HISTÓRICO
LAS BODAS DE CANÁ
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    LAS BODAS DE CANÁ |
Por P. HERNANDO URIBE C., OCD * | Publicado el 17 de enero de 2013

Mi fantasía se embebe contemplando las Bodas de Caná en el Evangelio de Juan. Unos novios que se prometen amor eterno. Unos invitados que participan de ese gozo indecible. Unos sirvientes que se esmeran porque la fiesta sea un recuerdo imborrable de felicidad. Y dos personas, un hombre, Jesús, y una mujer, María, cuya presencia dejará de esta boda memoria perdurable.

María asiste con la simplicidad de quien es dueña de todo no teniendo nada. Para que nada falte, tiene puesta la mirada en cada gesto de la boda. Sabe que cuenta con un poder tan armonioso como penetrante. Y Jesús, que hace presente el infinito en el tiempo con la naturalidad de las cosas elementales como la mirada que en un instante llega al cielo, sabe que su madre tiene la palabra.

La singularidad de los dos, María y Jesús, deja estupefacto al que lee el evangelio con atención. Queda fuera de sí al constatar su cercanía lejanísima, su lejanía cercanísima. El ir y venir de la tierra al cielo, del cielo a la tierra les resulta del todo natural, puro juego de niños. Por algo el reino de los cielos es de los que son como ellos. Jesús y María lo son.

Nadie espera que ella, María, se dé cuenta de que el vino faltará, pues en ese instante la fiesta llegaría a su fin. Mas ella tiene la conciencia de ser la madre de todos. "No tienen vino", dice a Jesús. "Todavía no ha llegado mi hora", responde él.

María dice a los sirvientes: "Hagan lo que él les diga". De ella depende que la fiesta sea impecable. Al saber quién se lo manda decir, Jesús ordena que llenen de agua seis tinajas de piedra, de 80 a 100 litros cada una, y las lleven al maestresala.

"A quien es calculador le parece absurdo que Dios sea generoso con el hombre. Sólo quien ama es capaz de entender lo absurdo del amor" (Ratzinger). Esto son María y Jesús en las Bodas de Caná.

Jesús dispone un Reino en la casa del Padre donde sus amigos llegan a "comer y beber" (Lc 22, 30). Es decir, el cielo es un banquete, del cual las bodas de Caná son símbolo, anticipo. Es del todo admirable María en las Bodas de Caná.

Gracias a ella, la plenitud de la revelación como sobreabundancia divina, supera infinitamente toda necesidad. Es suficiente sólo cuando es excesivo, el amor.