HISTÓRICO
LA LIBRERÍA AGUIRRE
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Por DIEGO ARISTIZÁBAL | Publicado el 05 de septiembre de 2012

Un buen librero es un hombre que sabe leer. Parece una tontería, un simplismo pero no lo es. Eso fue Alberto Aguirre, un hombre culto que sabía leer; tal vez por eso un día en la Librería Horizontes, Federico Ospina le dijo que estaba quebrado, que por qué no le compraba la librería. Aguirre, sin estudios de mercadeo, sin pensarlo mucho le dijo que sí, le pasó lo mismo que el cuento “Que pase el aserrador”, de Jesús del Corral . “Yo no sabía nada de librerías, no sabía aserrar, sin embargo me metí”, me dijo una mañana en el Astor.

No hubo una deliberación seria, simplemente fue un capricho, siguió su instinto y dijo: “Nada de lo nuevo me es extraño”. Aurita López lo acompañó en su aventura. La Librería Aguirre creó, sin proponérselo, la primera cuenta corriente de la ciudad. En casi 40 años, si mucho, se les perdió una cuenta. No había fiador, no eran necesarias las referencias. Lo importante era creer en el lector.

Jamás pensó que estaba haciendo una cruzada ni mucho menos salvando el mundo, simplemente le interesaba vender libros y procuró que la librería se sostuviera. ¿Cómo lo hizo? Trayendo lo que las demás librerías de la provincia de Medellín no traían. Fue así como llegaron obras marxistas, existencialistas y todo el psicoanálisis. Trajo libros en inglés, francés, alemán y una gran variedad de revistas que no se conseguían en el resto del país, tanto así, que incluso publicistas y artistas de Cali y Bogotá visitaban la Librería Aguirre para comprar revistas de dibujo, arte, publicidad y diseño.

Ese día me dijo que un buen librero es aquel que tiene una curiosidad sin límite. Es generoso, escucha, se convierte en consejero de jóvenes escritores. El libero es aquel que mira el libro no como mercancía sino como depósito de cultura. Quien ama el libro se apasiona por él con sólo tocarlo porque intuye un contenido.

La Librería Aguirre estuvo abierta de 1959 a 1997, hasta que el centro de Medellín se prostituyó. Los ricos se fueron a vivir a El Poblado y no volvieron al centro, entonces los libros de arte, que eran caros, no se volvieron a vender. La solución hubiera sido abrir una librería en El Poblado, en un centro comercial, pero a él no le apeteció. Dijo que ya había cumplido su ciclo. En un centro comercial tendría que hacer inversiones mayores, reinventarse y no lo quiso hacer. La Librería Aguirre cerró con dignidad, sin caer en la desgracia, sin deberle un centavo a nadie.

Antes de cerrar definitivamente aquel lugar de tertulias espontáneas, algunos vendedores le ofrecieron un local en un centro comercial. Alberto Aguirre los escuchaba y apenas terminaban su discurso les recitaba un soneto de León de Greiff: “Tanta industria novísima, tanto almacén enorme, pero es tan bello ver fugarse los crepúsculos...”. Me hubiera encantado ver los rostros de esos “hombres grises”.