HISTÓRICO
Las 220 plazas de vicio que preocupan a la Policía
Por NELSON MATTA COLORADO | Publicado el 04 de abril de 2013
"¡Oe, ¿cuántas, cuántas?…", pregunta a media cuadra de distancia el supuesto "campanero" de Barbacoas, confundiéndome con un consumidor que busca la dosis.

La cara de forastero termina delatándome, y pese al esfuerzo por ocultar la cámara, el muchacho descamisado se comunica con la mirada con sus compinches de la cuadra. Todos se alertan, guardan cosas, cambian de posición. "Me pillaron", pensé.

Uno de los indigentes que acampa en la acera se yergue empuñando un chuzo, pero el peligro es conjurado por la llegada furtiva de una patrulla. Los uniformados buscaban un vehículo robado y allí lo encontraron: una camioneta Mazda de estacas, hurtada el pasado viernes en Manrique.

"¿Usted está solo?", indaga incrédulo uno de los policías. Al saber que soy reportero, enseñan dos bolsas con media libra de marihuana y unas 50 dosis de basuco. "Vea lo que hemos cogido aquí, y apenas llevamos tres horas".

De acuerdo con investigadores del Grupo de Estupefacientes de la Sijín, en el Valle de Aburrá están identificadas unas 220 plazas de vicio, de las cuales 180 se localizan en Medellín (el 80%).

La comuna 10 (Candelaria) alberga 88 de esos sitios, además de 25 puntos de acopio, donde la mercancía llega en kilos y se distribuye en dosis a varias plazas.

Aunque se trata de un mercado negro histórico, de nuevo la lupa de las autoridades se ha posado en él gracias a la directiva del presidente Juan Manuel Santos: "Acabar ollas de vicio en dos meses", es la propuesta. No obstante, al recorrer Barbacoas, uno se da cuenta lo difícil que será cumplir esa tarea.

Los puntos críticos
La Sijín tiene identificados 15 puntos en Medellín, considerados como áreas críticas en el expendio y consumo de estupefacientes. Del Centro están Barbacoas, Niquitao, Rojas Pinilla, el Parque del Periodista y Los Puentes.

La lista se complementa con Lovaina y Aranjuez (comuna 4), El Hueco de La María (5), El Diamante y Villa Flora (7), Caicedo (9), Barrio Cristóbal (12), Cristo Rey y Barrio Antioquia (15) y San Bernardo (16).

Estos sectores se caracterizan por tener expendios móviles y a domicilio. Otros parecen "fortalezas" casi impenetrables.

"Cuando vamos a hacer un operativo en Barrio Antioquia, los jíbaros se dan cuenta antes de que entremos. Vamos en taxis, hasta disfrazados de indigentes, pero tienen tantos ‘campaneros’ que es difícil que no nos noten", cuenta un investigador.

En este sitio, enclavado entre los barrios Trinidad y Santa Fe, la distribución de alucinógenos es un negocio de décadas y ha alcanzado tal nivel de especialización en el ocultamiento de la mercancía, que los agentes de la Sijín se han topado con viviendas que tienen rejas electrificadas y puertas blindadas. "Les llamamos ‘búnker’", dicen.

Es una situación muy diferente a Barbacoas, localizado en pleno corazón del Centro (calle 55A con la carrera 50). Aquí el factor principal es el deterioro social: mendicidad, prostitución, abandono y comercio confluyen en un pequeño recodo urbano.

Una chica travesti, luciendo yines calientes, se aproxima: "Mire cómo sonrío para la cámara", expresa mientras se ensortija el cabello con el dedo índice. Con sus largas piernas se desliza por el callejón como si fuera una pasarela, caminando entre cacharreros, empleados de una carnicería que cargan patas de marranos, viciosos y administradores de residencias.

"¡Gas…", le grita uno de ellos. La travesti gira bruscamente, con el rostro desfigurado. "¡Por eso es que uno les chuza esa cara…", responde.

Un policía del área cuenta que en Barbacoas los jíbaros usan a los consumidores para distribuir la droga entre sus semejantes. "Se aprovechan de la ley, porque la Corte considera que los adictos son enfermos y no traficantes, y eso los beneficia cuando los capturamos".

Allanamientos
Mientras esto sucedía en Barbacoas, a pocas cuadras de allí, en el Bazar de Los Puentes, la Fuerza Pública ejecutaba un operativo relámpago.

Decenas de funcionarios registraron palmo a palmo el establecimiento, incluso hasta en los techos, liderados por un perro antinarcóticos con un olfato infalible.

En unos 20 minutos, recogieron 2.000 dosis de marihuana y basuco, así como 47 armas blancas.

"De esta manera impactamos las bandas de la ciudad, pero tiene que ser un trabajo permanente", declaró el general José Mendoza, comandante de la Policía Metropolitana.

Y en su cuenta de Twitter, el presidente Santos escribió: "Avanzamos en lucha contra microtráfico. @Policiacolombia intervino ‘olla’ de microtráfico en el Bazar de los Puentes de Medellín".

Ese avance, sin embargo, tiene sus complejidades. "Si una persona llama por teléfono y dice que acaba de ver que unos sujetos entraron droga a una casa, nosotros no podríamos responder de inmediato", relata un investigador.

La razón es que en Medellín no existen fiscales especializados en el tema de estupefacientes y el trámite de una orden de allanamiento se tarda de tres a cuatro días. En ese tiempo la droga desaparece de cualquier recinto.

La excusa es la misma de siempre: exceso de carga laboral, fiscales con hasta 500 expedientes y jueces con igual número de procesos pendientes. Una situación que juega a favor de los traficantes.

Hay hoteles y residencias, denominados "chirreteaderos" en el bajo mundo, que ofrecen sus instalaciones para que los adictos se entreguen al banquete de alucinógenos sin ser vistos.

Para el próximo martes está programada la visita del fiscal General de la Nación a Medellín. Esta será una de las peticiones que escuchará Eduardo Montealegre.

En medio de la citada dificultad, la Sijín se las ha arreglado para realizar 27 allanamientos este año, logrando 90 capturas en flagrancia e incautando 19 armas de fuego.

En Barbacoas, la presencia de policías y periodistas parece tener a la gente sin cuidado. "La próxima vez que vaya a venir, avisa pa’ bañarme", me pide uno de los consumidores, saboreando la marihuana.