HISTÓRICO
LA AUTORIDAD MORAL DE LA AUTORIDAD
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    LA AUTORIDAD MORAL DE LA AUTORIDAD |
Por ANA CRISTINA ARISTIZÁBAL URIBE | Publicado el 10 de diciembre de 2012

Aunque en nuestro país hay leyes para todo, pareciera que muchas personas están dispuestas a vivir por fuera de ese marco de legalidad. Es como si existieran dos sociedades paralelas: la que se mueve dentro de la legalidad y la que no. A muchos les cuesta acatar la ley y hacen un carnaval con la frasecita aquella de "hecha la ley, hecha la trampa".

¿Cómo haremos para solucionar el problema que nos caracteriza de la desobediencia a la norma?

Planteo que uno de los factores es que cada vez más en mayor número quienes ejercen autoridad, tienen poca autoridad moral para hacerlo, pues el mal ejemplo de su comportamiento es usado por algunos ciudadanos como excusa para tampoco acatar la norma.

Un solo ejemplo de mal comportamiento es tan contagioso como un virus. Y el problema empeora cuando ese mal comportamiento de quien ostenta autoridad no es un hecho aislado sino que se vuelve repetitivo. Y si a este desafortunado caso le sumamos que los revestidos con esa potestad aprovechen la investidura para hacer fechorías y encubrir comportamientos deshonestos y criminales, el problema alcanza niveles de desastre social. Lo estamos viendo.

El ser humano no solo necesita límites claros (la ley es un límite claro), también necesita a alguien capaz de obligar con autoridad al cumplimiento de la norma. Y además, alguien que sea digno de ejercer este oficio, pues su propio comportamiento se convierte en ejemplo para los demás.

Creo que esto vale para todos los que ejercen autoridad: los jueces son los primeros, un juez corrupto revive la época de las cavernas. Los policías y soldados, con quienes los hombres civilizados pactaron el uso de las armas para defender la civilización, lo contrario crea barbarie. Un gobernante elegido por voto popular, que cuando se corrompe admite que todos los funcionarios por debajo de su rango hagan lo mismo.

Sin restarles responsabilidad a los ciudadanos que no acatan la norma (que además también se convierten en mal ejemplo), pienso que un gran peso de responsabilidad cae sobre aquellos que en cualquier momento de su vida debieron dar ejemplo y no lo hicieron, o no lo están haciendo.

Gracias a aquellos que persisten en su buen comportamiento, a pesar de las burlas y presiones de todo tipo, esta sociedad no ha naufragado. Pero es que algunas veces se tiene la sensación de que la balanza hala más hacia el lado de los corruptos que no alcanzan a comprender que como el cáncer, se están comiendo a sí mismos.