HISTÓRICO
María Nelly esperó 36 años para tener luz
  • María Nelly esperó 36 años para tener luz | ¡Listo… Hay energía. Un servicio cotidiano para la mayoría de nosotros. La mirada de María Nelly cuenta la historia. FOTO HERNÁN VANEGAS
    María Nelly esperó 36 años para tener luz | ¡Listo… Hay energía. Un servicio cotidiano para la mayoría de nosotros. La mirada de María Nelly cuenta la historia. FOTO HERNÁN VANEGAS
POR GUSTAVO OSPINA ZAPATA | Publicado el 27 de abril de 2013

La luz, que viaja a 300.000 kilómetros por segundo, tardó 36 años en llegar a la casa de María Nelly Serna Vásquez. Aterrizó el pasado martes 23 a las 6:30 de la noche, cuando en la vereda Alto Bonito, de Argelia, todo era oscuridad y sólo una vela iluminaba la vivienda.

Entonces todo cambió. Cuando uno de los contratistas de Empresas Públicas de Medellín encargados de llevar la instalación hasta la casa giró el bombillo sobre el plafón y se hizo la luz, María Nelly y su esposo Libardo Quintero, que estaban sentados en la cama, se abrazaron, rieron, se dieron un beso que pareció infinito y luego la señora se animó a decir unas palabras.

-¡Dios mío, gracias, esto es un milagro, es el día más feliz de mi vida…-, expresó y soltó a Libardo, el padre de sus cinco hijos, y se hundió en un silencio matizado de llanto.

-Perdonen, esto es grande y no lo puedo evitar-, dijo y secó, con sus manos, las lágrimas que rodaban por su cara. Un rostro que Libardo nunca había visto tan pleno, tan bello, tan elemental. Ella, como si sintiera lo mismo, clavó por un rato su mirada en él. Luego, lo tomó entre sus manos y se le aventó para darle otro abrazo. Otra lágrima rodó.

Y entonces, ante los presentes, una decena de operarios, técnicos e ingenieros de EPM, más el fotógrafo y yo, emergió la amarga historia de María Nelly y su familia.

-Yo he sufrido mucho acá. La guerrilla me hizo mucho daño, desde 2001 empezamos a sufrir, me mataron cuatro familiares, se quisieron tomar mi casa y llevarse a mis hijos, hasta que en 2003 no aguantamos más y nos fuimos-, narró.

Camuflada en la excusa de que iba para una cita médica, una mañana salió con Libardo vestida con un bluyín y una camiseta, sin nada más encima, y los guerrilleros no sospecharon que iban de huida.

-Tocaba así, porque sabía que en el camino me los iba a encontrar y si se daban cuenta de que me estaba volando no me iban a dejar-, relató María, que junto a decenas de familias de Alto Bonito y otras veredas de Argelia, soportaron el horror de la guerra hasta que sus almas y cuerpos no aguantaron más y se fueron.

A ella, el periplo del exilio la llevó con sus hijos a Yondó, San Rafael y Barbosa.

El retorno a la oscuridad
Pero en 2009, cuando amainó la guerra y la guerrilla ya no estaba en cada recodo del camino, María y Libardo retornaron. Lo hicieron solos, pues sus hijos prefirieron la pobreza en la ciudad que el martirio de vivir a ocho horas de camino de la civilización, con el vecino más próximo a otras dos horas de distancia.

Ya no había casi nada en el rancho. Los cuatro mil árboles de café, las 200 matas de plátano y todos sus animales navegaban solo en sus recuerdos. Una cosa estaba intacta: la oscuridad, el aislamiento. Ese olvido estatal que es casi tan cruel como la guerra. María, enferma del corazón y con problemas de columna, empezó otra vez a atravesar montañas para salir hasta su pueblo.

-Uno no se puede encerrar, hay que salir, hacer vueltas-, contó ella, de 53 años, 1,55 de estatura, piel morena y mirada profundamente triste.

¿Por qué las familias que habitan estas veredas deciden hundirse en tanto olvido?

-Uno ya enfermo y viejo no encuentra más qué hacer, esto es lo único que tenemos-, respondió Libardo, de 1,65 de estatura, piel trigueña, bigote y un rostro que se le ilumina más cuando mira a María.

Pero los esposos, condenados a la soledad sin sus hijos, un tiempo pensaron en volverse a ir y sólo una cosa ilusionó sus vidas:

-Yo venía pidiendo la conexión de la energía, y ya que la tengo, de pronto me quedo acá en la vereda-, dijo ella.

