HISTÓRICO
ME DECLARO IMPOTENTE
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    ME DECLARO IMPOTENTE |
Por ELBACÉ RESTREPO | Publicado el 07 de septiembre de 2013

Mi buzón de correo se convierte muchas veces en un consultorio al que acuden algunas personas en busca de ayuda. El nombre con el que me bautizaron se pierde entre las angustias de los remitentes y se convierte en una especie de "doctora Corazón", que muy poco puede hacer para quitarles las piedras del zapato.

Recibo esas historias, quejas, dudas y problemas con sentido solidario, a la vez que agradezco la confianza en mí depositada, pero, muy a mi pesar, casi nunca tengo herramientas para ayudarles.

No tengo más que mi voz para decir "lo siento mucho", un teclado para reenviar a quien considero que puede hacer algo y este espacio para quejarme, lo que tampoco sirve de nada, porque parece que quienes sí podrían hacer mucho no leen columnas de opinión, cosa que dudo, o tienen una consigna general, cosa de la que estoy casi segura: ¡Ignorarlas…

Los casos se cuentan por docenas, pero agrupo en unos pocos ejemplos los más recurrentes y representativos de la negligencia empresarial y algunos otros con olor a estafa:

Sobre la ética empresarial de algunas compañías aseguradoras, que hay que demandar y esperar durante años para que accedan al pago de los seguros que han adquirido sus asegurados. No es ético decirle a una familia que ha venido luchando durante tres años por el reconocimiento de un seguro de vida, legal y oportunamente adquirido por el padre, que "negociemos" o que "rebaje" la pretensión a la que legalmente tiene derecho para proceder al pago. No lo es.

Sobre algunas empresas de administración de propiedad horizontal, que también hay que demandarlas porque, en el colmo del descaro, no pagan el canon de arrendamiento pero tampoco devuelven el inmueble a sus dueños.

Sobre los operadores de telefonía celular, y aquí nos podemos evitar el "algunos". Se necesitarían páginas de caucho, porque las quejas son interminables, pero un resumen implica mencionar los productos de pésima calidad que comercializan, el deficiente servicio que prestan, los altos costos que cobran y las subyugantes cláusulas de permanencia a las que nos someten, de las que no pueden liberarse ni siquiera viejitos de noventa años postrados en una cama, que mandan a alguien con la cédula a cancelar un plan que ya no usan y la respuesta es un imposible, inhumano e irracional "tiene que venir el titular".

Sobre los médicos de radio y de televisión, y no hablo de brujos ni de yerbateros, sino de algunos naturistas, con empresas legalmente constituidas, que cobran la consulta y "regalan" los medicamentos (dos menjurjes envasados en frasquitos tamaño muestra de loción). Las demás pócimas deben comprarlas en su propia farmacia. Pero, además, deben aplicarse un montón de sueros milagrosos y hacerse terapias de todos los nombres, colores, olores y sabores, a precio de oro, para garantizar la efectividad del tratamiento, que de regalado pasó a costar una millonada.

Y quedan muchos casos en remojo, pero cada quien podrá echarle sal a su propia herida.

Me declaro impotente, pero pongo estas inquietudes en consideración de quienes corresponda, con la esperanza de que la sola queja amerite llegar a una conclusión olvidada por todos: Que los clientes, usuarios, pacientes o como sea que nos denominen en sus entidades, necesitamos respeto, buena atención, respuestas claras, procedimientos eficientes y soluciones rápidas. Aunque suene a lugar común no sobra recordarles que, sin nosotros, su existencia tal vez no sería posible.