HISTÓRICO
LA VEJEZ NO ES UNA DESVENTURA
  • LA VEJEZ NO ES UNA DESVENTURA
Por ÁNGELA MARULANDA | Publicado el 23 de febrero de 2013

En una era en que lucir jóvenes y bellos es más importante que nunca, la vejez se ha convertido en una desventura que se trata de evitar a toda costa.

Por eso, lo peor ya no es la sordera, las arrugas o la calvicie propias del paso del tiempo, sino el menosprecio con que se trata a quienes tienen más de seis décadas porque ya no son tan atractivos ni productivos.

Como resultado, en lugar de estar disfrutando del retiro, los nietos y una vida sin tanta agitación, en la tercera edad vivimos estresados, procurando parecer lo que ya no somos. Y lo que logramos, gracias a los avances de la ciencia, es agregar años a la vida pero no calidad de vida a los años.

Sería absurdo que todo lo bueno fuera para la juventud y lo malo para la vejez. Hace un tiempo los viejos eran las personas más veneradas de la sociedad, pero hoy son las más rechazadas. Parece que olvidamos que los años traen grandes ganancias: los ancianos son la reserva de afecto y bondad de la sociedad, además de que en ellos se reúne lo mejor de las etapas más bellas de la vida: la sabiduría de la vejez y la ternura de la niñez.

El futuro no es algo a lo que estamos condenados, sino algo que vamos construyendo. Pobres de nosotros si no trabajamos por recuperar toda la veneración que le corresponde a la ancianidad. Y si no dejamos de luchar por parecer lo que ya no somos para valorar lo que sí podemos tener en la ancianidad: el altruismo, la benevolencia, la magnanimidad y la serenidad que florecen cuando no solo envejecemos, sino también maduramos. No estamos gozando las bendiciones de la tercera edad, engañados por las vanalidades que promete la cultura consumista centrada en tener lo que no necesitamos y parecer lo que no somos. Nuestro reto es transformar el desprecio a la vejez, enseñándoles a las nuevas generaciones a admirar el buen corazón y la sabiduría de los abuelos.

Tenemos que devolverle a la tercera edad la categoría de "edad de oro".

Se ha dicho que "una persona no envejece cuando se le marchita la piel, sino cuando se le marchita el alma", y en la vejez es cuando el alma florece, cuando nuestra belleza interior resplandece para iluminar el sendero de quienes nos siguen en la trayectoria por el mundo.

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