HISTÓRICO
La transición venezolana
EL COLOMBIANO | Publicado el 02 de enero de 2013
Ya no se está discutiendo tanto si el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se posesiona o no el próximo 10 de enero. De lo que se está hablando, directamente, es del período de transición que ya todo el mundo ve como inevitable ante la casi segura ausencia física -sea por fallecimiento o por incapacidad absoluta- del caudillo de la revolución bolivariana.

Si algo ha quedado claro en todo el tortuoso proceso de incertidumbre al que se ha visto sometido el pueblo venezolano con la enfermedad de su presidente, es que la línea del gobierno bolivariano ha sido de opacidad en la información y de falta de transparencia en explicar cuál es exactamente el complicado cuadro clínico que padece el Jefe de Estado.

No obstante, aún con partes médicos a cuentagotas y que ocultan más de lo que transmiten, la preocupación de los altos funcionarios y la dosis de dramatismo en sus comparecencias públicas, no pueden reflejar otra cosa distinta a la real gravedad de la situación.

Los regímenes personalistas como el de Chávez son muy dados a los golpes de efecto y al aparato propagandístico que en el imaginario colectivo ubican a su líder como imprescindible. Por eso, algunos dudan de la gravedad del presidente y esperan una aparición estelar previa al 10 de enero, día en el que, constitucionalmente, tiene que prestar juramento. Pero esta tesis, hoy, no es fácil de sostener. La situación es en verdad muy seria, y las intervenciones públicas del vicepresidente y canciller Nicolás Maduro y del gabinete apuntan todas a preparar a los simpatizantes del chavismo hacia el desenlace ineludible: hay que reemplazar al líder.

La gran duda radica, pues, en cómo conducirán los alfiles del "socialismo de siglo XXI" la transición hacia el postchavismo. Y el papel que jugarán los militares, tanto los que guardan fidelidad a los ideales del comandante ausente y consideran loable sus ejecutorias, como los que desde sus posiciones han aprovechado la desinstitucionalización del país para recibir millones del narcotráfico y de la participación en negocios ilícitos con la guerrilla colombiana.

De esta transición estará pendiente no solo Venezuela, sino todo el continente. No tanto por razones afectivas o de afinidad ideológica con el líder enfermo, sino del necesario pragmatismo e interés nacional de cada país, pues es mucho lo que hay en juego.

Las diferencias conceptuales con el modelo impuesto por Hugo Chávez, el comprobado fracaso de muchas de sus políticas o el desastroso manejo económico no pueden llevar a nadie al punto de negar que este gobernante, mesiánico o lo que se quiera, tocó como ninguno antes las fibras de buena parte de la población venezolana. Quien niegue que Chávez modificó sensiblemente la conciencia política de grandes capas de la población, se equivoca de cabo a rabo. Otra cosa es que esas realidades que vive Venezuela desde 1999 la hayan llevado a un peor modelo de desarrollo.

Colombia tiene muchos intereses que dependen de la realidad que el vecino país viva de aquí en adelante. No es lo mismo que el gobernante post-Chávez sea Nicolás Maduro, a que sea Diosdado Cabello, o incluso algún otro. El proceso de diálogos con las Farc tiene un componente vital, para su éxito o fracaso, en la posición que adopte quien suceda a Chávez. Y el comercio bilateral, ni se diga.

El carisma del caudillo de Barinas no tiene sustitutos conocidos en Venezuela. Sobre él se ha edificado buena parte de su proyecto, y de él se han pegado varios gobernantes latinoamericanos, que reproducen su retórica y asumen como propios a sus adversarios. La personalidad de Hugo Chávez sustituyó la estructura institucional. Reemplazarlo en tales condiciones es muy complejo, no ya para la oposición -que tendrá un reto enorme en adelante- sino para su propio partido socialista.

Latinoamérica tendrá la mirada puesta en Venezuela. Con la esperanza de que su pueblo encuentre caminos de entendimiento y pueda restablecer sus cauces democráticos para un futuro mejor.