HISTÓRICO
NOCHEBUENA EN LA GALERA
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    NOCHEBUENA EN LA GALERA |
Por MICHAEL REED HURTADO | Publicado el 23 de diciembre de 2012

Aquí no entra Dios, ni el diablo, ni la virgencita. No porque la gente no crea en ellos, sino porque no hay campo y, además, espantan.

Las cárceles colombianas estuvieron en las noticias pasajeramente. Alguien se preocupó porque hubo un muerto o porque los presos y los guardianes hicieron escándalo. Pero ahora, otra vez, ni Dios ni el divino ministerio se acuerdan de las cárceles.

Recuerdo que hace algún rato tuve un intercambio con un preso que ilustra la situación. "Padrecito, de aquí sale corriendo el que pueda". Y me encaró: "¿Usted se queda o se va?" Mi respuesta fue obvia; él continuó. "Ah, ni porque fuera bobo. Aquí entran los cristianos y los curas y hablan de Dios y de su madre, pero ninguno se queda: ni los curas, ni los cristianos, ni Dios, ni su madre. Yo llevo nueve navidades, como si nada. Aquí rezan pero todos están condenados. Condenados a quedarse en este hueco".

Cuando les digo que no cabe nadie en la cárcel, mi mensaje es literal. El ambiente en los patios siempre es pesado, pero ahora es insoportable. El embodegamiento humano ha llegado al límite; los contenedores están a punto de reventar. La respiración de cada hombre está represada, se siente. Todo huele mal; el ambiente está cargado. En cada inhalación se respira una cochina mezcla: el aliento del otro (de menta o de roña, pero de otro), las heces y los orines (que por más limpieza que se haga, se acumulan por la muchedumbre), el humo de cigarrillo y de marihuana (que agrega efectos visuales a la pestilencia), el hedor ácido de comida en descomposición (de las sobras inevitables de la aguamasa del almuerzo) y el humor humano (que no es, exactamente, el que produce risas).

Además de los olores, el tiempo también se amontona en la cárcel. No es el mismo tiempo que corre por las calles o que se deja sentir con una alarma para despertar o para ir a la próxima reunión. Es el tiempo que marca y que suspende la vida. Es el tiempo con el que se mide cuánto durará este infierno: tiempo suspendido y contenido por los muros, en un patio, en un galpón, en un pasillo, en una celda. Tiempo encerrado y tiempo de encierro. Hay quienes lo cuentan -creo que la mayoría- pero son pocos los que juegan con el tiempo. A la mayoría los aplasta. La época de Navidad sirve de recordatorio inevitable de que pasa otro año, con pena o con medida -de esas que se cumplen en la prisión.

Llegó la Navidad y todos están buscando el milagrito: la libertad.

Hoy no llegará. Tanto presos como guardianes están ahí encerrados, como si nada. Es otro día, uno de miles que transcurre tras las rejas. Es un día de celebración afuera, pero otro basto día adentro, como cualquiera, sin redención. Tras las rejas: la decadencia. El tiempo va lento, carcome y castiga.

En esta Navidad pocos pensarán en los presos. Ahí seguirán: contenidos y desgarrados. Los cristianos y los curas irán a visitarlos, pero la providencia (no la divina sino la judicial) y el ministerio (el de justicia) actúan misteriosamente, como si esta podredumbre no fuera con ellos.

En esta navidad, recuerdo el ominoso cartel de un penal del sur: "aquí llegó Jesús, a suicidarse".