HISTÓRICO
LA GRAN DISCRIMINACIÓN SEXUAL Y EL MATRIMONIO GAY
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    LA GRAN DISCRIMINACIÓN SEXUAL Y EL MATRIMONIO GAY |
Por HUMBERTO MONTERO | Publicado el 10 de diciembre de 2012

En 1979, la película Kramer contra Kramer se llevó nada menos que 5 Oscar con una conmovedora historia de amor entre un padre, inmerso en un doloroso proceso de divorcio, y su hijo. Si rememoran la trama, cuyo peso recae en un genial Dustin Hoffman, coincidirán conmigo en que, entre lágrimas, todos deseábamos que la custodia del chaval recayera contra viento y marea en Ted Kramer y no en su esposa Joanna (Meryl Streep ).

En todo el mundo, la Justicia privilegia a la figura materna sobre la paterna en estos procesos de tutela de los hijos durante la separación conyugal, atendiendo a una lógica machista del siglo XX: el hombre trabaja y la mujer se ocupa de la casa y de los niños. Esos moldes caducos han saltado por los aires con la plena incorporación de la mujer al mercado laboral y dejan en una situación de indefensión a los hombres, claramente marginados por su condición sexual.

Sólo por eso, Ted Kramer pierde la custodia permanente de su hijo y sólo la reflexión final de Joanna, en pleno desenlace del filme, logra darle la vuelta a la tortilla para alivio de los espectadores.

El debate sobre el matrimonio homosexual es un asunto espinoso que toca muchas sensibilidades, en particular la religiosa. El artículo 42 de la Constitución colombiana establece que "la familia es el núcleo fundamental de la sociedad", constituido por un "hombre y una mujer". Sin embargo, de nuevo, los patrones han evolucionado y la ley debe adecuarse a ellos.

La convivencia entre dos personas se fundamenta en algo tan intangible como el amor. Conozco parejas gays que se aman con similar intensidad a la de cualquier otra pareja heterosexual en la misma medida que conozco gays cuyo nivel de promiscuidad es equiparable al de otros tantos amigos, a los que jaleamos con vítores cuando narran sus peripecias de alcoba.

Permítanme que recuerde aquí un extracto de uno de los más bellos textos bíblicos, la muy matrimonial Carta de San Pablo a los Corintios, 13, 1-13: «El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece. No procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás». Ninguna referencia al sexo, por descontado.

Sinceramente, como católico que soy, creo que a Dios le preocupa poco lo que hagamos de cintura para abajo, siempre que no se violenten los derechos de la otra parte.

Por eso, quisiera saber cuántos de los que se rasgan las vestiduras ante el matrimonio gay son tolerantes con la prostitución, aunque ese es otro asunto.

Voy más allá: soy incapaz de encontrar un solo motivo por el que un niño no pueda crecer con el cariño filial de una pareja homosexual. ¿O es que le hubiéramos quitado la custodia a Ted Kramer si dos años después hubiera salido del armario? No lo creo.

Dicho esto, va siendo hora de que alguien legisle contra otra discriminación de manual: la de los padres que pierden la tutela de sus hijos de forma automática (salvo excepciones) en favor de las madres. Una injusticia en toda regla de la que nadie habla. Quizá sea incorrecto, políticamente hablando.