HISTÓRICO
Catedral, de reclusión a sanación
Gustavo Ospina Zapata | Publicado el 29 de junio de 2008
A los fantasmas de La Catedral les salió contrapeso: la oración y la fe, en suma, el amor por Dios, que lo ponen los monjes benedictinos de la Comunidad Monástica de Santa Gertrudis y centenares de feligreses.

Entonces, este sitio, cargado de una historia sórdida de asesinatos y falta de institucionalidad, se convirtió en lugar de oración, al que acuden católicos de todo el Valle de Aburrá a sanar el espíritu.

Los últimos domingos de mes, como ayer, llegan más personas, 500, 700, tal vez 1.000, nadie las ha contado. En todo caso, una multitud cargada de esperanzas, con la fe puesta en que los sacerdotes de la comunidad -que rinde tributo a la Virgen que desata los nudos, les alivien sus corazones y sus cuerpos.

Ellos hacen las llamadas misas de sanación o de liberación, en las que los visitantes sienten que en sus vidas se logran milagros. El padre Elkin Álvarez aclara que "toda misa es de sanación, a ellas se llega con la disposición de sanar el espíritu, y el espíritu de Dios está acá y es él quien logra milagros".

Se los explica a los feligreses, que lentamente van llegando a la montaña donde hace dos décadas estuvo la cárcel La Catedral, en la que fueron recluidos Pablo Escobar y sus amigos y donde se escribió un capítulo muy negro de nuestra historia.

Ahora no hay celdas lujosas ni lugares de tortura, sino una capilla en donde los padres benedictinos celebran la eucaristía y llevan el mensaje de Dios en palabras sencillas. Y le llegan a la gente con facilidad. Tal vez por eso, aunque los monjes no lo pregonan, las personas sienten que sus vidas cambian.

Revelación
Orlando Herrera carga un dibujo y un relato que, según él, plasma que el sitio se lo reveló Dios hace ocho años.

"Yo estaba orando y de pronto Dios, con el fenómeno de bilocación, me trajo acá, me mostró un hueco negro y profundo, una raíz podrida y dos sacerdotes, me mostró la capilla, entré y la recorrí y les conté ese milagro a muchas personas, y vea, ocurrió tal cual lo vi".

Mercedes Restrepo narra que asiste a las misas porque "es un encuentro maravilloso con el Señor, me dio paz espiritual y hasta de mis enfermedades me he sentido bien, de la presión y la depresión". Cada feligrés dice tener un milagro por agradecer.

Alfredo Tamayo, director ejecutivo de Asemiel -Asociación de Propietarios del Valle de La Miel- cuenta que apoya el proyecto porque es un fenómeno social conveniente para la zona, que está ayudando a derribar mitos que rodeaban el lugar. Él y los sacerdotes agradecen el apoyo de la Alcaldía de Envigado, cuyo impulso ha sido vital para que, paso a paso, con donaciones, se hayan adecuado los espacios.

"Hoy llegó una señora con unos bultos de cemento. Eso nos sirve, porque nosotros sólo tenemos una tumba y un ataúd", según el pregón del padre Elkin.

Los monjes hablan poco. Regalan camándulas y medallas. Ungen con óleos santos a los que hacen fila y algunos sufren desmayos, pierden el sentido y se levantan luego como seres nuevos.

¿Milagros?, ¿sanaciones? El abad Gilberto Jaramillo, quien oficia la misa, lo dice con sencillez: "La palabra de Dios es viva y eficaz, y salva y sana".