HISTÓRICO
Letras para una tristeza sin nombre
  • Letras para una tristeza sin nombre
Por MÓNICA QUINTERO RESTREPO | Publicado el 09 de marzo de 2013

Lo que no tiene nombre no tiene nombre, aunque pasen 135 páginas. Piedad Bonnett no oculta nada: el suicidio es suicidio, la esquizofrenia es esquizofrenia, la tristeza es la tristeza.

Es su historia traspasada por la literatura (y la poesía que está en la prosa), pero no por la ficción. Es su hijo Daniel y la enfermedad y luego el suicidio y después eso que se siente tras la muerte y otra vez devolverse a la enfermedad, ser madre, recordar esos años y llegar otra vez a la Señora Muerte.

Al final escribe, "he tratado de darle a tu vida, a tu muerte y a mi pena un sentido". ¿Lo que no tiene nombre es una manera de darle vida a Daniel?
"La épica y la narrativa de ficción crean personajes vivos, a veces más vivos que los reales. Ese milagro hace la literatura. En este caso, el de mi testimonio, hasta cierto punto Daniel vuelve a vivir cada vez que un lector se acerca a mis palabras. Los muertos tienen la fuerza que los vivos les dan, dice Javier Marías. Pero la vida del libro no es la vida que yo desearía que tuviera: la realidad irrefutable es que él no está ni estará".

¿La literatura le quita peso a los escritores cuando escriben su propio dolor?
"Hay unas realidades objetivas en la vida, incontrovertibles: que a mi hijo le apareciera una enfermedad mental en la plenitud de su vida, por ejemplo. Pero cada uno "lee" la vida de una manera distinta, se la inventa, como decimos coloquialmente. Detrás de esto está el poder del espíritu, la capacidad de sabiduría que la misma vida nos puede dar. Y sí, al menos a mí la literatura me permite transmutar, sublimar, comprender. ‘La palabra sustituye’, dice en un poema Álvaro Mutis".

Este es un libro de preguntas que no tienen respuesta, pero ¿escribirlas no es ya darles un sentido, soltarlas?
"Sí, al menos desde la literatura, porque ella no busca respuestas; la literatura interroga al mundo, se pregunta por el sentido de las cosas, señala la dificultad de encontrar verdades últimas".

"Porque narrar equivale a distanciar, a dar perspectiva y sentido", escribió. ¿También compartir?
"Totalmente. La escritura solo para uno mismo es incompleta. Es el lector, que comparte con el autor sus ideas y sus sentimientos, el que debe cerrar el proceso".

¿Compartir para qué?
"La literatura en su sentido más hondo existe para escarbar en la conciencia de los lectores, para removerlos y muchas veces incomodarlos. Compartir es en este caso sentir con otros, así cada uno sienta cosas diferentes. Como el teatro, la literatura permite también hacer catarsis, muchas veces colectiva, aunque se dé por separado en cada individuo".

Si mantuvieron la enfermedad en secreto, ¿por qué contarlo en un libro?
"En la familia íntima – porque nadie más que nosotros lo sabía, ya que Daniel llevaba una vida de estudio y trabajo que ocultaba su mal- el secreto de su enfermedad lo mantuvimos por solidaridad con él, que no quería que le cayera encima el peso del estigma social. Una vez muerto Daniel, ya nada le puede hacer daño, y en cambio sí puedo narrar su tragedia para que otros vean cuánto puede sufrir silenciosamente el que está a su lado, y para señalar los tabús e incomprensiones de la sociedad y a veces de uno mismo".

Uno podría pensar en la autocompasión, pero no, y uno lo siente así: la necesidad de contar su verdad, sin adornos, como le duele, como la sintió. ¿Sí?
"Esa voz mía es importante y quiere ser así, como lo digo con las palabras de Rafael Cadenas, el poeta venezolano: ‘Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdades. (…) quiero exactitudes aterradoras’. Pero mi voz conduce al lector a realidades que son de todos: la salvación por el arte, la medicina psiquiátrica, una noción de destino que en la modernidad tiene una cara muy diferente a la de la antigüedad…".

