HISTÓRICO
Nuevas amenazas
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Gral. (r) Henry Medina Uribe | Publicado el 10 de noviembre de 2011

Como colombiano y como ciudadano en uniforme (el del Ejército Nacional) durante cuarenta y dos años, celebro con orgullo el éxito militar del Ejército, en trabajo conjunto con las otras Fuerzas.

La baja en combate del jefe máximo de las Farc fue el resultado de un proceso de planeamiento cuidadoso, coordinación detallada, inteligencia efectiva y ejecución sincronizada y valiente.

Operaciones como Odiseo van a las páginas de la historia que narran acciones militares ejemplares.

Ellas son realizadas por tropas con excelente moral de combate, bien entrenadas, adecuadamente equipadas y dirigidas por verdaderos comandantes, nunca por ejércitos sin la suficiente fuerza moral que los comprometa con una causa justa.

En la guerra siempre hay victorias y derrotas y presumir que nuestras Fuerzas Militares están desmoralizadas por algunos descalabros, hace daño a nuestros soldados, cuya valentía ha sido reconocida en el mundo, y desconoce la probada capacidad de liderazgo de sus comandantes.

Las operaciones Fénix, Jaque, Sodoma y Odiseo, como la muerte de los alias Negro Acacio y Martín Caballero , demuestran que los logros de los últimos cuatro años superan los obtenidos en los cuarenta previos de conflicto armado y que la calidad de nuestras Fuerzas Militares son hoy ejemplo para el mundo.

Nuestros oficiales, suboficiales y soldados entienden que la milicia es una convicción que nace del alma, que su mayor atributo es la fuerza ética y moral que los anima y que su compromiso es con la sociedad que juraron defender. Por todo lo que esto conlleva, los colombianos debemos sentirnos orgullosos de nuestra institución castrense.

Es evidente que la muerte del líder máximo de las Farc es un golpe duro a la estructura de esa organización delincuencial y que, independientemente de quién sea su sucesor, tendrá serios problemas de unidad de mando; que la iniciativa estratégica que llegaron a tener hace doce años, la perdieron definitivamente y que sólo les quedará el camino de la negociación o la derrota total, después de más sangre, sufrimiento y costos económicos para la sociedad colombiana.

Por ahora, no han perdido su capacidad de daño, la cual puede manifestarse en los próximos meses mediante intentos torpes de fuerza para demostrar que aún están vigentes.

A los ciudadanos de Colombia nos corresponde seguir apoyando comprometidamente a nuestras Fuerzas Militares (la institución del Estado con mayor opinión favorable en el país) y crear un ambiente inspirador para que continúen con ímpetu, cerrando el círculo a los diferentes agentes generadores de violencia que hoy nos agobian, a la vez que visualicen soluciones a los retos en el inmediato futuro.

Ello, porque hay amenazas que están creciendo y diversificando sus formas de expresión.

En el corto plazo, y en la medida en que las Farc decrecen en capacidad política y militar, se incrementa la acción delictiva de las bacrim, del delito informático, del crimen transnacional, de la minería ilegal y de procesos armamentistas en algunos países del continente.

En una visión de mayor plazo es previsible que las Fuerzas Militares tengan espacios constructivos para apoyar la solución de factores que presumiblemente contribuyen a generar violencia y que afectan la calidad de vida de la sociedad colombiana, la convivencia y el orden constitucional.

Me refiero a temas como la iniquidad (según el informe 2011 sobre desarrollo humano del PNUD, Colombia está entre los tres países con mayor desigualdad entre 129 países), la mala distribución de la tierra y la injusta distribución del ingreso.

Es evidente que las Fuerzas Militares siempre tendrán un papel importante en la vida nacional y siempre serán protagónicas en la construcción del país próspero y justo que la Constitución proyecta.