HISTÓRICO
La noche más oscura: la guerra tibia
  • La noche más oscura: la guerra tibia | FOTO CORTESÍA
    La noche más oscura: la guerra tibia | FOTO CORTESÍA
SAMUEL CASTRO, | Publicado el 22 de febrero de 2013

No se puede hacer un thriller si uno sabe el final desde el comienzo. Al menos no uno bueno. Porque la esencia de ese género es tener al espectador al borde de la silla (se le llama thriller por el verbo inglés thrill, emocionar) y para eso la mejor estrategia es lograr que el público sufra hasta el final por el protagonista o por la conclusión de la trama.

Pero en Objetivo Bin Laden ya sabemos el final desde que entramos a la sala, así que Mark Boal, el guionista, se ve en la obligación de desplazar la tensión de la historia hacia otro tema: ¿podrá Maya, esta mujer obsecada y gris, que no nos produce ni frío ni calor, esta agente de la CIA que parece vivir sólo por su trabajo, a la que no se le conocen intereses intelectuales o románticos, conseguir la pista que busca y atrapar al jefe de Al Qaeda, en esta búsqueda que comenzó en los días posteriores al 11 de septiembre de 2001?

Porque esa es, finalmente, la única conexión emocional que tenemos con esta mujer robot: su carrera, la lucha por ganarse el respeto en ese mundo burocrático, manejado por hombres que la miran sobre el hombro y que quieren llevarse los créditos por su trabajo. Aunque sea de una manera retorcida, esta cinta es una reivindicación feminista: Maya prueba que es capaz de hacer todo lo que hace un hombre en su oficio y que no necesita ayuda, ni siquiera de Dan, su primer compañero.

Es reveladora la escena, pasada la primera hora de la película, en que la propia Maya manejando un interrogatorio, toma el brazo del soldado a su lado y lo empuja para que golpee al árabe que está al frente. Puede que ella no sea el músculo, pero es el cerebro.

Kathryn Bigelow, la directora, ha gastado décadas intentando consolidar su carrera en un terreno que parecía vedado a los hombres: las películas de acción. Conforme avanza la película, se va haciendo evidente que Maya no sólo representa a todas las mujeres que en la vida real intervinieron en la búsqueda de Bin Laden, también es la encarnación de la directora. Por eso Bigelow les dedica tanto tiempo a las escenas en que Maya se enfrenta con sus superiores, o a las tomas en que pinta sobre la pared de vidrio de su jefe, los días que han pasado desde que, bajo sus órdenes, descubren la pista clave.

Por eso, la fantástica recreación de la operación que finalmente da de baja al líder terrorista (sólo les estaría dañando la película si ustedes fueran ermitaños o monjes de clausura), contada con lujo de detalles (los modelos de helicópteros silenciosos, los disparos innecesarios que le dan nuevamente a cuerpos ya muertos) no es el verdadero clímax emocional; es el momento después, cuando los soldados que ejecutan la operación guardan silencio ante la pelirroja pálida y su mirada perdida.

Muchos le critican a esta cinta su posición política, aunque es ingenuo olvidar que la historia la cuentan los vencedores. Pero los tiros van por otro lado. Boal y Bigelow se limitan a contar, con mucha sabiduría cinematográfica, la historia de una caperucita roja, que mata al lobo ella sola, sin tener que llamar al cazador.

Twitter: @samuelescritor