HISTÓRICO
Para sacar pasaporte: lleve cobija y tenga paciencia
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    Para sacar pasaporte: lleve cobija y tenga paciencia |
José F. Loaiza Bran | Publicado el 30 de julio de 2011

Al que madruga Dios le ayuda... si alcanza cupo. No terminaba de salir el Sol y ya un tumulto de personas lidiaba ante un policía en el acceso a la Alpujarra por la calle San Juan. En aquel alboroto buscaban inscribirse en una lista de opcionados para tramitar el pasaporte si había más turnos, porque los de costumbre hace rato estaban agotados.

-¿Está es la fila para el pasaporte? -me atreví a preguntar a un hombre de la periferia de aquel lío.

Me devolvió una mirada de hielo.

-No creo que alcance ya, porque yo llegué a las cuatro de la mañana y me tocó el turno 100 para mi esposa -respondió al segundo intento.

-¿Cuántos turnos son?

-Ciento sesenta.

Decidí volver al otro día más temprano. Me abordó uno que estaba cerca.

-Si quiere le consigo un puesto mañana por 70.000 pesos. Si son dos, se lo dejo en 100.000 porque hay que traer a un amigo a hacer fila.

No exageraban quienes me habían dicho que pasar la noche a la intemperie esperando era una opción.

A qué hora llega el primero
Un cachito de luna, el alumbrado público y la linterna del celular del policía, insinuaban al otro día un grupo semejante con caras nuevas, aunque algunas ya familiares. Cubiertos por cobijas, sobre cartones o periódicos, unas diez personas dormían sobre el prado.

Me acerqué al uniformado que apuntaba los nombres y cédulas de quienes llegaban. A las 4:20 a.m. mi nombre quedó registrado en el puesto 140 de aquella relación encabezada en la primera página por la frase "Debo traer linterna".

-Agente, ¿a qué horas llegó el primero? -pregunté.

-A las seis.

Me extrañó la respuesta.

-A las seis de la tarde de ayer-, aclaró.

Un zumbido robaba mi atención a las cinco de la mañana. Con una máquina de afeitar de pilas, un hombre parado en la acera despejaba la tupida pelambre que le había crecido en la noche.

El policía de la lista y una compañera suya, abrieron un estrecho paso a La Alpujarra.

-Eliécer Albeiro.

Tras la voz, pasó una sombra, al tiempo que se formaba el tumulto de la víspera. De la algarabía brotaban otros nombres en la voz de la agente, que leía con la luz del celular, pero no se entendía mucho.

-¡Erika Tatiana!

El berrido fue de una mujer desgreñada, de pie sobre una jardinera mientras se embutía un pedazo de pan. Aquella voz ronca hacía las veces de megáfono.

-Anoche canté rancheras, a usted no le tocó.

Se llama Patricia y tenía el turno 73 tras llegar a la fila a medianoche. Crucé entre los últimos. A mi espalda se formaba aquella algarabía procurando otros cupos más.

Ya al amanecer, el policía ubicó nuevos grupos al final de la fila. Entre ires y venires, las caras de trasnocho en los primeros lugares fueron cambiando por las de supuestos familiares en perfecta compostura.

La oficina
Era de día cuando nos formaron frente a la Oficina de Pasaportes. La atención comenzó a las siete de la mañana.

Ya sabía bastante de la vida de mis compañeros más cercanos, cuando ingresé a la dependencia, a las ocho y media. En la entrada, un funcionario me entregó un papelito con el turno 125, que luego de cuatro horas era como un tesoro.

A las 9:30, el indicador mostraba el turno 52. De pie en la fila que parecía estancada, razoné que habrían de pasar por lo menos tres horas más para llegar a la ventanilla.

-Los que tengan números del 150 en adelante, vuelvan a partir de la una de la tarde.

El anuncio me hizo pensar que terminaría el trámite antes de esa hora. Mientras la sala se descongestionaba un poco, vino a mi mente una frase de Juan Luis Guerra: "tranquilo, Boby, tranquilo".

A las diez y cuarto llegué por fin a la primera ventanilla, atendida por dos señoras, una de las cuales se maquillaba los labios con un espejo en la mano. Ingresó mis datos en el sistema y antes de entregarme el primer recibo para pagar en el Banco de Occidente, allí mismo, saludó a "la doctora", una funcionaria con escarapela de la Gobernación pendiendo sobre una blusa estampada como piel de leopardo.

-¿Cómo le ha ido, doctora?

Llovía y aquella persona que me atendía se ofreció a acompañar a "la doctora", que preguntaba por una sombrilla.

Abrí los ojos como luna llena y me agarré la cabeza.

A las 10:40 de la mañana, frente a la ventanilla del banco, cancelé 85.000 pesos. El indicador señalaba el turno 73; la lluvia había cesado y salí con otros más a comer algo.

Pasaporte para un sueño
Ligia y Cielo, amigas de excursión, necesitaban el pasaporte para irse de crucero por el Caribe. Kevin, un muchacho acompañado por su mamá, soñaba con llevar sus goles a Nueva York, donde su equipo de fútbol había sido invitado a un torneo internacional. Aunque la invitación incluía la estadía y el viaje de regreso, aún le faltaba la visa y conseguir el dinero del pasaje. Catalina, más adelante en la fila, viajaría a Boston para casarse con su novio, con el cual lleva dos años de relación virtual.

Cada uno tenía un sueño fuera de la fila y del país.

Volvimos a entrar al mediodía. En la fila también había sueño. Mientras, se llenaban crucigramas o se leían los periódicos de mano en mano.

A las 12:30 pasó el turno 100. Al fin, una hora después frente a una de las taquillas, me pidieron una fotocopia ampliada de la cédula y algunos datos. Allí mismo fue la fotografía que revelaba el trajín de nueve horas en filas y estar en pie desde las 3:30 de la mañana. Salí con un segundo recibo para cancelar el mismo día 92.000 pesos en el banco Sudameris.

La sucursal más cercana está en la avenida Oriental con La Playa. Hasta allí me dirigí a pie en compañía de Kevin, el muchacho futbolista. Ya no hubo congestión y al fin, a las 2:30 de la tarde, diez horas después de haber alcanzado un turno para el trámite, había terminado aquella prueba de resistencia. Ahora a esperar una semana y volver para reclamar el documento.