HISTÓRICO
Muerto en interiores
  • Muerto en interiores | Jorge Giraldo Ramírez
    Muerto en interiores | Jorge Giraldo Ramírez
Jorge Giraldo Ramírez | Publicado el 27 de junio de 2010

Casi no nos damos cuenta. Una nota pequeña en las páginas interiores, ninguna mención en la televisión que no informa, sepultado entre las notas predecibles de un mandato para seguir en lo mismo, del furor cuatrienal de un mundial sin balón y sin fútbol, de un muerto más famoso y también menos trascendental para nosotros; así nos enteramos de la muerte de Carlos Monsiváis.

Monsiváis es el intelectual de México en el siglo XX. El hombre público, crítico, profundo e independiente que debe ser todo intelectual. Y, a su vez, el estudioso comprometido con su gente, inmerso en su tradición y pleno de mexicanidad. Nada que ver con el modelo intelectual que predomina aún en América Latina, hecho a la europea, zalamero con el poder, ignorante de los gustos populares.

Monsiváis también fue uno de los pocos intelectuales progresistas que nunca se obnubiló con la revolución pasada ni se amargó con el aplazamiento de la revolución futura. Retrata todas las revoluciones cuando muestra que después de todas las promesas "pocos cupieron". Le importan los hechos que moldearon al Estado mexicano moderno, pero le importa más el dolor de la masacre de Tlatelolco o la solidaridad de la gente después del terremoto de 1985.

Admira en su obra el poder de conjugar en el mismo cuadro a las figuras de la izquierda mexicana, con José Alfredo Jiménez, Fidel Velásquez -el sindicalista del régimen- e Isela Vega, la actriz que parecía pornográfica a mediados de siglo. Y encantan su inteligencia y su gusto para estudiar la cultura popular y fascinarse con María Félix y Cantinflas, con Dolores del Río y Pedro Infante, con Frida Kahlo y Juan Gabriel.

Le deben todo a Monsiváis los estudios culturales. Su interés en todo lo que parece nimio, pero que es importante por el simple hecho de que la cultura es lo que hace la gente y lo que le gusta. La televisión y la lucha libre, los catecismos y las maneras de vestir, la fotografía y el cine. Nadie me ha explicado mejor el poder que tiene el fútbol: "es el acto más individual y el más colectivo", dice. Estudios en la calle, los bares, los palenques, donde la erudición y las bibliotecas leídas quedan como el invisible sótano que deben ser.

Como con cualquiera, hay cosas en las que nos parece distante. Desde un punto de vista modernizante había en él cierta nostalgia del siglo pasado, como si se lamentara con Juan Gabriel de "el México que se nos fue". Para un colombiano su nacionalismo podía ser excesivo. En particular, me sorprendía su desestimación de los cantantes que fascinaron a nuestros abuelos y padres, voces como Margarita Cueto, Carlos Mejía y los demás que forman lo que allá denominan "la bohemia".

Vino por última vez a Medellín en el primer semestre del 2009. No venía desde hacía un par de décadas y estaba abrumado, como si lo hubieran engañado y lo hubieran traído a una ciudad distinta, puesta en el mismo valle y con el mismo nombre. Lo dejó consignado en un autógrafo que le pedí sin pudor: "En Medellín, en la Universidad y al filo de la fascinación urbana".