HISTÓRICO
LA ÚLTIMA ESTACIÓN CHAVISTA
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Por DAVID E. SANTOS GÓMEZ | Publicado el 10 de diciembre de 2012

Hugo Chávez decidió que, derrote o no a su enigmático cáncer, el sucesor de su proyecto político será Nicolás Maduro. Sobre esa espalda recae ahora el futuro del socialismo venezolano y de aquellos gobiernos latinoamericanos que hicieron eco de las propuestas del Comandante.

Maduro es un hombre joven, apenas entrando en sus cincuenta años, al que muchos le reconocen un manejo inteligente de la política local e internacional y al que además definen como un sujeto moderado dentro de la recalcitrante religión chavista. Un alivio, si se quiere, para una Venezuela golpeada y dividida por extremos.

Si Chávez muere, como él mismo lo sugirió en su alocución el pasado sábado en la noche, será Maduro el que tenga que demostrar que el socialismo del siglo XXI no es un proyecto caudillista y que sobrevivirá a la muerte de su principal ideólogo.

Sin embargo, como en buena parte de nuestras democracias latinoamericanas, débiles y personalistas, creo sinceramente que el proyecto edificado por Chávez no sobrevivirá a su ausencia. Si muere Chávez morirá el chavismo, quizá no inmediatamente pero sí a la vuelta de un par de años.

La construcción de una democracia a imagen y semejanza del líder de Barinas durante casi década y media, que enaltecía sus atributos y mimetizaba sus defectos, logró su cometido mientras Chávez estuvo invencible, tanto política como físicamente.

Ahora, ante la realidad de una enfermedad fatal, es poco probable que este socialismo pueda ser reencarnado con éxito en un sucesor nombrado a dedo. Es inevitable la atomización de las diferentes tendencias dentro del PSUV, colectividad que dejará de ser monolítica tras la ausencia de su cabeza fundadora.

No hay que subestimar a Nicolás Maduro, que es un hombre capaz y sumamente inteligente, pero su problema es insalvable: no es Chávez. En Venezuela el socialismo del siglo XXI no es un partido sino un hombre, que al no poder gobernar más herirá de muerte la continuidad de su legado.

A pesar de sus repetidos intentos de negar recaídas o esconder el verdadero alcance de su mal, la radiografía que se dibuja luego de las últimas declaraciones es que Hugo Chávez está demasiado enfermo para lograr su anhelada presidencia vitalicia y que muy posiblemente transitamos por la última estación de su historia en Miraflores.

Si así es, al país vecino le vienen tiempos de cambio. Lo ideal sería, como lo he repetido varias veces en esta columna, que el mandatario logre superar su enfermedad y que sea una oposición fuerte y unificadora la que acabe con su autoritarismo en las urnas, democráticamente. Lo cierto, por desgracia, es que todo apunta a que el cáncer ganará esta batalla.

Chávez pretende dejar todo dispuesto y bien amarrado para que su proyecto sobreviva, pero en la política latinoamericana pocas veces triunfa un heredero, y menos el heredero de un cacique autoritario.