Después de leer tanto, qué piensa, ¿por qué tanto miedo a pronunciar suicidio?
"Creo que ocultar el suicidio, no nombrarlo, obedece a dos razones: a una fidelidad a la iglesia católica, que ha dicho que es un pecado porque el hombre dispone de lo que sólo podría disponer Dios. Este es, pues, un problema que se plantean los creyentes. Y en segundo lugar, por algo mucho más inquietante: cuando la gente cree, en el fondo, que en las mentes de otros el suicidio sería una salida, se le ocurre protegerlos de esta tentación con el silencio. Pasa en ciertos colegios, por ejemplo, cuando un alumno se suicida. Detrás de esta actitud se esconde el miedo a la autodeterminación humana, pero también un sentido equivocado de lo que es la protección al que sufre. No es callar sino hablar lo que puede salvar una vida".

"Qué difícil escapar a la ortodoxia, a los caminos trazados por una sociedad que determina cuáles son las formas del éxito". ¿La sociedad nos limita?
"Solemos ser presas, por la educación que hemos recibido, de unas ideas preconcebidas sobre los caminos que debemos transitar para obtener éxito. Tácitamente yo trato de mostrar qué equivocados podemos estar, y qué necesidad hay de ser flexibles y de buscar, ante todo, la felicidad".

Se preguntó ¿cuánta verdad contar? ¿Y el pudor?
"El pudor nace del tono, de la forma. Se puede contar casi todo si se encuentra cómo hacerlo, y si se tiene claro que no ofende a nadie, empezando por el lector".

¿Qué no tiene nombre?
"Esa profunda tristeza de ver que un hijo escoge la muerte para eludir el infinito dolor de cada día".

¿Es su forma de no olvidar?
“Tal vez sí. Ya lo mostró García Márquez en Cien años de Soledad: los macondianos acuden a escribir los nombres de las cosas cuando la peste del insomnio los amenaza con el olvido. La palabra escrita, desde siempre, rescata. Es escribiendo como podemos recuperar la historia, tanto la pública como la privada”.
 
De todas maneras, el libro termina siendo su manera de hacer el duelo. ¿De abrir y cauterizar las heridas como escribe Millás?
“Un libro como este no anula el dolor, pero sí permite sanar mejor, tal y como lo señala Millás. Pero yo creo que mi intención no fue exclusivamente terapéutica”.
 
¿El libro es una manera, también, de hablar de la enfermedad, de alertar, de contar para que otros que pasen por ella, tengan más elementos, más ejemplos?
“Sí. Se sabe muy poco sobre la esquizofrenia, una enfermedad con muchas caras y muchas variantes. Aunque yo no alcanzo a profundizar demasiado, si la muestro en su dimensión, y también muestro cómo en ciertos casos, y con buen acompañamiento médico,  se puede sobrellevar”.
 
Habla del miedo a nombrar la enfermedad ¿Nos da miedo el estigma?
“La gente tiene ideas preconcebidas y esquemáticas de la enfermedad. Confunde, por ejemplo, a alguien con problemas psicóticos, con psicópatas. El rótulo puede ser fatal. Por eso ni el enfermo ni su familia quiere nombrar esa palabra”.
 
Hay un párrafo que dice: “En mí persiste la sensación de que esta es una situación provisoria, circunstancial. Siento que algo está por suceder, que algo tiene que pasar. Y de pronto comprendo: lloro y nada pasa. Leo y nada pasa. Escribo y nada pasa”. Después de que ya está escrito Lo que no tiene nombre, ¿sigue sin pasar nada? Porque uno creería que no.
“Lo fundamental, eso que uno absurdamente espera en los primeros días del duelo que suceda - que Daniel abra la puerta, entre, me abrace-  no va a pasar. Pero, por lo demás, pasan, pasan muchas cosas. Por la solidaridad y el cariño de los amigos, por la manera como escojamos de seguir la vida”.
 
Una de las preguntas que se hace, incluso al principio del libro con una cita de Paul Auster es, por qué a mí. Después del libro, supongo que ha reflexionado sobre la pregunta. ¿Alguna explicación ha encontrado?
“No. Esa es una pregunta retórica, pero que nos conduce a esa reflexión que desde los griegos nos hacemos sobre el destino”.
 
¿Le permitió el libro exorcizar, reconciliarse, encontrarse con Daniel?
“Sí. Sobre todo, reencontrarme con un Daniel con más aristas humanas que el que yo veía en casa”.
 
¿Hizo las pases con la vida?
“No hay manera de no hacerlas, sin caer en la amargura. Pero es difícil hacer las paces con la vida, no sólo por nuestras tragedias personales, sino porque a diario vemos injusticia y dolor en ella”.