Aún no tiene ni bombillos para toda la casa, un rancho de madera con dos piezas y una rústica cocina de la que todo el tiempo sale humo hacia los cielos. Pero la electricidad da esperanzas, motivación para ir abandonando el olvido.

Ellos, que nunca vieron "El patrón del mal", que llevan años sin seguirle la pista a una telenovela, que encerrados en el rancho se perdieron la elección del Papa y que ni idea tuvieron de todas las horas de televisión y radio que se robaron la muerte de Hugo Chávez y la elección de Maduro, se aferran el progreso que trae la energía eléctrica.

-Un día iluminan los caminos o nos hacen carreteras y esto se pone bueno, porque usted ve lo bonito que es, así volverán muchos que se han ido-, repitió María con la luz artificial cayendo diagonal sobre su rostro y el de Libardo y sobre las paredes, el viejo escaparate, el techo de zinc y la ropa colgada en un alambre junto a su lecho de sueños.

-Sería rico un televisorcito para ver las noticias, una licuadora o una neverita, pero uno sin un peso cuándo va a conseguir eso-.

Los caminos de la luz
Pero una cosa es encender las bombillas y otra más compleja el camino recorrido para llevar la energía hasta las casas.

Lo que parecería imposible por la inmensidad de las distancias y la hostilidad de los caminos, EPM lo hace posible cada día con su programa Antioquia Iluminada, que busca llevar electricidad a los sitios más recónditos de Antioquia, donde falta todo y la pobreza y el olvido carcomen como un cáncer, pues la misma guerra estancó todo progreso.

Llevar las redes a estos hogares es de héroes. Para sentir la dimensión de lo que hacen, acompañamos al equipo encargado de extender la luz a la casa de María Nelly.

El grupo, cercano a las diez personas, incluidos dos interventores, partió el lunes monte adentro a las 8:30 a.m. de la vereda La Mina, donde acaba la carretera y empieza un camino que no hay que medir en kilómetros sino en penurias. Tiene trayectos empedrados, otros de lodo, muchos con troncos de madera, unos muy cortos en arena o tierra, varios que son charcos y muchos, combinación de todos.

Para los que hemos hecho estos tramos apenas unas veces, el viaje es un martirio.

-El camino es duro, son caminatas muy largas, veredas a ocho horas a pie, toca entrar, salir, quedarnos hasta 15 días sin ir a Medellín, es la nostalgia de estar solos-, comentó Luis Fernando Vásquez, interventor y a quien le toca hacer los trayectos con los contratistas que ejecutan los trabajos. Su función es velar que todo lo que se reseñe en la planilla se instale perfecto, con el sello de EPM.

Hay ratos en los que las montañas parecen infinitas. Se sube una pendiente de 500 metros y en vez de aparecer la planicie, asoma otra altura, a veces más inclinada. El reloj no avanza. Siempre faltan horas y más horas, minutos y segundos eternos y un cansancio que solo compensa la exuberancia de los paisajes argelinos.

-La satisfacción mayor es ver la alegría de estas familias cuando les llega la energía. Uno sabe que es duro, pero es algo social que da mucha alegría-, expresó Christian Ramírez, planillero de la firma contratista, un correcaminos, que en el trayecto nos tomó dos horas de distancia. Él lo hizo todo a pie, pero los demás, a ratos lo recorrimos en mula, en las mismas que se transportan los cables, postes y transformadores y en las que es difícil aguantarse más de dos horas montado.

Son hombres sencillos, que extrañan a sus padres, esposas, novias e hijos, la vida familiar.

-Usted no imagina la falta que me hace mi hijo Matías Andrés, me da miedo que no me reconozca cuando llegue o que me diga tío, ja, ja, ja-, apuntó Christian.

A las 5 y 15 minutos de la tarde, tras haber atravesado no sé cuántas montañas, ríos, quebradas, abismos y cascadas y habernos quejado hasta el cansancio de las vicisitudes del camino, por fin apareció la casa de María. Ella nos esperó con limonada fría para devolvernos la vida.

Y tras una noche helada y de aguacero, el martes se hizo la instalación. Fue la recompensa, cuando a la casa se le puso luz. María, que tuvo primero celular que energía, quedó más enamorada de su tierra y espera que le ayuden a conseguir las cosas para la casa, porque aún no le ha dicho adiós al humo, pues ni tiene fogón.

Su felicidad recompensó el esfuerzo. Los pies casi reventados y con ampollas por la larga travesía son nada comparados con la emoción de ver la casa iluminada y a María feliz.

¿Volvería a atravesar el monte y caminar más de veinte horas para ser testigo de un acontecimiento similar? Tal vez. El periodismo es una pasión. La vida, en cambio, es ilusión, una efímera ilusión....