HISTÓRICO
Las librerías del centro sobreviven
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Por MÓNICA QUINTERO RESTREPO | Publicado el 19 de noviembre de 2012

La librería Dante tenía 85 años cuando cerraron sus puertas en septiembre. Lo hizo Federico Cuartas, el librero, que había heredado el oficio de su padre. Federico se lo dijo días antes de cerrar a Diego Aristizábal , columnista de este periódico: su ciclo terminó.

No hubo remordimiento por los que preguntaban el por qué. Él lo sabía: esos que pasaban no visitaban la librería y los que no lo hicieron antes, no lo iban a hacer ahora.

Una librería menos en el centro de Medellín. Un lugar menos para los libros y, además, un espacio menos para la tertulia, para sentarse a conversar con el librero y esperar esos detalles del autor, de los tantos años que el libro tenía encima.

Todavía, por supuesto, sobreviven muchos otros sitios, pero, como dice Luis Alberto Arango , de la librería Palinuro, "más que aparecer, hemos visto desaparecer librerías".

La metáfora podría ser como el de los viejos a los que se les van muriendo los amigos, por los tantos años. Las razones pueden ser muchas y, no necesariamente monetarias, aunque en el trasfondo sí esté el sostenimiento.

Una más que se fue este año fue el Callejón de las palabras. La decisión fue administrativa, explica Fernando Ríos. No es que les fuera mal, pero tomaron una decisión: volverse virtuales y aparecer, físicamente, en las ferias. "Decidimos apostarle a las nuevas tecnologías".

De todas maneras, acepta que no es fácil eso de tener un local y pagar arriendo, sabiendo que "se sobrevive al día". Ahí hace hincapié en que no hay una política y, por ejemplo, los que surten a los colegios son las editoriales, directamente, y no las librerías. Una opinión.

En el centro hay varios tipos de librerías, explica Juan Hincapié , de los Libros de Juan. Están las especializadas, las de libros antiguos y las nuevas.

Las primeras, apunta él, están golpeadas, porque alguien que estudia derecho va a preferir actualizar el código por internet, que volver a comprar el libro. De las de libros antiguos, señala Luis Alberto, no quedan muchas. Serias, por lo menos, que le hagan lo que él y Juan llaman curaduría de los libros.

Sobreviven por amor, pero, además, por las rarezas literarias, por tener esos libros que ya no se editan. Son libreros, cuenta Juan, que tienen textos que no se consiguen en internet, por lo que no compiten con ese grande, y que muchos de ellos son bellos.

"Es quijotesco. Literalmente es así. No es un oficio que dé dinero", concluye Luis Alberto. Por eso está seguro que sobrevivirá, siempre y cuando haya libreros comprometidos.

Matilde Sierra, coordinadora de La Anticuaria de San Ignacio, explica que hay punto de equilibrio, que se siguen sosteniendo, pero que la cosa no es fácil. "Todavía hay lectores, pero los buenos lectores que teníamos antes, ya no están". Entonces habla de la importancia de concientizar. "No es lo mismo un libro, que pegarse a la pantalla".

No obstante, aclara que las ventas son por tiempos. De enero a abril, en temporada, les va muy bien. En junio la cosa es más compleja. Por estos días es de temblar. En diciembre se arregla un poco, por los turistas.

Ahí van, en todo caso. Creyendo en el libro. En esos espacios para el encuentro. Para un café. Para una lectura. Todavía quedan muchas librerías, pero quizá no son tantas. También depende de usted.