HISTÓRICO
Las advertencias de las Farc
  • ILUSTRACIÓN MORPHART
    ILUSTRACIÓN MORPHART
EL COLOMBIANO | Publicado el 21 de enero de 2013

Las Farc siempre han padecido un problema de personalidad: sus cortos picos de poderío militar y su temida capacidad terrorista les provocan ciertos alardeos chocantes frente al conjunto de los poderes estatales, entre ellos la institucionalidad y los ciudadanos.

Al finalizar la tregua, anunciada el 20 de noviembre pasado, y que duró hasta el domingo 20 de enero, sus voceros entregan declaraciones en tono de sentencia. Es como si sobreviniera una ofensiva incontenible. Les dan el mensaje a los colombianos de que de nuevo se reactivará un plan de ataques destructores como los ocurridos en Cauca, entre octubre y noviembre de 2012.

Alias "Iván Márquez" se mostró consternado al declarar: "con dolor en mi corazón, tengo que admitir que volvemos a la fase de guerra que nadie en este país quiere". Quién les cree a las Farc si el domingo mismo ya estaban hostigando, con tatucos y fusiles, las paredes del comando de policía de Hacarí, Norte de Santander. Hubo heridos. Y ya dejaron sin energía eléctrica a Orito, La Hormiga y San Miguel, en Putumayo.

El país continúa esperando que las Farc, de una vez por todas, entiendan que se requieren gestos desinteresados y patrióticos, sin contraprestaciones, que den señales de un interés genuino por desescalar y terminar la guerra interna.

Alias "Marcos Calarcá", uno de los voceros principales de la guerrilla, en Cuba, declaró que "desafortunadamente, se reanuda la confrontación (...) Volvemos a como estábamos el 19 de noviembre del año pasado". Es como si ese fuera el estado natural, el deber ser de las Farc: disparar, poner bombas y arrojar cilindros. ¿A las Farc las satisfacen los caseríos ardiendo y la gente emprendiendo la "eterna retirada" ante sus disparos y explosiones? ¿Si les basta con defenderse de la Fuerza Pública, por qué no anestesian sus cañones un tiempo más?

La tregua, entonces, solo puede extenderse si el Gobierno acepta la imposición de un cese el fuego bilateral. Y eso, como lo dijo ayer el vicepresidente Angelino Garzón, "es pedirles imposibles al Estado y a los colombianos", que no pueden resignar su seguridad, su soberanía y la persecución de quienes por décadas han dejado una estela de muerte y ruinas por todo el mapa nacional.

Y ofrecen también las Farc, como paño de agua tibia, un "tratado de regularización de la guerra" que permita poner a los civiles por fuera de las hostilidades entre ellos y las Fuerzas Armadas. Pactos que están dirigidos a elevar su perfil de beligerancia y sus exigencias políticas. Como si para ello no existiese ya una normativa suficientemente amplia y aceptada universalmente: el Derecho Internacional Humanitario (DIH). Los Convenios de Ginebra y sus adicionales.

Lo que pasa es que las Farc nunca han querido aplicar las normas de lo que en sus inicios fueron las reglas de los caballeros en combate: respetar a los combatientes fuera de combate y a los civiles y sus bienes, prácticas y recursos esenciales. La guerrilla en este país ha reclutado menores, destruido templos, fuentes de agua, ha secuestrado, lanzado armas no convencionales incontroladas, ha fusilado civiles, soldados y policías inermes. Ha asesinado sacerdotes y volado puentes. Es larga la lista.

Entonces, que ahora no intimide más. Que no amenace y chantajee con volver a la guerra. Que dé muestras de querer cambiar su panorama de violencia. Dos meses no nos son suficientes para creerle que, de verdad, anhela terminar el conflicto y hacer la paz.