HISTÓRICO
LA RUEDA DE LA FORTUNA
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    LA RUEDA DE LA FORTUNA |
Por ALBERTO SALCEDO RAMOS | Publicado el 14 de septiembre de 2013

Le digo a mi tía Libia que para ser millonaria no necesita ganarse la lotería, sino tan solo recuperar la plata que ha gastado comprando lotería a lo largo de su vida.

Mi tía Libia, solterona risueña, nació el 2 de diciembre de 1940. Nadie en mi familia recuerda haberla visto pasar una sola semana sin apostarle a un juego de azar: una lotería, una rifa, un bingo.

Cuando uno le pregunta por qué lo hace, ella esgrime los motivos más variados: quiere dotar el centro de salud de Arenal, crear un programa de becas para bachilleres sobresalientes de escasos recursos, y tener dinero.

En este punto aclara que, al abrir una cuenta de ahorros con el premio mayor, podría vivir sin angustias durante los años que le quedan. Le repito que para reunir todo ese dinero solo necesitaría que alguien le devolviera lo que ha gastado comprando lotería.

Como todos los consumidores compulsivos de lotería, la tía Libia es tozuda: siempre encuentra motivos para justificar la compra, siempre piensa que estuvo a punto de ganarse el premio gordo, siempre cree que la próxima vez se le dará el milagro.

- ¿A punto de ganártela, tía? ¡Jugó en 9 y tú tenías el 1…

- Es que el 9 está cerca del 10, ¿cierto? ¿Y cuánto da 10 menos 9?

En la lógica candorosa de mi tía Libia, el siete es hermano del cuatro, y el ocho jamás estará lejos del dos. Ella jura que el azar le envía señales a través de los elementos de la atmósfera: la placa de ese taxi que está ahora frente al semáforo quizá contenga la llave de la suerte, el número que formaron las nubes aquellas quizá anuncie el próximo premio mayor de la Lotería de Bolívar.

Mi madre, que murió sin esperar jamás ni un solo favor del azar, solía cuestionarla.

- ¿No te parece raro que el mundo conspire para volverte millonaria? Si el lotero creyera que su boleta es la de la suerte, se quedaría con ella, no te la vendería.

Entonces mi tía desenvainaba su lógica: ¿por qué no creer en las loterías pero sí en los aviones, cuando está visto que los aviones se caen? Los carros se estrellan y, sin embargo, la gente sigue viajando en ellos. Para vivir hay que creer en algo, así sea en los números.

Su conclusión era irrebatible: en Colombia hay más razones para confiar en el azar que en quienes manejan el Estado. Las loterías enriquecen a alguien, los gobernantes nos empobrecen a todos.

En Colombia muchos excluidos que han disfrutado de alguna bonanza legal o ilegal -cortadores de banano, recogedores de algodón, raspachines de coca- repiten este mito: en el pasado hubo tanto dinero que las cumbiambas nocturnas no se bailaban con velas sino con billetes encendidos.

Le digo a mi tía que quienes gastan en loterías su escaso dinero son parientes de quienes difunden aquel viejo mito: quieren ver consumiéndose en el fuego la fortuna que nunca tendrán.