HISTÓRICO
LEER, INCLUSO MUERTO
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Por DIEGO ARISTIZÁBAL | Publicado el 06 de marzo de 2013

Hace poco el presidente del Éxito, Gonzalo Restrepo, dijo algo que me pareció muy bello: "Apenas deje mi cargo leeré hasta quedar ciego". La afirmación, que puede parecer exagerada, no lo es. Borges se quedó ciego pero siguió leyendo, la lectura le permitió seguir viendo con más agudeza todo lo que oía. Como lo más probable es que yo nunca me jubile, lo único que deseo, en esa misma línea del doctor Restrepo, es poder leer, o que me lean, incluso cuando esté muerto.

Pero como aún vivo y puedo leer lo que desee, así el tiempo dure cada vez menos, esta semana leí apartes de Emerson en un libro que escribió Robert Richardson: "Primero leemos, después escribimos". La virtud que tiene este libro es que es una especie de recorrido "subrayado" por las ideas de Emerson. Desde luego el autor dejó muchas por fuera, pero está bien para abrirlo de repente y darnos un paseo por la mente del escritor norteamericano quien incitó tanto a los jóvenes a eliminar los ídolos porque los radicalismos en el conocimiento hacen mucho daño.

Mientras leía pensé mucho en Emerson, por supuesto, pero también en otras cosas. Pensé, por ejemplo, en la preocupación que existe hoy en Medellín porque muchos jóvenes no leen y, además, no entienden lo que leen, lo distorsionan todo, no interpretan, no comprenden; mejor dicho, lo único que sacan de la lectura son bostezos.

Estas simples reflexiones se comieron por lo menos diez páginas del libro que leía pero no me importó, seguí mis pensamientos que venían y se iban mientras pensaba en lecturas para mi próxima clase, en una idea que apareció de repente. Una vez más entendí que la lectura siempre deja algo. ¿Acaso ustedes no han leído pensando en otra cosa hasta que encuentran la respuesta indirecta de un asunto que no habían considerado? Vaya a saber por qué ciertas lecturas, a veces, nos separan tanto del texto pero nos conectan muchísimo con otras realidades, con otras posibilidades que, luego, cuando volvemos serenamente sobre el libro, podremos comprender mejor.

Si aprovecháramos esta figura "reprochable" podría surgir un pretexto creativo. Las palabras construyen un juego, elevan la mente a lo más puro del aprendizaje. "Cada palabra que pronunciamos tiene mil caras, o es convertible a un número indefinido de aplicaciones. Si no fuera así, no podríamos leer ningún libro. Tu comentario sólo sería adecuado para tu caso, no para el mío", dice Emerson.

Así las cosas, nuestras interpretaciones no se limitarán a repetir lo que otro quiere que digamos sino que nuestras ideas podrán decir algo que el otro no había pensado. En la medida que asumamos la lectura como un fenómeno que no está aislado de nuestras inquietudes, podremos entender que leer no es aburrido, al contrario, es un pretexto para pensar a diario en cualquier cosa. Nadie puede pretender limitar las múltiples experiencias de lectura. Cada uno debe descubrir sus propios hábitos.