HISTÓRICO
No pintan pajaritos
  • ILUSTRACIÓN MORPHART
    ILUSTRACIÓN MORPHART
EL COLOMBIANO | Publicado el 03 de abril de 2013

La campaña electoral, si es que así se puede llamar a esta frenética carrera de agravios, amenazas e invocaciones divinas que vive Venezuela, está cada vez más lejos de ser una antesala democrática, así se disfrace como tal.

Sin contrapesos distintos a un candidato de oposición arrinconado en sus propias debilidades y obstáculos, estratégicamente montados por el oficialismo a lo largo y ancho del territorio, la campaña política en el vecino país no avanza, sino que retrocede a tiempos en los que el miedo y el temor eran los únicos que alentaban el "derecho" al voto.

Nicolás Maduro, el candidato en funciones presidenciales, está muy lejos de parecerse a Hugo Chávez, pero algo aprendió de su mentor: si no es él, no es nadie.

Y eso no sólo se puede leer en términos mesiánicos, sino también en asuntos de seguridad. Lo que se define este 14 de abril en Venezuela no es la elección, cantada por demás, de un nuevo Presidente de la República, sino la estabilidad de la región. Y no sólo en materia política, sino también económica y de orden público.

Hay frases que dicen algo más de lo que dicen: "Esta revolución la defenderemos hasta con la vida", en palabras de un candidato como Maduro habría que tomarla como una declaración de guerra, no como una invitación democrática.

Y en ella, de paso, está la clave de las elecciones del 14 de abril. Maduro no pide que voten por él, sino que no lo hagan por Capriles, porque de ser así habrá consecuencias.

Lo que ignoran muchos venezolanos, la mayoría cooptados por los petrodólares y por los mensajes de que "viene el lobo", es que elegir a Maduro puede, y tendrá, también impredecibles consecuencias.

Si con Chávez se hacían las cosas como él dijera, con su ungido candidato no se sabe. Empezando por el peligro que representa para su propia gobernabilidad el rompimiento de filas del estamento militar en torno a su figura política y su discurso.

No serán suficientes, y menos sostenibles en el corto plazo, las mermeladas que el régimen chavista esparció durante una década a lo largo y ancho de las Fuerzas Armadas, los organismos judiciales, los órganos electorales y los más pobres para blindar sus cuarteles de poder.

La herencia que recibió Maduro no será la del capital político que sólo era de Chávez, por su carisma y estilo, pero sí será él quien tenga que responder por la debacle de la economía, la rampante inseguridad ciudadana, la destorcida de la inversión extranjera y el agotamiento que ya se siente dentro de los propios círculos bolivarianos de la "escurridera" cubana a la chequera de PDVSA.

Parodiando a Maduro, no es pintando pajaritos como se resuelven los graves problemas del vecino país y esa es la gran preocupación de la otra parte de los venezolanos, que no ven en Capriles al líder que pueda hacerlo, no por incapacidad y formación, sino por el miedo que implica votar por él.

Las palabras de uno de los miembros del Consejo Nacional Electoral, el magistrado Vicente Díaz, en el sentido de que los comicios del 14 "serán profundamente antidemocráticos", no resultan una novedad, pero sí una inocultable desviación de los principios democráticos.

Y la razón es simple: no se puede hablar de derecho al voto ni de libertad del sufragio cuando es el propio Estado el que pone al servicio de un candidato, por demás en el poder, toda su capacidad de intimidación, soborno y concentración mediática. Que no nos pinten pajaritos.