sus pies, los va elevando con la vasija llena de agua aprisionada y cuando llega a su cabeza, la deja voltear y baña su cuerpo. Como todos le celebran, entonces suelta una carcajadota que le llena su carita de brillo.

Son esos pies milagrosos los que han enamorado a Marcela, a Teresa y a su familia.

-Cuando lo conocí pensé en ayudarlo, porque lo vi tan lindito y tan indefenso, pero él es el que me ha enseñado a mí las cosas más grandes-.

Al decirlo, a Teresa se le encharcan los ojos. Afirma que Jhonny le enseñó la solidaridad, el esfuerzo, la iniciativa, la capacidad de hacer las cosas sin buscar tanto apoyo.

-Y sobre todo que uno no necesita riquezas para ser feliz. Este niño llena mi vida de alegría y ayudarlo a él y a su mamá es algo que me ha hecho crecer mucho-.

Contra toda recomendación de especialistas, las dos "mamás" han familiarizado al niño con la palabra "mocho". Se la repiten en las frases y consejos y también en los juegos cotidianos. Lo hacen por sugerencia de una sicóloga previendo que cuando crezca los amigos se la repetirán y hasta se la pondrán de apodo.

-Cuando eso pase ya él no lo verá como ofensa sino natural, ¿cierto mi mochito lindo?-, repite Teresa.

Jhonny ríe entonces. Baja de la cama y pide el balón de fútbol para jugar, en sus palabras, un "patío". Los nietos de Teresa se paran al frente y el chiquitín chuta la pelota.

-¡Gooool, goool, hiche gol!-, celebra el bebé, que se la pasa riendo o haciendo pucheros.

Algo puso Dios en sus piernas y sus pies, algo tan grande, que tal vez ni su madre ni su madrina aún lo sepan. Pero se siente. La destreza, agilidad y capacidad con la que Jhonny hace tantas cosas, sorprende.

Además, porque de los pies lo usa todo: las uñitas, los tobillos, los talones, la parte que necesite y que más le sirva para lo que tenga que hacer. También se ayuda con la nuca, la boca, las rodillas y hasta con todo su cuerpo. Verlo quitarse el pantalón es un espectáculo.

En esos casos, mamá o madrina le aflojan el botón y le bajan el cierre y él, brincando y haciendo movimientos de cadera, logra su objetivo. El pantaloncito cae y el suelta el "¡ahhhh!" del orgullo.

-Cuando lo vi, yo quería ser aunque fuera una uñita de sus pies. Ahora lo amo tanto, que si pudiera darle mis manos se las daría sin dudar un segundo-, comenta Teresa.

Pero no será necesario. Jhonny solo está haciendo el milagro más grande: ser independiente aunque vino al mundo sin brazos. Marcela dice que él la ayudó a madurar y estudia para, en el futuro, darle una vida digna.

Su mayor angustia es el futuro. Anhela poderle garantizar educación, "pagarle un seguro de estudio", que al menos me ayuden con eso y a afiliarlo a la EPS, porque ni eso tiene.

¡Qué tal que no hubiera nacido! Jhonny es un milagro, sin duda. No tiene manos, pero sí un alma valiente, mucha voluntad, bastante inteligencia y tres corazones que le inundarán de amor la vida: el de Teresa; el de Marcela, su mamá; y el suyo propio, que vale más que el oro. Mucho más...